32 años del dopaje de Maradona: la venganza argentina por el Mundial que les ‘robaron’

En junio de 1994, en el segundo partido de la fase de grupos, el ’10’ dio positivo en un control por un «cóctel casero de estimulantes». La selección cayó en octavos con Rumanía. «Perdimos nuestro faro», confiesan jugadores de aquella plantilla Leer En junio de 1994, en el segundo partido de la fase de grupos, el ’10’ dio positivo en un control por un «cóctel casero de estimulantes». La selección cayó en octavos con Rumanía. «Perdimos nuestro faro», confiesan jugadores de aquella plantilla Leer  

Se empezará a escuchar en la grada del estadio Arrowhead de Kansas City en la garganta de miles de argentinos un cántico que encierra su deseo de conquistar este Mundial americano. Esta vez no será solo por darle a Leo Messi la gloria que le faltaba, como ocurría en Qatar, ni por hacer salir a la calle a una generación que apenas recuerda unas cuantas imágenes de la final en el Azteca del 86 y que lloró amargamente la derrota contra Alemania en Brasil hace una década. Quieren ver a Argentina lograr la cuarta estrella, sí, pero en ese campeonato hay además de un deseo de venganza que aparece en la segunda estrofa de la cumbia que ha versionado Palmito: «Y 32 años después/ La Scaloneta va a vengar/la Copa que le robaron al 10/la que no nos dejaron levantar».

Ese presunto robo ocurrió en el Mundial de Estados Unidos de 1994, un 25 de junio. Los argentinos sufrieron el golpe más duro: vieron caer a Maradona justo cuando la albiceleste había armado un equipo que, ahora sí, estaban convencidos de que podía volver a ser campeón. Se iban a quitar la espina que les dejó el gol de polémico penalti de Alemania en el minuto 83 de la final del Italia 90 y venían de ganar dos Copas América consecutivas, en 1991 y 1993. Además, volvían a tener al Pelusa liderando, pero también a Cáceres, Batistuta, Ruggeri, Redondo, Simeone, Caniggia o Ariel Ortega.

Aquella Argentina que entrenaba Alfio Coco Basile, reflejó su autoridad en el primer partido ante Grecia con una victoria 4-0, con el hat trick de Batistuta y el redondeo del marcador de Maradona, con una celebración gritando a cámara que pasó a las historia. «Yo había marcado tres goles en mi primer partido en un Mundial y Diego se llevó toda la gloria», bromeaba años después el histórico delantero de la Fioretina. Era un grupo que empezaba a divertirse.

Ante Nigeria, el siguiente rival, fue Cannigia quien le hizo dos goles (2-1) y parecía que el liderato del grupo estaba encarrilado, aunque tenían que ganar a la Bulgaria de Hristo Stoichkov, un equipo que acabaría haciendo historia para su país.

Maradona salió del campo aquel partido en Boston de la mano de una enfermera: le tocaba pasar el control antidoping. Con él, el central Sergio Vázquez, que se había quedado en el banquillo por molestias. Años después ha relatado cómo Maradona entró al vestuario haciéndole bromas. Ni un atisbo de tensión. Días después, la FIFA anunció el positivo del 10 por un «cóctel casero» de estimulantes, entre los que destacaba la efedrina.

«Me cortaron las piernas, a mí , a mi familia y a los que me rodean. Nos sacaron del Mundial, de la ilusión, y a mí del fútbol. No quiero otra revancha, tengo los brazos caídos y el alma destrozada. Quiero que les quede claro a los argentinos que no drogué. No corrí por la droga. Corrí por el corazón y la camiseta».

Las palabras de Maradona fueron una bomba que hundió a la albiceleste. Nadie en la calle dudó de él, pero se sigue pensando que la AFA no le defendió con suficiencia. Quizá porque ellos sí dudaron. Diego había sido suspendido por el Comité de Disciplina de la Federación Italiana durante 15 meses porque, en junio de 1992, dio positivo por cocaína después de un partido del Nápoles contra el Bari. Fue el último control de los 25 al que se tuvo que someter esa temporada, pero su fútbol lo pararon en seco sus adicciones.

Fue Bilardo quien lo resucitó con 31 años llevándoselo al Sevilla, donde se encontró con Simeone y jugó 26 partidos de Liga y cuatro de Copa del Rey. Marcó siete goles entre las dos competiciones (Celta, Sporting, Albacete, Zaragoza y Rayo, Mérida y Alcázar). Pero la relación se quebró por sus broncas con Bilardo y, a mediados de 1993, se fue a Newell’s Old Boys. En el club de Rosario las lesiones no le dejaron tener continuidad, aun así, pudo volver a jugar con Argentina la clasificación para el Mundial de Estados Unidos.

Lo hizo trabajando duro con su preparador físico, Fernando Signorini, pero también echando mano de un hombre polémico: Daniel Cerrini. A él se dirigieron todas las miradas cuando anunciaron el positivo. Se dudaba de que no le hubiera administrado ese cóctel de estimulantes a espaldas de los propios médicos de la AFA. Su presidente, Julio Grondona, no pidió la contraprueba, algo que aún se recuerda, como también que Joao Havelange, que vio a su Brasil campeón del Mundo, lo convirtió en su vicepresidente en la FIFA. «Alguien nos tuvo miedo y nos echó», recordaba Maradona años después.

El mal fue enorme. El astro fue expulsado del campeonato y nunca más volvió a vestir la camiseta nacional. La asistencia para el segundo gol de Caniggia fue su último servicio a la patria.

Al escándalo siguió la conmoción, y la selección no pudo recuperarse. «Perdimos nuestro faro», confesaba en una entrevista hace un año a la revista FourFourTwo el lateral Roberto Sensini. La marcha de Diego a una de las favoritas a ganar el Mundial sin liderazgo y obligada a reconstruirse mentalmente para volver a competir. No pudo hacerlo. Perdió 2-0 ante Bulgaria, quedó segunda de grupo y se cruzó con la Rumania de Gica Hagi, Belodedici y Popescu que, con un 3-2, le mandó de regreso a Buenos Aires en octavos.

Hay quien ve en la Scaloneta la unión, y la calidad, que tenían aquellos jugadores y, por eso, creen que vengarán aquella afrenta, empezando por ganar a Argelia. Un duelo desequilibrado, pero con el recuerdo del tropezón ante Arabia en Qatar.

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