“Escucho una bocanada de aire, me giro y la veo cayendo y trato de agarrarla, me incorporo, se desvía el coche y no puedo explicar por qué acaba allí”. Es la explicación que ha dado Rafael V., de cómo murió su entonces novia, Ana Buza, la joven sevillana de 19 años que fue encontrada muerta detrás de un quitamiedos en el kilómetro 511 de la A-4, en la salida dirección a Carmona, el 7 de septiembre de 2019. Después de sesiones maratonianas en las que peritos y forenses han tratado de demostrar si la chica se quitó la vida saltando del vehículo que circulaba a 117 kilómetros por hora —cuando debía hacerlo a 80—, o si fue atropellada por su expareja, como esgrimen, respectivamente, la defensa y la acusación particular, ha llegado el turno del acusado. Rafael ha respondido únicamente a las preguntas de la Fiscalía, que pide tres años de prisión por homicidio imprudente, y a las de su letrado, que solicita la absolución, y se ha acogido a su derecho a no responder al cuestionario de la acusación particular, que reclama 20 años de cárcel por homicidio doloso, por “no querer colaborar en imponer su mentira”. “Llevo siete años de barbaridades”, ha incidido.
El acusado sostiene que la joven se suicidó arrojándose voluntariamente del vehículo en el que viajaban ambos
“Escucho una bocanada de aire, me giro y la veo cayendo y trato de agarrarla, me incorporo, se desvía el coche y no puedo explicar por qué acaba allí”. Es la explicación que ha dado Rafael V., de cómo murió su entonces novia, Ana Buza, la joven sevillana de 19 años que fue encontrada muerta detrás de un quitamiedos en el kilómetro 511 de la A-4, en la salida dirección a Carmona, el 7 de septiembre de 2019. Después de sesiones maratonianas en las que peritos y forenses han tratado de demostrar si la chica se quitó la vida saltando del vehículo que circulaba a 117 kilómetros por hora —cuando debía hacerlo a 80—, o si fue atropellada por su expareja, como esgrimen, respectivamente, la defensa y la acusación particular, ha llegado el turno del acusado. Rafael ha respondido únicamente a las preguntas de la Fiscalía, que pide tres años de prisión por homicidio imprudente, y a las de su letrado, que solicita la absolución, y se ha acogido a su derecho a no responder al cuestionario de la acusación particular, que reclama 20 años de cárcel por homicidio doloso, por “no querer colaborar en imponer su mentira”. “Llevo siete años de barbaridades”, ha incidido.
Esas “mentiras” y “barbaridades” a las que alude, que él atropelló supuestamente a Ana hace siete años por su actitud celosa y controladora, son las que permitieron reabrir un caso que se cerró como suicidio a las 36 horas de que la joven apareciera muerta en la carretera hasta llegar al juzgado. Durante su intervención, Rafael ha tratado de demostrar que la relación con la joven se enmarcaba dentro de la normalidad, minimizando los problemas de celos que previamente habían destacado como testigos una amiga de la facultad de Ana y la terapeuta a la que ambos acudían. “Me sentí culpable por si con mi desconfianza yo había contribuido a ese hecho impulsivo”, ha reconocido el acusado que le confesó a la profesional.
La compañera de universidad ha asegurado que desde un primer momento le preocupó la presencia continua de Rafael en la facultad, que la esperaba a la salida de los pasillos y la observaba a través de la claraboya de la puerta y que incluso llegó a sentarse con ella en alguna clase. “Era intimidante”, ha asegurado. También ha indicado que ella le dijo que no tenía WhatsApp porque a su novio no le gustaba que lo tuviera. A preguntas tanto de la fiscal como de su abogado, el acusado ha asegurado que él solo iba a recogerla a la salida de las clases, cuando él acababa en la academia en la que estudiaba para ser policía nacional y que cuando conoció a Ana ella le dijo que no tenía WhatsApp y que se salió de Instagram al poco de conocerse por Tinder, porque no le gustaban las redes sociales. También ha afirmado que salía con otros amigos de la facultad y que iba a las fiestas, para rebatir a la compañera que había declarado que no se relacionaba con ningún estudiante.
Mª Ángeles Oliva, Angie, la psicoterapeuta que estaba tratando a la pareja, en especial a Rafael, porque esa era la condición que Ana le había puesto para no dejarle, ha contado que fue el 6 de mazo de 2019 cuando ella le escribió un correo en el que le pedía ayuda ante la conducta controladora de su novio, relatándole que había llegado a pasar miedo y temía que la situación empeorase. La última vez que estuvo con ellos fue el 3 de septiembre —cuatro días antes de su muerte—. “Ella estaba harta de él”, ha sostenido, por el “descoloque de horarios” que le imponía, y por la “paranoia de Rafa”, relacionada con sus ataques de celos. Oliva ha destacado que cuando Ana hacía referencia a las paranoias en las anotaciones de la agenda que sirvieron para dictaminar que se había suicidado, no se refería a las suyas, sino a las de Rafael. También ha asegurado que los comentarios en los que hacía referencia a la depresión o la ansiedad que hacía en su diario, pese a no conocerlos, no eran indicativos de una conducta suicida, autolítica o depresiva, porque había que enmarcarlos en fechas y contextos concretos. “Los adolescentes escriben muchas cosas, pero luego eso debe manifestarse y en Ana no había ninguna manifestación suicida”, ha señalado. La profesional ha lamentado que ningún investigador la consultara sobre lo que había escrito la joven en su libreta antes de dictaminar “erróneamente” que eran una prueba de su tendencia suicida.
El abogado defensor ha preguntado a la terapeuta sobre los celos del acusado y si “era normal que Rafa se encontrara así porque ella había tenido un desliz”. Y en esa “infidelidad” ha escudado su comportamiento Rafael V. tanto a preguntas de la fiscal como de su letrado. “Hubo una infidelidad y no me enteré hasta enero [empezaron oficialmente la relación en octubre de 2018] y me empieza a decir mentiras y me cuesta confiar”, ha señalado. “Me recriminaba que era muy posesivo, que tenía un problema de confianza que tenía que controlar y es verdad que no lo llevé muy bien”, ha continuado. Rafael también ha querido destacar, a preguntas de su abogado, que en la terapia Mª Ángeles Oliva siempre le señalaba a él como responsable de su carácter, pese a que alguna vez Ana le hizo notar “que era normal que se sintiera así” por lo que ella le había hecho.
El acusado ha restado importancia a la discusión que mantuvieron horas antes de que ella apareciera sin vida en la carretera. Ha señalado que el malestar de Ana vino provocado por una conversación que había mantenido por la mañana con su padre en Carmona en la que este le había recriminado que gastaba mucho dinero y le había llamado la atención por sus estudios. Ella le escribió un correo en el que le explicaba que le había defendido, pero se molestó porque Rafael no le había contestado. Ese malestar continuó, según su relato, durante el trayecto de Sevilla a Lora del Río, donde se iban a quedar a dormir por primera vez en casa de la madre de él, y se agudizó por la noche. “Ella se puso agresiva conmigo y me pega un empujón porque estaba defendiendo al padre”, ha explicado el acusado. Ella le dijo que quería irse a Sevilla y él le insistió para llevarla a Carmona. Mientras esperaron en el piso de la madre a que llegara el padre de él con el coche, “ella estaba escuchando algo en el móvil y estaba murmurando: ‘no lo aguanto, no lo aguanto’, aunque no puedo concretarlo”, ha declarado.
En el trayecto hacia Sevilla, Rafael V. no ha podido confirmar si llevaba el cinturón de seguridad puesto —“no estoy seguro de si lo llevaba”—. Tampoco ha sabido explicar por qué ofreció dos versiones cuando llegaron los primeros transeúntes a auxiliarle y cuando llegó la Guardia Civil: “Es verdad que doy muchas versiones, pero estoy en shock, no recuerdo lo que dije”, ha señalado. “No quería que hubiera pasado lo que pasó”, dice que estaba pensando en todo momento. Tampoco ha sabido decir por qué el siniestro ocurrió en una de las salidas a Carmona (donde viven los padres de Ana), aunque sí ha dejado claro que iba para la capital hispalense y que para llegar a casa de la familia de su novia hubiera tomado otra salida. Sí defiende que no habló con sus padres ni antes de que llegaran ni cuando ya aparecieron en el lugar de los hechos —los agentes y los particulares que lo atendieron coinciden en que el cambio de versión se produjo cuando se presentaron sus familiares—.
El acusado también ha incidido en los cambios de humor y el carácter depresivo de Ana. “Tenía picos”, ha asegurado. También ha relatado que ella le comentó que había visitado a un psicólogo para tratarse de bipolaridad, el mismo trastorno que tenía su padre. “Me decía que no sabía por qué le pasaban esas cosas, que a veces estaba feliz y otras no”. Rafael V. ha insistido en que la relación entre la joven y su padre “no era buena”. “Ambos tenían mucho carácter y él era muy exigente, pero no era un mal padre”, ha indicado.
Tanto la fiscal como la defensa han pedido al acusado que profundizara en la relación ente él y el padre de Ana tras su muerte. Rafael ha reconocido que él estuvo con la familia de ella la mayor parte de los días posteriores a su fallecimiento, que se escribían muchos mensajes y correos y que él le insistió en comprarle un coche —que adquirió el 13 de septiembre—. Fue justo el 19 de septiembre, un día después de que la terapeuta le reenviara el correo en el que Ana relataba cómo era su relación con su pareja, cuando su actitud cambió.
Ese mismo día el padre de la joven también le pidió por WhatsApp el PIN del móvil de Ana, ha señalado el acusado que ha recalcado que esto le hizo suponer que era él quien tenía ese dispositivo —pese a que, en mensajes anteriores con la familia de ella, él se había interesado por si había aparecido el aparato—. Con esta matización, que han resaltado tanto la fiscal como su abogado, se pretendía desvirtuar el informe de los peritos informáticos que en la sesión anterior aseguraron que el celular de Ana había estado conectado por bluetooth al móvil de Rafael el 8 de septiembre y que el 13 se había conectado a una red wifi de Lora del Río, que era la misma a la que se conectaba la chica cuando estaba en esa localidad. En ambas ocasiones se borró parte del contenido de ese dispositivo y se forzaron las fechas “para crear el día 7 un escenario que pareciera que fue un suicidio”, según señaló un perito informático. El acusado ha asegurado que él no podría haber hecho esa manipulación porque no tiene conocimientos de informática y que el 8 se encontraba en el tanatorio y el 13 recogiendo el coche que le habían regalado los padres de Ana.
“Llevo siete años de barbaridades, porque son barbaridades tal y como se ha podido demostrar en este juicio”, ha asegurado el acusado al final de su declaración, que ha llamado la atención sobre las amenazas que en este tiempo ha recibido tanto él, como sus padres, su hermana y su actual novia, que lo ha acompañado en todas las sesiones del juicio. Este viernes las partes leerán sus conclusiones finales sobre cómo murió Ana Buza.
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