¿Cuándo me voy a morir?

No tengo ganas de morir. Ningún suicida lo ha deseado jamás”, confiesa Sarah Kane en Psicosis 4.48 , la obra que se estrenó en el Royal Court de Londres en el 2000 unos meses después de que la autora se zafase de una vida que se había vuelto ingobernable de la forma más salvaje. Tenía 28 años y murió ahorcada en el hospital donde había ingresado dos días antes por una sobredosis de pastillas. Las 4.48 era la hora exacta en la que había planeado acabar con todo. Esa hora violeta en la que la lucidez acostumbraba a visitarla fugazmente solo para dejarla caer de nuevo en las fauces de la desesperación. La de la angustia y la soledad más devastadoras. La hora del lobo. “El momento entre la noche y la aurora [de las 3 a las 5 de la madrugada] cuando la mayoría de la gente muere y la mayoría de los niños nacen; cuando las pesadillas vienen a por nosotros”, como la describió Ingmar Bergman en su película homónima.

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 No tengo ganas de morir. Ningún suicida lo ha deseado jamás”, confiesa Sarah Kane en Psicosis 4.48 , la obra que se estrenó en el Royal Court de Londres en el 2000 unos meses después de que la autora se zafase de una vida que se había vuelto ingobernable de la forma más salvaje. Tenía 28 años y murió ahorcada en el hospital donde había ingresado dos días antes por una sobredosis de pastillas. Las 4.48 era la hora exacta en la que había planeado acabar con todo. Esa hora violeta en la que la lucidez acostumbraba a visitarla fugazmente solo para dejarla caer de nuevo en las fauces de la desesperación. La de la angustia y la soledad más devastadoras. La hora del lobo. “El momento entre la noche y la aurora [de las 3 a las 5 de la madrugada] cuando la mayoría de la gente muere y la mayoría de los niños nacen; cuando las pesadillas vienen a por nosotros”, como la describió Ingmar Bergman en su película homónima.Seguir leyendo…  

No tengo ganas de morir. Ningún suicida lo ha deseado jamás”, confiesa Sarah Kane en Psicosis 4.48 , la obra que se estrenó en el Royal Court de Londres en el 2000 unos meses después de que la autora se zafase de una vida que se había vuelto ingobernable de la forma más salvaje. Tenía 28 años y murió ahorcada en el hospital donde había ingresado dos días antes por una sobredosis de pastillas. Las 4.48 era la hora exacta en la que había planeado acabar con todo. Esa hora violeta en la que la lucidez acostumbraba a visitarla fugazmente solo para dejarla caer de nuevo en las fauces de la desesperación. La de la angustia y la soledad más devastadoras. La hora del lobo. “El momento entre la noche y la aurora [de las 3 a las 5 de la madrugada] cuando la mayoría de la gente muere y la mayoría de los niños nacen; cuando las pesadillas vienen a por nosotros”, como la describió Ingmar Bergman en su película homónima.

Una escena de 'Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir' en el Teatre Lliure 
Una escena de ‘Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir’ en el Teatre Lliure XIMENA Y SERGIO

Angélica Liddell, que en Dämon recreó la ceremonia fúnebre que había diseñado para sí mismo el cineasta sueco, nos ha convocado a las 4.45 y el Teatre Lliure se llena de rostros somnolientos que han atravesado la ciudad a oscuras, sometidos por amor al arte a un estado de emocionada vigilia. Dentro, está a punto de oficiar el funeral de Mishima, el escritor, actor y culturista que, después de haberlo soñado y escenificado incansablemente, finalmente cometió seppuku , un espantoso ritual de suicidio de los guerreros samuráis. Con las rodillas clavadas en el suelo, el premio Nobel se abrió el vientre con una espada y ordenó a sus seguidores que lo decapitaran. Ese mismo día había escrito: “La vida humana es limitada, pero me gustaría vivir para siempre”.

Angélica Liddell nos convoca en el Teatre Lliure a las 4.45, la hora del lobo y de los suicidas

Liddell confiesa haber leído hasta cien veces El templo del pabellón dorado e incluso ideó la sórdida puesta en escena de su suicido, pero es como si la mera posibilidad de subir al escenario le impidiera morir. Desde allí arriba, frente al público, invoca los espíritus de personas fallecidas por suicidio, accidente o enfermedad. Viste su cuerpo desnudo con las ropas que le han hecho llegar los seres queridos de los difuntos, sentados entre el público. A cada uno le dedica un haiku. A Pilar, cuyo marido la maltrató hasta el final, impidiéndole una muerte sin dolor: “¡Ojalá los vómitos os saquen las entrañas, y os encuentren colgados de un árbol, para que pueda balancearos con la tempestad de mi belleza!”, escupe con rabia.

 Luego, con la insistencia de una letanía, preguntará: “¿Cuándo me voy a morir”. Y con la furia de una misántropa pedirá “el fin de la vida” mientras desborda compasión con los que ya no están , se funde en un tierno abrazo con las cenizas humeantes de sus padres muertos, mezcla su sangre con la de uno de sus actores y luego la vierte sobre un lienzo blanco, se introduce cigarrillos encendidos en la vagina, fornica frenéticamente con un hígado de cerdo y baila con unos adolescentes patosos y vulnerables en la línea de salida. La vida y la muerte puestos cara a cara por una mujer que lucha tanto por sobrevivir como parece decidida a morir. “No me entendéis”, nos reprochará..

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