Nancy Cartwright, filósofa de la ciencia: «Con 12 años ya debatía en la iglesia sobre el problema del mal o la predestinación»

Desde que tiene uso de razón, Nancy Cartwright (Estados Unidos, 1944) recuerda estar rodeada de grandes preguntas. Creció en el oeste de Pensilvania, en un bastión del presbiterianismo, donde su formación calvinista la llevó desde muy joven a enfrentarse a algunos de los dilemas filosóficos más profundos. «Si te crían pensando que existe un Dios omnipotente y absolutamente bueno, es natural preguntarse: ‘¿Entonces por qué mi hermana pequeña está tan enferma?’», explica. Con apenas 12 años ya debatía con sus primos mayores sobre Kierkegaard, una muestra temprana de una inquietud intelectual que la acompañaría toda su vida. Aquella necesidad de comprender la llevó a estudiar matemáticas y física, pero también filosofía, inicialmente «para tener una vía de escape». Con el tiempo, esa vía acabó convirtiéndose en el camino principal: Cartwright decidió unir ambos mundos, no para quedarse en la reflexión abstracta sobre las ideas de los grandes pensadores del pasado, sino para poner la filosofía al servicio de problemas reales. Esa mirada le ha permitido realizar contribuciones pioneras sobre cómo se construye el conocimiento científico y cómo debe integrarse la evidencia en la toma de decisiones públicas. Por esa trayectoria, la investigadora de la Universidad de Durham (Reino Unido) y de la Universidad de California San Diego (Estados Unidos) ha sido reconocida con el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en la categoría de Humanidades.—Usted estudió matemáticas, física y filosofía. ¿Qué fue lo que le llamó la atención de todas estas disciplinas?—La primera razón fue personal. Yo era terriblemente lista y necesitaba una salida intelectual. En la iglesia teníamos un grupo muy intelectual y con 12 años, ya conocía, ensayaba y debatía argumentos muy sofisticados sobre el problema del mal o sobre la predestinación. Después fui a la Universidad de Pittsburgh para estudiar matemáticas. Allí había un departamento de filosofía extraordinario y me apunté enseguida para tener una vía de escape filosófica. Resultó que las clases eran apasionantes. También estudié física, pero finalmente acabé volcando todos esos intereses filosóficos en mi carrera.Noticia relacionada general No No Bilbao, capital de las fronteras donde la ciencia ficción se hace ciencia real Patricia Biosca—¿Y la segunda?—Nunca me gustó la idea de que la filosofía fuera un juego en el que pasas el tiempo hablando con Aristóteles a través de los siglos. Pensaba que algunas de las cuestiones que analizamos podían interactuar con asuntos mucho más prácticos. Por otro lado, pensaba que algunos científicos creían ciertas cosas acerca de las leyes que investigaban, pero realmente no reflexionaban demasiado sobre qué son esas normas. Su trabajo consiste en descubrirlas, establecerlas y ponerlas a prueba, no necesariamente en analizar filosóficamente qué son. Así que no confiaba del todo en lo que decían, y tampoco lo que me enseñaban mis colegas encajaba con lo que yo observaba. Pensé que debía utilizar mis habilidades que tenía para comprender mejor qué estaba ocurriendo realmente. —Actualmente existe una enorme distancia entre lo que la sociedad comprende y las aplicaciones de la ciencia. Por ejemplo, la inteligencia artificial. ¿Necesitamos una reflexión más profunda que incorpore también la filosofía para entender cómo la ciencia afecta a la sociedad?—Creo que la cuestión de cómo la ciencia afecta a la sociedad debe ser estudiada por sociólogos, antropólogos, politólogos, teóricos de la cultura y filósofos. No solo por filósofos. No creo que la filosofía tenga algo específico que decir por sí sola sobre las aplicaciones de la inteligencia artificial. Yo misma no sé nada sobre IA. Estoy segura de que muchos de mis colegas la estudian intensamente junto con especialistas en IA y expertos en ética. Seguramente tienen cosas importantes que aportar. Pero no se trata de que los filósofos descubran algo y luego arrojen sus resultados al debate desde fuera. Si sus aportaciones van a ser útiles, tendrán que desarrollarse en diálogo con todas esas otras formas de conocimiento y métodos. En mi caso, hay muchísimas cosas sobre las que no sé nada y sobre las que prefiero no especular.—Damos por hecho que los filósofos pueden hablar de cualquier tema solo por ser filósofos. —Exactamente. Necesitamos estudiar y hablar de los temas con las personas que realmente trabajan en esos campos. Las grandes preguntas filosóficas abstractas que se supone que debemos responder nunca me han parecido demasiado útiles. «¿Qué es el conocimiento?». No lo sé. Y, ¿qué tipo de pregunta es esa? Suelo criticar a quienes trabajan en políticas basadas en evidencias por formular preguntas demasiado amplias. Por ejemplo, la pregunta «¿Funcionan las mascarillas?» es muy grande. En cambio: «¿Funciona este programa de lectura para niños de ocho años en escuelas desfavorecidas con un alto porcentaje de alumnos vulnerables?» es una pregunta más concreta. Y probablemente sí tenga una respuesta. Las preguntas demasiado generales difícilmente tienen respuesta, no es extraño que piense lo mismo sobre muchas preguntas filosóficas abstractas. Aunque discutir esas grandes preguntas puede ser valioso porque genera ideas.—Usted se opone, de hecho, a la búsqueda de una teoría del todo, algo que fascinaba a científicos como Einstein. ¿Sigue considerando que esa búsqueda es filosóficamente problemática?—La teoría del todo es problemática desde el punto de vista filosófico. ¿De dónde surge? ¿Por qué se convirtió en la posición dominante? A mí todo lo que observo me parece diferente, el mundo está lleno de diversidad. Y después me dicen que, en el fondo, todo es exactamente lo mismo. Por supuesto, entiendo que existen teorías que aplicamos en distintos contextos y que utilizamos las mismas ecuaciones en muchos lugares. Pero nada de lo que he visto en la práctica científica demuestra que esas ecuaciones gobiernan todo lo que ocurre, en todas partes y en todo momento. Más bien parecen herramientas que utilizamos en situaciones muy concretas, junto con muchas otras cosas. Lo que me pregunto es: ¿por qué quienes defienden la unificación ocupan automáticamente la posición privilegiada y los demás tenemos que justificar la diversidad? ¿Por qué no mantener abiertas ambas posibilidades?—También critica cómo se interpretan las predicciones estadísticas. —El problema de la reflexividad en las ciencias sociales me interesa mucho. En economía o sociología haces predicciones sobre cómo se comportará la gente. Pero cuando las personas conocen esas predicciones, cambian su comportamiento precisamente porque las han escuchado. Eso ocurrió durante el Covid: podías predecir tasas muy altas de contagio, pero cuando la gente veía esas predicciones, cambiaba su conducta y los contagios disminuían. Entonces algunos decían que los modelos estaban equivocados. Pero, en realidad, es que los modelos simplemente no incorporaban todos los cambios de comportamiento. En ese sentido, el conocimiento científico y social tiene efectos reales sobre el comportamiento humano. Desde que tiene uso de razón, Nancy Cartwright (Estados Unidos, 1944) recuerda estar rodeada de grandes preguntas. Creció en el oeste de Pensilvania, en un bastión del presbiterianismo, donde su formación calvinista la llevó desde muy joven a enfrentarse a algunos de los dilemas filosóficos más profundos. «Si te crían pensando que existe un Dios omnipotente y absolutamente bueno, es natural preguntarse: ‘¿Entonces por qué mi hermana pequeña está tan enferma?’», explica. Con apenas 12 años ya debatía con sus primos mayores sobre Kierkegaard, una muestra temprana de una inquietud intelectual que la acompañaría toda su vida. Aquella necesidad de comprender la llevó a estudiar matemáticas y física, pero también filosofía, inicialmente «para tener una vía de escape». Con el tiempo, esa vía acabó convirtiéndose en el camino principal: Cartwright decidió unir ambos mundos, no para quedarse en la reflexión abstracta sobre las ideas de los grandes pensadores del pasado, sino para poner la filosofía al servicio de problemas reales. Esa mirada le ha permitido realizar contribuciones pioneras sobre cómo se construye el conocimiento científico y cómo debe integrarse la evidencia en la toma de decisiones públicas. Por esa trayectoria, la investigadora de la Universidad de Durham (Reino Unido) y de la Universidad de California San Diego (Estados Unidos) ha sido reconocida con el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en la categoría de Humanidades.—Usted estudió matemáticas, física y filosofía. ¿Qué fue lo que le llamó la atención de todas estas disciplinas?—La primera razón fue personal. Yo era terriblemente lista y necesitaba una salida intelectual. En la iglesia teníamos un grupo muy intelectual y con 12 años, ya conocía, ensayaba y debatía argumentos muy sofisticados sobre el problema del mal o sobre la predestinación. Después fui a la Universidad de Pittsburgh para estudiar matemáticas. Allí había un departamento de filosofía extraordinario y me apunté enseguida para tener una vía de escape filosófica. Resultó que las clases eran apasionantes. También estudié física, pero finalmente acabé volcando todos esos intereses filosóficos en mi carrera.Noticia relacionada general No No Bilbao, capital de las fronteras donde la ciencia ficción se hace ciencia real Patricia Biosca—¿Y la segunda?—Nunca me gustó la idea de que la filosofía fuera un juego en el que pasas el tiempo hablando con Aristóteles a través de los siglos. Pensaba que algunas de las cuestiones que analizamos podían interactuar con asuntos mucho más prácticos. Por otro lado, pensaba que algunos científicos creían ciertas cosas acerca de las leyes que investigaban, pero realmente no reflexionaban demasiado sobre qué son esas normas. Su trabajo consiste en descubrirlas, establecerlas y ponerlas a prueba, no necesariamente en analizar filosóficamente qué son. Así que no confiaba del todo en lo que decían, y tampoco lo que me enseñaban mis colegas encajaba con lo que yo observaba. Pensé que debía utilizar mis habilidades que tenía para comprender mejor qué estaba ocurriendo realmente. —Actualmente existe una enorme distancia entre lo que la sociedad comprende y las aplicaciones de la ciencia. Por ejemplo, la inteligencia artificial. ¿Necesitamos una reflexión más profunda que incorpore también la filosofía para entender cómo la ciencia afecta a la sociedad?—Creo que la cuestión de cómo la ciencia afecta a la sociedad debe ser estudiada por sociólogos, antropólogos, politólogos, teóricos de la cultura y filósofos. No solo por filósofos. No creo que la filosofía tenga algo específico que decir por sí sola sobre las aplicaciones de la inteligencia artificial. Yo misma no sé nada sobre IA. Estoy segura de que muchos de mis colegas la estudian intensamente junto con especialistas en IA y expertos en ética. Seguramente tienen cosas importantes que aportar. Pero no se trata de que los filósofos descubran algo y luego arrojen sus resultados al debate desde fuera. Si sus aportaciones van a ser útiles, tendrán que desarrollarse en diálogo con todas esas otras formas de conocimiento y métodos. En mi caso, hay muchísimas cosas sobre las que no sé nada y sobre las que prefiero no especular.—Damos por hecho que los filósofos pueden hablar de cualquier tema solo por ser filósofos. —Exactamente. Necesitamos estudiar y hablar de los temas con las personas que realmente trabajan en esos campos. Las grandes preguntas filosóficas abstractas que se supone que debemos responder nunca me han parecido demasiado útiles. «¿Qué es el conocimiento?». No lo sé. Y, ¿qué tipo de pregunta es esa? Suelo criticar a quienes trabajan en políticas basadas en evidencias por formular preguntas demasiado amplias. Por ejemplo, la pregunta «¿Funcionan las mascarillas?» es muy grande. En cambio: «¿Funciona este programa de lectura para niños de ocho años en escuelas desfavorecidas con un alto porcentaje de alumnos vulnerables?» es una pregunta más concreta. Y probablemente sí tenga una respuesta. Las preguntas demasiado generales difícilmente tienen respuesta, no es extraño que piense lo mismo sobre muchas preguntas filosóficas abstractas. Aunque discutir esas grandes preguntas puede ser valioso porque genera ideas.—Usted se opone, de hecho, a la búsqueda de una teoría del todo, algo que fascinaba a científicos como Einstein. ¿Sigue considerando que esa búsqueda es filosóficamente problemática?—La teoría del todo es problemática desde el punto de vista filosófico. ¿De dónde surge? ¿Por qué se convirtió en la posición dominante? A mí todo lo que observo me parece diferente, el mundo está lleno de diversidad. Y después me dicen que, en el fondo, todo es exactamente lo mismo. Por supuesto, entiendo que existen teorías que aplicamos en distintos contextos y que utilizamos las mismas ecuaciones en muchos lugares. Pero nada de lo que he visto en la práctica científica demuestra que esas ecuaciones gobiernan todo lo que ocurre, en todas partes y en todo momento. Más bien parecen herramientas que utilizamos en situaciones muy concretas, junto con muchas otras cosas. Lo que me pregunto es: ¿por qué quienes defienden la unificación ocupan automáticamente la posición privilegiada y los demás tenemos que justificar la diversidad? ¿Por qué no mantener abiertas ambas posibilidades?—También critica cómo se interpretan las predicciones estadísticas. —El problema de la reflexividad en las ciencias sociales me interesa mucho. En economía o sociología haces predicciones sobre cómo se comportará la gente. Pero cuando las personas conocen esas predicciones, cambian su comportamiento precisamente porque las han escuchado. Eso ocurrió durante el Covid: podías predecir tasas muy altas de contagio, pero cuando la gente veía esas predicciones, cambiaba su conducta y los contagios disminuían. Entonces algunos decían que los modelos estaban equivocados. Pero, en realidad, es que los modelos simplemente no incorporaban todos los cambios de comportamiento. En ese sentido, el conocimiento científico y social tiene efectos reales sobre el comportamiento humano.  

Desde que tiene uso de razón, Nancy Cartwright (Estados Unidos, 1944) recuerda estar rodeada de grandes preguntas. Creció en el oeste de Pensilvania, en un bastión del presbiterianismo, donde su formación calvinista la llevó desde muy joven a enfrentarse a algunos de los dilemas … filosóficos más profundos. «Si te crían pensando que existe un Dios omnipotente y absolutamente bueno, es natural preguntarse: ‘¿Entonces por qué mi hermana pequeña está tan enferma?’», explica. Con apenas 12 años ya debatía con sus primos mayores sobre Kierkegaard, una muestra temprana de una inquietud intelectual que la acompañaría toda su vida. Aquella necesidad de comprender la llevó a estudiar matemáticas y física, pero también filosofía, inicialmente «para tener una vía de escape».

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