Perdido en la habitación de un hotel

Cuando era niño me encantaba que, en casa, se recibieran invitaciones de boda. De adulto, una boda es, lisa y llanamente, de las peores noticias que uno puede recibir. Esa invitación debería ser substituida por un punto negro como en La isla del Tesoro recibían los piratas su condena a muerte. Sucede algo parecido con las estancias en hoteles. A priori: ¿Quién no quiere ir a un buen hotel? ¿A partir de qué día de estancia el hotel empieza a hacer daño? ¿Qué produce en tu organismo, noche tras noche, una habitación de hotel como emblemático no lugar? Nunca te puedes fiar de una habitación de hotel porque está hecha para no ser sincera con nadie. Te adula, te da la bienvenida, te hace sentir especial cuando para ella eres uno más, igual a los de antes y los de después.

Seguir leyendo…

 El autor permanece unas horas encerrado en uno de esos no lugares que, en 1992, el antropólogo Marc Augé definió como esos espacios intercambiables donde el ser humano permanece anónimo  

Cuando era niño me encantaba que, en casa, se recibieran invitaciones de boda. De adulto, una boda es, lisa y llanamente, de las peores noticias que uno puede recibir. Esa invitación debería ser substituida por un punto negro como en La isla del Tesoro recibían los piratas su condena a muerte. Sucede algo parecido con las estancias en hoteles. A priori: ¿Quién no quiere ir a un buen hotel? ¿A partir de qué día de estancia el hotel empieza a hacer daño? ¿Qué produce en tu organismo, noche tras noche, una habitación de hotel como emblemático no lugar? Nunca te puedes fiar de una habitación de hotel porque está hecha para no ser sincera con nadie. Te adula, te da la bienvenida, te hace sentir especial cuando para ella eres uno más, igual a los de antes y los de después.

Cada uno de nosotros tiene parecida medida de resistencia a vivir en hoteles, al igual que la tenemos de estar en completa oscuridad o en soledad. A partir de un determinado momento, la cabeza empieza a descontrolarse, a interpretar la realidad por sí misma y enviarse señales erróneas. En el caso que nos ocupa, no debería ser así si aplicamos la dosis justa –dos, tres noches a lo sumo–. Se diseña un hotel lleno de habitaciones en las que te sientas igual estés donde estés del mundo. Pero pasados unos días con sus respectivas noches, el hotel, sin que te des cuenta, te va destruyendo por dentro como un veneno dulce y letal. Un usuario de larga estancia en hotel, al regresar a casa, es como un astronauta de vuelta del espacio, un espía doble que haya asesinado o salvado su vida en Bangkok sin que su familia sospeche nada, un músico que destroza lo doméstico a cambio de la mitología del funambulista de hotel en hotel.

Nunca te puedes fiar de una habitación de hotel, está hecha para no ser sincera con nadie

Uno no vuelve indemne de una estancia de hoteles. Como mínimo, regresa herido. Muchas veces de muerte porque el que vuelve nunca es el que se fue. A los forajidos se les acababa atrapando porque se cansaban por igual de robar en bancos que de estar en hoteles y consumir menús de mediodía. Ahora que estamos con la adaptación homérica de Cristopher Nolan, Odiseo estuvo de hotel en hotel –de Calipso a Circe, del olvido que propicia el amor sensual a sentirse un cerdo–, antes que arribar a Ítaca y ponerse a malas con los pretendientes de su hacienda y de su esposa, Penélope.

Hace muchísimo tiempo, en el interior de las mesillas de noche de los hoteles se guardaba una Biblia. Lo sé porque mi madre se las traía todas a casa en sus viajes con mi padre. El objetivo de esa costumbre es que si, en medio de la noche, te asaltaba una duda de fe, o repentino miedo a morir en pecado, ahí tenías la Palabra de Dios para pasar el mal trago. La de problemas teológicos que habrá causado mi madre y ella, instrumento del Anticristo, ajena a todo ello.

Hoy en día esos cajones están vacíos, pero no así el resto de la estancia, abalorios y mobiliario sin mucho más sentido que perpetuar la idea de que aquello no se trata de un dormitorio con derecho a baño sino un domicilio al que podrías llamar hogar. Así, al parecer, en una habitación de hotel puedes escribir cartas a mano con pluma de oca y entregarlas al botones, bañarte en espuma, afeitarte, leer en butaca una novela de Graham Greene bajo una lámpara de pie, organizar tu ropero por colores o texturas, hacerte un café, pillarte una cogorza, que te suba el azúcar a base de chocolatinas y zumos, restregarte por alfombras y moquetas, ver la televisión –todos los canales del mundo uno detrás de otro, si lo deseas–, probar el wifi, almorzar o cenar en la propia estancia, retozar o tener sexo –solo o acompañado– o dormir mal –como dejó escrito en su día Quim Monzó debido a cómo se hacen por protocolo las camas en los hoteles.

Hay una ansiedad característica en ese estar en una habitación de hotel sin poder hacer casi nada de las oportunidades que ella te brinda. Aparentemente, por falta de tiempo, pero quizás la razón sea más profunda. Parece una casa, tiene todo lo que deberían tener las casas, pero tú sabes que no es así, que todo eso está ideado para engañarte, para que olvides que se trata de un no lugar, una maqueta de un hogar. Ésa es la perversidad demoniaca que se esconde en las habitaciones de hotel. Es por eso que las bandas de rock en los 70 rompían el mobiliario de las habitaciones, lanzaban televisores a piscinas –e incluso Charly García a sí mismo.

Drogas, alcohol, sí pero también la presencia maligna de la propia habitación. Dirán que exagero. Pero piénselo bien. Es como que te presenten a un tipo que se parece a uno mismo, pero demasiado ordenado, demasiado aseado y sensato, y no, ese no eres tú y, aterrado, abres el cajón de la mesilla de noche y no hay nada y te conjuras para irte mañana temprano, sin falta, antes de que sea demasiado tarde.

 Cultura

Te Puede Interesar