Primer recuerdo de Marcos Ordóñez: iba al instituto con mi hermano y Arcadi Espada. Se saltaban las clases juntos, supongo que para descubrir los salones deportivos de la zona. Ordóñez era hijo de un comisario de policía; Espada, de un portero de finca regia y mi hermano, de un comunista clandestino. Estas coaliciones eran posibles porque Franco todavía coleaba y el ansia de libertad era genuina y transversal. Ordóñez empezó a publicar libros de una erudición exponencial, que conectaban con el deseo, entonces muy contagioso, de expresarse con una audacia desacomplejada e incontinente. Era una erudición adicta a las mitologías marginales, desde la copla al pop, que subvertía los monopolios de la nostalgia.
Primer recuerdo de Marcos Ordóñez: iba al instituto con mi hermano y Arcadi Espada. Se saltaban las clases juntos, supongo que para descubrir los salones deportivos de la zona. Ordóñez era hijo de un comisario de policía; Espada, de un portero de finca regia y mi hermano, de un comunista clandestino. Estas coaliciones eran posibles porque Franco todavía coleaba y el ansia de libertad era genuina y transversal. Ordóñez empezó a publicar libros de una erudición exponencial, que conectaban con el deseo, entonces muy contagioso, de expresarse con una audacia desacomplejada e incontinente. Era una erudición adicta a las mitologías marginales, desde la copla al pop, que subvertía los monopolios de la nostalgia.Seguir leyendo…
Primer recuerdo de Marcos Ordóñez: iba al instituto con mi hermano y Arcadi Espada. Se saltaban las clases juntos, supongo que para descubrir los salones deportivos de la zona. Ordóñez era hijo de un comisario de policía; Espada, de un portero de finca regia y mi hermano, de un comunista clandestino. Estas coaliciones eran posibles porque Franco todavía coleaba y el ansia de libertad era genuina y transversal. Ordóñez empezó a publicar libros de una erudición exponencial, que conectaban con el deseo, entonces muy contagioso, de expresarse con una audacia desacomplejada e incontinente. Era una erudición adicta a las mitologías marginales, desde la copla al pop, que subvertía los monopolios de la nostalgia.
Yo era de los que compraban y leían aquellas novelas en las que el protagonista (o el narrador), de familia humilde y más próximo al Pijoaparte que a Teresa Serrat, solía naufragar por los barrios altos de Barcelona. Como lector, enseguida me di cuenta de que no podría seguir su omnívora voracidad –música, cine, arte, teatro, cómics, literatura–, pero que lo utilizaría como prescriptor de cabecera, sobre todo cuando coincidíamos en la devoción por figuras como Jaime Gil de Biedma, Wim Wenders, Pepe Rubianes o Gato Pérez.
Joan de Sagarra lo adoptó como sobrino y compartían músicas y pasiones insólitas
Joan de Sagarra, otro maestro, lo adoptó como sobrino y compartían músicas y pasiones extravagantes como el amor por Nantes. De vez en cuando me los encontraba y, con respeto de fan, me intimidaba su corpulencia taciturna, con su gorra, su barba y sus gafas de sol. Siempre le acompañaban Pepita y un grupo de amigos paródicamente siniestros (Francisco Casavella, Jordi Costa…), con los que podía compartir presentaciones, timbas de póquer, borracheras abismales y un espíritu que, salvando las distancias, conectaba, en versión pre y postolímpica, con el espíritu del Rat Pack. Leerlo era –y es y será– un placer y una fuente infinita de referencias que, si logras resistir la multiplicación de estímulos que propone, alimentan la curiosidad y la cultura. Uno de esos hilos era David Mamet, que Ordóñez nos descubrió con rigor y sin renunciar a dejar entreabierta la puerta de las fobias y los amores no correspondidos. Algunos de sus libros superaron el implacable cribado de las mudanzas. Uno de los más brillantes, Juegos reunidos (Libros del Asteroide), incluye capítulos de un valor documental tan indispensable como la muerte de Jaime Gil de Biedma o sobredosis de memoria tan sugestivas como Nuestra canción . O como Alcoholes , un texto en el que, con precisión notarial, Ordóñez cuenta que, cuando salían –o sea: siempre—, él y sus amigos asignaban una bebida a cada local. La cerveza, en el London. La manzanilla, en el Sanlúcar. El Picón, en el Marsella. El pastís, en el Pastís. La cazalla, en el quiosco del Arco del Teatro. El coñac (Torres 10 o Mascaró), en el Almirall. Y en el Zig-Zag, que dios reparta suerte.
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