Todos los Ricardos posibles en ‘La verdadera historia de Ricardo III’ (★★★✩✩)

La verdadera historia de Ricardo III (★★★✩✩)

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 Joaquín Furriel protagoniza un despliegue virtuoso de talento que acaba por engullir cualquier otro aspecto de la puesta en escena  

La verdadera historia de Ricardo III (★★★✩✩)

Dirección: Calixto Bieito

Dramaturgia: Calixto Bieito y Adrià Reixach

Intérpretes: Joaquín Furriel, Luis Ziembrowski, Elvira Onetto, Belén Blanco, María Figueras, Marcos Montes, Luciano Suardi, Iván Moschner, Luís ‘Luisón’ Herrera, Silvina Sabater

Lugar y fecha: Teatre Grec, Grec’26 (10/VII/2026)

En 1995 Matthias Langhoff estrenaba su versión libre de Ricardo III en Aviñón: Gloucester Time-Material Shakespeare-Richard III . Un triunfo del regietheater y la consagración de un joven actor argentino, Marcial Di Fonzo Bo, con un exultante físico alejado de la deformidad monstruosa descrita por Shakespeare para su protagonista. Un año más tarde visitaba el Grec. Calixto Bieito no tardaría en afiliarse a esta escuela de dirección tan apreciada en Europa central y que tantos éxitos le ha deparado. Un cuarto de siglo más tarde sigue en la misma senda estética y discursiva, convencido de la vigencia de la sentencia de Langhoff: “El teatro es el arte de organizar el escándalo; debe revelar lo escandaloso y obsceno que el mundo intenta ocultar”. ¿Deja caer algo parecido el Buckingham de Marcos Montes en el nuevo prólogo de La verdadera historia de Ricardo III ?

En esta adaptación que comparte Bieito con Adrià Reixach, su apuesta escénica se construye a partir del accidente histórico del descubrimiento en 2012 de los restos del último rey de los Plantagenet bajo el asfalto de un aparcamiento en Leicester. Aunque ese hallazgo tiene una incidencia periférica en la dramaturgia, con una dialéctica sin recorrido entre los hechos y la construcción intencionada de un villano por un autor teatral al servicio de la casa de los Tudor, sirve al menos para deshacer científicamente la imagen aberrante del rey, subrayada por la potente presencia escénica de Joaquín Furriel.

Él es el acaparador protagonista de la función. Aunque el resto del reparto argentino se luce en sus respectivos roles, con mención especial a los dos asesinos de Clarence (qué bien se entiende la amoralidad con los decibelios justos del sotto voce ), todo gira alrededor de la frenética exhibición actoral de Furriel. Con el plácet de Shakespeare, que abre la puerta a la personalidad adaptativa de Ricardo de Gloucester, el conocido intérprete abraza todas las posibles personalidades de un personaje manipulador y psicópata. Hay tiempo para sacar a Rigoletto, el Joker de Heath Ledger, Tartufo, Charles Foster Kane o el serial killer engominado de Christian Bale. Y Ubú, en una función con la energía grotesca de Jarry. En todas las encarnaciones maliciosas explota su carisma a máxima intensidad. Un despliegue virtuoso de talento que acaba por engullir cualquier otro aspecto de la puesta en escena, empequeñeciendo escenas tan brutales en su tú a tú como la del primer acto con Lady Anne (María Figueras atrapada por el desvarío desde la primera frase).

Si Langhoff ya dictaminó la atemporalidad del mal, en la propuesta de Bieito sólo se constata la fidelidad a su propio discurso estético y la entrega absoluta al tsunami interpretativo del protagonista. Un festín goloso para el aplauso.

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