Barcelona duerme poco y se mueve mucho. Cada día, miles de vehículos recorren una ciudad donde el espacio es un bien escaso y cualquier incidente puede desencadenar un efecto dominó sobre el tráfico, el transporte público o incluso los servicios de emergencia. En ese engranaje casi invisible hay un equipo que solo suele hacerse protagonista cuando aparece junto a un coche mal estacionado. Pero detrás de la imagen de la grúa municipal hay bastante más que la retirada de vehículos: hay accidentes de tráfico, personas heridas, grandes acontecimientos de ciudad, averías en plena ronda y una misión tan sencilla de formular como compleja de cumplir. “La misión de la grúa es hacer que la ciudad funcione”, resume María Román, jefa de la unidad de grúas de Barcelona Serveis Municipals.
El servicio realiza alrededor de 300 intervenciones diarias y retira cerca de 100.000 vehículos al año por diversos motivos
Barcelona duerme poco y se mueve mucho. Cada día, miles de vehículos recorren una ciudad donde el espacio es un bien escaso y cualquier incidente puede desencadenar un efecto dominó sobre el tráfico, el transporte público o incluso los servicios de emergencia. En ese engranaje casi invisible hay un equipo que solo suele hacerse protagonista cuando aparece junto a un coche mal estacionado. Pero detrás de la imagen de la grúa municipal hay bastante más que la retirada de vehículos: hay accidentes de tráfico, personas heridas, grandes acontecimientos de ciudad, averías en plena ronda y una misión tan sencilla de formular como compleja de cumplir. “La misión de la grúa es hacer que la ciudad funcione”, resume María Román, jefa de la unidad de grúas de Barcelona Serveis Municipals.
La percepción ciudadana, sin embargo, suele detenerse en el momento más ingrato del trabajo: cuando un conductor descubre que su coche ya no está donde lo había dejado. Es una visión parcial, sostiene Román. El servicio realiza alrededor de 300 intervenciones diarias y retira cerca de 100.000 vehículos al año, pero entre ellas también figuran miles de actuaciones que poco tienen que ver con sancionar un mal aparcamiento: recuperación de vehículos robados, retirada de coches accidentados, apoyo a obras o actuaciones imprescindibles para que grandes acontecimientos como una maratón, Sant Jordi o el Tour de Francia puedan celebrarse con normalidad.

“La ciudadanía solo ve la indisciplina, pero hacemos muchísimo más que retirar coches”, explica. Su equipo dispone de 37 grúas, aunque unas 22 salen cada día a la calle, y está formado por 134 profesionales entre conductores y operadores que trabajan las veinticuatro horas del día. En los servicios considerados prioritarios —vehículos que bloquean una vía, ocupan plazas reservadas para personas con movilidad reducida o impiden el paso— el objetivo es intervenir con rapidez: el 80 % se resuelve en menos de media hora.
Quien vive esa realidad desde el asfalto es Rubén Gálvez. Lleva nueve años conduciendo una grúa municipal y reconoce que nunca imaginó dedicarse a este oficio. Llegó de rebote, tras cambiar de sector durante la crisis económica, y hoy conoce Barcelona desde una perspectiva que pocos tienen. Su jornada empieza revisando el vehículo y continúa recorriendo las calles mientras permanece en contacto permanente con el centro de control, que asigna los servicios según su prioridad.
Muchas veces somos los primeros en llegar cuando hay una incidencia en la vía pública
Su trabajo, insiste, comienza mucho antes de enganchar un coche. “Muchas veces somos la primera persona que llega cuando hay una incidencia en la vía pública”, explica. Puede tratarse de una colisión en una ronda, un vehículo averiado que pone en riesgo la circulación o incluso una persona que ha sufrido una caída en la calle. “A veces ni siquiera hay un coche implicado. Nos toca proteger a la persona, avisar a los servicios sanitarios y permanecer allí hasta que llegan”, explica.

Esa faceta es prácticamente desconocida para la mayoría de ciudadanos. Como también lo es el hecho de que los conductores de la grúa no deciden qué vehículo debe retirarse. La decisión corresponde siempre a la Guardia Urbana. “Nosotros no tenemos ningún margen de decisión”, aclara Gálvez. Hoy esa coordinación se realiza mediante aplicaciones informáticas: el conductor fotografía el vehículo, envía las imágenes y espera la autorización antes de iniciar la maniobra. La tecnología ha cambiado profundamente una profesión que hace años requería incluso que un agente viajara a bordo de cada grúa.
Porque si algo ha evolucionado, además de Barcelona, son las propias herramientas de trabajo. Sistemas hidráulicos, cámaras y sensores han simplificado operaciones que antes exigían mucho más esfuerzo físico. Pero hay algo que ninguna innovación tecnológica ha conseguido eliminar: el factor humano. Y ahí empieza, probablemente, la parte más difícil del oficio.
Mantener la calma, esencial en la profesión
Lo sabe bien Gálvez. Si tuviera que resumir en una sola cualidad qué necesita un conductor de grúa, no hablaría de pericia al volante ni de conocimientos mecánicos. “Lo más difícil es mantener la calma”, afirma sin dudar. Porque pocas profesiones obligan a trabajar rodeado de coches tocando el claxon, calles cortadas, tráfico acumulándose y, en muchas ocasiones, un propietario que llega justo cuando su vehículo está siendo retirado.

“Hay personas que realmente no sabían que estaban cometiendo una infracción y lo entienden enseguida; otras llegan mucho más alteradas”, explica. En esos momentos, dice, la formación en gestión de conflictos resulta tan importante como saber manejar una grúa de varias toneladas. “Nosotros no somos ningún tipo de autoridad. Somos ciudadanos igual que ellos”, recuerda.
Ese trabajo con las emociones forma parte de una preparación que, según María Román, recibe un peso creciente dentro de la formación de la plantilla. “Buscamos profesionales que entiendan que trabajan en situaciones complejas. Invertimos mucho tiempo en formarles en empatía y gestión de conflictos”, explica. Los permisos de conducción específicos son imprescindibles, pero no suficientes. La verdadera dificultad está en intervenir con rapidez sin perder la serenidad cuando quien tienes delante acaba de descubrir que su coche va camino del depósito.
Hay personas que realmente no sabían que estaban cometiendo una infracción y lo entienden enseguida; otras llegan mucho más alteradas”
No todas las intervenciones son iguales. Si hay una situación que los conductores prefieren evitar son los accidentes graves en las rondas de Barcelona. “Son las actuaciones más complicadas, con diferencia”, reconoce Gálvez. La velocidad del tráfico, la necesidad de asegurar la zona y retirar los vehículos cuanto antes convierten esas operaciones en un trabajo especialmente delicado. La prioridad ya no es solo recuperar la fluidez del tráfico, sino reducir el riesgo para los propios conductores afectados y para el resto de usuarios de la vía.

También existen jornadas en las que la ciudad obliga a multiplicar esfuerzos. Grandes acontecimientos como Sant Jordi, una maratón, un correfoc o la llegada del Tour de Francia exigen una planificación extraordinaria. Antes de que miles de personas ocupen las calles, las grúas ya llevan horas trabajando.
“Ningún gran evento sería posible sin la labor previa de la grúa”, sostiene Román. La coordinación alcanza entonces un nivel especialmente complejo: Guardia Urbana, Ayuntamiento, servicios de limpieza, organizadores y operadores del servicio trabajan sincronizados para despejar recorridos y garantizar que todo pueda desarrollarse con normalidad. Es un trabajo prácticamente invisible para quien disfruta del acontecimiento, pero imprescindible para que ocurra.
Motos, bicis y patinetes, los vehículos más retirados
La transformación de Barcelona también ha cambiado el perfil de las intervenciones. Si hace unos años la mayor parte de los vehículos retirados eran turismos, hoy las grúas actúan cada vez más sobre motocicletas, bicicletas o patinetes, reflejo de una movilidad que se diversifica al mismo ritmo que el espacio disponible se reduce. Román remarca que, al ser un recurso cada vez más escaso, el espacio público debe compatibilizar múltiples usos. Eso explica que muchos ciudadanos crean haber aparcado “solo cinco minutos”, sin ser conscientes del efecto que puede desencadenar ese gesto.

Es precisamente una de las reflexiones que más repite Gálvez después de casi una década recorriendo las calles de Barcelona. “La gente piensa que son cinco minutos”, dice. Pero esos cinco minutos pueden impedir que un repartidor utilice una zona de carga y descarga, obligarle a detenerse en otro lugar, reducir la visibilidad de un cruce o generar una cadena de pequeñas incidencias que termine en un accidente. “Son cosas que quien aparca mal muchas veces no llega a imaginar”, afirma.
Entre los mitos que más le gustaría desmontar hay uno especialmente persistente: la idea de que las grúas trabajan con objetivos recaudatorios. “El mayor mito es que vamos a producción”, afirma. Tanto él como Román insisten en que la retirada de un vehículo nunca depende del conductor de la grúa. La decisión corresponde exclusivamente a la Guardia Urbana, que valida cada actuación antes de autorizarla.
Uno de los falsos mitos del sector es que las grúas trabajan con objetivos recaudatorios
Quizá por eso, cuando se les pregunta qué cambiarían para mejorar la convivencia con la ciudadanía, ambos llegan prácticamente a la misma conclusión. Gálvez desearía que los conductores entendieran que “la grúa no genera la infracción, simplemente actúa cuando ya se ha producido”. Román pediría un poco más de empatía hacia unos profesionales que con frecuencia reciben el enfado de quien acaba de perder su coche de vista.

Porque detrás de cada grúa hay mucho más que un vehículo capaz de levantar otro. Hay conductores que llegan antes que muchos servicios de emergencia a un accidente, que protegen a una persona caída hasta que llega una ambulancia, que despejan una ronda para evitar nuevos choques o que trabajan de madrugada para que, al amanecer, una carrera popular, una cabalgata o un Tour de Francia puedan celebrarse sin que nadie piense en ellos.
Y quizá esa sea la mayor paradoja del servicio municipal de grúas de Barcelona: cuanto mejor hacen su trabajo, menos se nota que han estado allí. Solo cuando un coche desaparece de donde estaba aparcado se hacen visibles. El resto del tiempo, simplemente consiguen que una ciudad de más de un millón y medio de habitantes siga moviéndose.
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