Es pronto para afirmarlo, pero podría decir que quizá hemos asistido –al menos en términos personales- a uno de los más bellos y coherentes conciertos de esta temporada veraniega. En la modesta y preciosa nave de Santa María, los jóvenes oficiantes, el barítono Hasselhorn y el pianista Bushakevitz, dedicaron su recital -en silenciosa comunión del exquisito público- a la memoria del recordado y querido mentor de estas sesiones, el Dr. Jordi Roch. El silencio, sólo hubo aplausos al final de cada parte, ayudó sin duda a realzar la belleza de las canciones escritas por Franz Schubert en 1826, casi todas de un año antes de la muerte del cercano Beethoven, y a dos de la suya propia, es decir tiempos oscuros e inciertos para el compositor vienés que no llegaba entonces a los treinta años.
Es pronto para afirmarlo, pero podría decir que quizá hemos asistido, al menos en términos personales, a uno de los más bellos y coherentes conciertos de esta temporada veraniega
Samuel Hasselhorn y Ammiel Bushakevitz (★★★★★)
Lugar y fecha: Canónica de Santa María de Vilabertran (18/VIII/2026)
Es pronto para afirmarlo, pero podría decir que quizá hemos asistido –al menos en términos personales- a uno de los más bellos y coherentes conciertos de esta temporada veraniega. En la modesta y preciosa nave de Santa María, los jóvenes oficiantes, el barítono Hasselhorn y el pianista Bushakevitz, dedicaron su recital -en silenciosa comunión del exquisito público- a la memoria del recordado y querido mentor de estas sesiones, el Dr. Jordi Roch. El silencio, sólo hubo aplausos al final de cada parte, ayudó sin duda a realzar la belleza de las canciones escritas por Franz Schubert en 1826, casi todas de un año antes de la muerte del cercano Beethoven, y a dos de la suya propia, es decir tiempos oscuros e inciertos para el compositor vienés que no llegaba entonces a los treinta años.
En sus búsquedas artísticas, Schubert fue un cauce inagotable, y sus trabajos musicales sobre poesía contemporánea avalan la coincidencia estética entre ambos ámbitos. Prácticamente todo el programa –salvo dos muy bellas canciones (Ständchen y Silvia) sobre traducciones de Shakespeare- los poetas elegidos Seidl, von Schlechta y el malogrado Ernst Schulze, eran contemporáneos del músico. Incluso las dos que cerraron el recital, la naturalista Alinde y la deliciosa El padre con el niño, musicadas sobre poesías escritas por dos reconocidos dramaturgos de la época.
Esta coincidencia promueve una síntesis magistral en que palabra y música consolidan una unidad dinámica –explorando la musicalidad de la palabra- en la que el barítono Hasselhorn se muestra muy cómodo, naturalmente en dicción, con un bello registro medio y fortaleza en el bajo, y una movilidad exquisita en canciones como la “del pescador” en que debe contrastar posiciones extremas.
Su fraseo es formidable, en buena consonancia con el pianista que además alternó Valses y Ländler a solo, en una secuencia muy cuidada incluso en términos tonales lo que favoreció la dinámica del programa –que fluía como un cauce inagotable-, exquisito en expresividad y con muestras de sensibilidad suma al cerrar con las dos citadas bellas canciones Alinde y la tan sutil El padre con el niño… Sensibilidad y belleza.
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