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Un país paralizado. Millones de personas con mariposas en el estómago y con el alma encogida por algo intranscendente que, sin embargo, conmueve y agita más que las cosas de verdad importantes. Millones de camisetas con el mismo color repartidas por toda España y trillones de problemas aparcados, opacados, olvidados, al menos por el periodo de tiempo que dura un acontecimiento deportivo. Concentraciones espontáneas en los bares, las calles, las áreas de descanso de las autopistas. Playas y piscinas desiertas, sonrisas nerviosas, cuñados haciendo planteamientos estratégicos variados, las neveras llenas de cerveza fría y viandas, pero pocas ganas de comer porque con los nervios no entra nada. Y al final, como en cualquier deporte, a veces te toca ganar y en otras te vas decepcionado.
Sin embargo, lo importante estos días no es ganar o perder, lo verdaderamente trascendental es llegar, es estar, es disfrutar y, si es necesario, sufrir el camino. Y ahora que el fútbol lleva años alegrándonos la vida, después de que yo creciese queriendo ser alemán cada vez que veía perder a España, echo muchísimo de menos poder tener un día así con la Fórmula 1. Hace 16 años que España no jugaba la final de un Mundial, y 14 que no vivimos un día como el de este domingo en la Fórmula 1. Y aunque los más jóvenes no lo han vivido y sólo lo conocen por lo que sus padres les han podido contar, también en Fórmula 1 vivimos días como estos.
Jamás olvidaré ese Brasil 2005 en el que todo el país se detuvo para empujar a Fernando Alonso hacia su primera estrella. Entonces éramos los reyes del mundo y los índices de audiencia de la F1 competían y en ocasiones ganaban a los del fútbol. Aquel sueño, aquel día mágico, se repitió un año después con idéntico resultado. Tuvimos la suerte de repetir otra vez en 2007, con la primera final perdida. Es cierto que Fernando no ganó, pero aquel año todos fuimos aliados en una batalla que nos tuvo absortos durante nueve meses luchando, empujando, desesperándonos, con uno de los duelos más brutales de la historia de la Fórmula 1. Fue muy triste, pero también muy épico y aunque Alonso no ganó, estuvo allí hasta el final.
La derrota de 2010 dolió. Dolió mucho, pero a pesar de todo mereció la pena. Esta vez un error estratégico privó a Alonso de la tercera estrella, pero le plantó cara a un año imposible en el que Red Bull era mucho más poderoso. No ganamos, pero estuvimos ahí. También en 2012, donde el mejor Fernando a punto estuvo de derrotar a Sebastian Vettel que tenía un avión. Dolió la última carrera cuando el esfuerzo de Alonso no fue suficiente, pero también nos quedó el consuelo de vivirlo con él hasta la última vuelta.
Ahora no estamos. Ahora no hay mariposas, ni nervios, ni miedos, ni dudas. Ahora por no haber no hay ni batalla. Vivimos en una especie de asistolia de emociones que nos tiene arrinconados, apagados, inertes. Seguimos esperando un milagro, porque el nivel de decepción es tan grande que sólo la fe nos mantiene conectados con el hilo de esperanza que necesitamos para seguir creyendo. Y lo hacemos porque él también lo hace. Porque a pesar de su historia, de su trayectoria, de su talento, Alonso jamás arroja la toalla. Pocos pilotos habrían aguantado su calvario. Pocos se habrían tragado este sapo envenenado que le lleva carrera tras carrera a las últimas posiciones de forma inexorable.
Con el coche más lento de la parrilla en todos los escenarios, sin ningún cambio ni evolución en varios meses, Fernando ha seguido empujando. Dentro de siete días Aston Martin introducirá las primeras piezas nuevas del año. No será suficiente porque la temporada está perdida, pero al menos nos enseñará el camino. Nos dirá si hay vida más allá de la muerte y si aún hay tiempo para poder volver a sentir mariposas en el estómago en una noche mágica como las de antes.
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