Hoy ya es siempre: España silencia a Argentina, a su árbitro y la vida es justa

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Por la mañana, cuando creía llevar 10 horas en pie pero el reloj aseguraba que apenas habían transcurrido un par, salí a dar un paseo a ver si así aceleraba el tiempo. No funcionó. La vida estaba en pausa. La euforia había desaparecido, las bravuconadas se habían quedado en Twitter y un ejército de zombis con camisetas de España deambulaba sin más destino que las nueve de la noche. Sólo algún niño insensato rompía la liturgia del temor compartido, las conversaciones cautas y plagadas de «y si…», la ilusión contenida por el miedo que ahora, mientras lloramos, abrazamos y reímos, sabemos que no tenía motivo.

Fuimos durante casi todo el día los campeones del mundo de Schrödinger, encerrados en una caja de minutos eternos con nuestro destino en pies ajenos y sin saber si, al salir, nos aguardaba la vida o la muerte. Ya lo sabemos. Estábamos vivos. Más vivos que nunca. Era el largo prólogo de uno de esos escasos momentos que, pase el tiempo que pase y sean cuales sean las circunstancias, sabrás narrar durante el resto de tu existencia sin necesidad de rellenar huecos con la imaginación, tatuados el dónde, el cómo y el con quién. Sobre todo, el con quién. Hoy ya no es sólo hoy.

En realidad, la respuesta al misterio que nos atormentaba era sencilla. La dio Luis Aragonés en la charla legendaria de 2008 («Somos mejores y lo vamos a demostrar»), la repitió Del Bosque justo antes de la prórroga de 2010 («Tranquilos, sois mejores») y Luis de la Fuente no cambió el tono. España es muy superior a Argentina. No un poco, mucho. Por eso, bailamos.

El dominio tardó en hacerse carne porque el fútbol es terco por naturaleza y siempre flirtea con el shock, pero rara vez concreta por más que el árbitro se empeñase en prolongar nuestra angustia anulando un gol a Nico Williams que sólo se entiende desde la conspiranoia: Argentina ha jugado con doce todo el torneo. Dio lo mismo. La lógica llegó con un gol de Ferran Torres, qué guapo eres, coño, un partido descomunal de Rodri sobre un césped indigno y un trabajo impecable de todos. Pasó lo que tenía que pasar: ganó el mejor y éramos nosotros

Olviden el discurso buenista de estos días. En unas semanas, España seguirá siendo la que era, con sus bandos, sus prejuicios y sus miserias, pero eso no importa. Nos obsesionamos con imaginar consecuencias permanentes a las cosas como si la felicidad puntual no fuera suficiente. Lo es. La vida son ustedes aquí y ahora, cuando España es campeona del mundo y nos queremos todos por un rato.

El mañana da igual. Hoy ya es siempre.

 Deportes // elmundo

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