La historia del cine es selectiva. En ciertas ocasiones, como en el caso del director Mark Rydell, fallecido el pasado jueves a los 97 años, puede ser incluso olvidadiza y cruel. Director del Hollywood de los setenta y ochenta, Rydell fue responsable de una decena de películas, algunas tan conocidas como La rosa (1979), En el estanque dorado (1981) o Cuando el río crece (1984). Estos días, sin embargo, ha sido recordado sobre todo porque En el estanque dorado le valió a Henry Fonda el único Oscar de su carrera.
Actor en su juventud, supo hacer brillar a sus intérpretes y le sirvió el único Oscar de su carrera a Henry Fonda
La historia del cine es selectiva. En ciertas ocasiones, como en el caso del director Mark Rydell, fallecido el pasado jueves a los 97 años, puede ser incluso olvidadiza y cruel. Director del Hollywood de los setenta y ochenta, Rydell fue responsable de una decena de películas, algunas tan conocidas como La rosa (1979), En el estanque dorado (1981) o Cuando el río crece (1984). Estos días, sin embargo, ha sido recordado sobre todo porque En el estanque dorado le valió a Henry Fonda el único Oscar de su carrera.
La película, un doloroso y a la vez emotivo drama sobre el conflictivo reencuentro de un padre y una hija, tenía además un componente de morbo: la hija la interpretaba Jane Fonda. Katharine Hepburn, como la mujer de Henry, también se llevó el Oscar, el cuarto de su carrera. En el estanque dorado ganó además la estatuilla al mejor guion adaptado. Todo un éxito para una película que estaba nominada en diez categorías, incluida la de mejor director para Rydell. En aquella edición, sin embargo, Warren Beatty se alzó con el premio por Rojos. Henry Fonda falleció cinco meses después de recibir aquel reconocimiento, de modo que la película de Rydell quedó fijada como su despedida y, en buena medida, como la culminación de su carrera.
En total, las películas de este director reunieron 26 nominaciones. La zorra (1967), con una nominación a la mejor banda sonora original, marcó su entrada en la órbita de los Oscar. Además de las diez nominaciones de En el estanque dorado, Los rateros (1969), con Steve McQueen, consiguió dos; Permiso para amar hasta medianoche (1973), tres; La rosa (1979), vagamente basada en la vida de Janis Joplin, cuatro; Cuando el río crece (1984), cinco, y Ayer, hoy y siempre (1991), una más. Su huella como cineasta está dispersa en los Oscar.
Rydell no fue un autor prolífico ni un director de una personalidad visual especialmente reconocible. Su especialidad estaba en los actores. Fue extraordinariamente eficaz a la hora de conseguir que otros vieran reconocido su trabajo. A lo largo de su carrera, demostró tener un don especial para trabajar con ellos. Bette Midler, que debutó en el cine con La rosa, obtuvo bajo su dirección sus dos únicas nominaciones al Oscar. Sissy Spacek fue candidata por Cuando el río crece. En esas y en otras ocasiones, Rydell quedaba en segundo plano. Sus actores ocupaban el centro.
Quizá eso tenga que ver con que antes de ser director había sido actor. Mark Rydell, nacido en Nueva York, había estudiado música y filosofía. Pero tras pasar por Juilliard, la famosa escuela de arte neoyorquina, descubrió que la interpretación le interesaba más. Su primer papel cinematográfico fue en Crimen en las calles (1956), de Don Siegel. Después llegaría la televisión y, finalmente, la dirección. Pero nunca abandonó del todo la interpretación. Como actor tuvo dos momentos especialmente recordados. En El largo adiós (1973), de Robert Altman, interpretó a un violento y extravagante mafioso que se enfrenta a Philip Marlowe. Y en Un final made in Hollywood (2002), de Woody Allen, encarnó al leal y pintoresco agente del director de cine, interpretado por el propio Allen.
Llevaba dos décadas alejado de los platós en el momento de su fallecimiento. Su última película como director fue Even Money (2006), después de una carrera que había comenzado en los años cincuenta como actor y que atravesó, como director, buena parte del Hollywood de la segunda mitad del siglo XX. El 29 de marzo de 1982, en la ceremonia de los Oscar, Jane Fonda subió al escenario para recoger en nombre de su padre el premio al mejor actor. Henry Fonda estaba demasiado enfermo. Aquel Oscar fue para él, pero vale la pena recordar que tras aquella destacada interpretación estaba Mark Rydell.
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