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Yo merezco el Balón de Oro. En voz alta, en voz baja, en serio o en broma, han acabado por decirlo en nuestro fútbol hasta quienes no querían hacerlo, como si se vieran arrastrados por una tendencia megalómana e impúdica. Sólo falta el utillero. Empezó Mbappé, porque sus goles en el Mundial fueron históricos, y siguió Lamine Yamal, porque su fútbol es único y diferencial, pero salpimentado en el momento oportuno con grandes goles para la campeonísima, en Wembley y Sevilla.
Como los elogios hacia ellos son pocos, debieron pensar que era necesario subrayarlo en primera persona. Los divos no dejaron más remedio a un antidivo como Fabián que decir que le gustaría que se reconocieran sus méritos, campeón de todo con el PSG, incluidas las dos últimas Champions, y el Mundial. El problema de Fabián, como Carvajal en 2024, es que tiene los méritos, pero no tiene relato para un premio decidido por quienes construimos relatos todos los días, los periodistas. Lamine lo posee, lo alimenta y lo persigue con la ambición desmedida que explican sus goles en el amanecer de la Liga de Naciones, como si supiera que está en el sprint del Balón de Oro.
De la Fuente construye su relato como pretendido referente de la equidistancia y el sentido común. Pero, por si acaso, ha recordado a quienes conceden el Balón de Oro de que también estaría encantado de ser distinguido como mejor entrenador: «¡Qué tomen nota!» Fuera o no por ironía tras lo escuchado a su alrededor o por dar cobertura a su estrella, dicho queda. Lamine la tiene toda, en el Barça como en la selección. Es lo adecuado para custodiar al mejor activo del fútbol español, siempre que no derive en derecho de pernada. Quedarse fuera de las rotaciones en el Pizjuán no tenía nada que ver con eso. Tenía que ver con su calidad: dos goles y una asistencia. Después de eso no hace falta decir nada más.
Ni Rodri ni Modric, a los que sí afectaron las rotaciones, dijeron de sí mismos, al recoger el Balón de Oro, nada parecido a lo que han dicho Mbappé y Lamine como aspirantes. Ni Messi, quien más veces lo ha levantado. Tampoco Vinicius, aunque fue peor su reacción y la del Madrid al no ganar el premio. Eso no fue egolatría, fue desprecio. Cristiano se convirtió en un icono de la primera, pero los que vienen en busca de su lugar y el de Messi, prometen. Tempus fugit.
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