Cada mañana, millones de personas repiten una rutina que forma parte de su jornada laboral: llegar hasta el centro de trabajo. Esperar el autobús, buscar hueco en un vagón de metro lleno o comprobar que el tren llega otra vez con retraso puede convertir un desplazamiento a priori tranquilo en una fuente de tensión. El coche tampoco garantiza un viaje plácido, sobre todo en hora punta y cuando cuesta encontrar aparcamiento en el destino. De todos modos, entre ambos medios de transporte hay una diferencia que puede ser psicológicamente importante: cuánto control sentimos que tenemos sobre lo que ocurre.
Los especialistas explican que desplazarse conduciendo el vehículo propio tampoco es la panacea, porque también tiene sus inconvenientes
Cada mañana, millones de personas repiten una rutina que forma parte de su jornada laboral: llegar hasta el centro de trabajo. Esperar el autobús, buscar hueco en un vagón de metro lleno o comprobar que el tren llega otra vez con retraso puede convertir un desplazamiento a priori tranquilo en una fuente de tensión. El coche tampoco garantiza un viaje plácido, sobre todo en hora punta y cuando cuesta encontrar aparcamiento en el destino. De todos modos, entre ambos medios de transporte hay una diferencia que puede ser psicológicamente importante: cuánto control sentimos que tenemos sobre lo que ocurre.
No todos los inconvenientes pesan igual. “Si tuviéramos que señalar los que más afectan, serían los retrasos, sobre todo si son recurrentes e impredecibles, y la masificación”, explica el psicólogo y divulgador Jesús Jiménez. “Ambos reducen la sensación de control”, apostilla su compañera, la psicoterapeuta María Ibáñez. Un retraso deja de ser simplemente una molestia cuando amenaza con hacernos llegar tarde al trabajo, perder una cita o impedirnos recoger a los niños a tiempo. “Suelen ser las situaciones que generan más incertidumbre y estrés”, señala la especialista en Salud Mental y diplomada en Enfermería.
Los trayectos más largos tienden a asociarse con peores resultados de bienestar y salud mental
La ciencia lleva tiempo encontrando indicios de que los desplazamientos cotidianos no terminan psicológicamente cuando llegamos a nuestro destino. Una revisión sistemática publicada en 2022 en Travel Behaviour and Society, que analizó 45 estudios sobre desplazamientos habituales, bienestar subjetivo y salud mental, concluyó que la duración del viaje y el modo de transporte pueden influir tanto en la experiencia inmediata del trayecto como en aspectos más generales del bienestar. También encontró que los efectos negativos pueden trasladarse posteriormente al trabajo y al hogar y que, en conjunto, los trayectos más largos tienden a asociarse con peores resultados de bienestar y salud mental.

Un estudio publicado en 2024 en Transportation Research Part F, combinando cuestionarios sobre el estado de ánimo con mediciones realizadas mediante dispositivos portátiles, volvió a encontrar que los desplazamientos más largos se relacionaban con un peor estado de ánimo.
Pero la duración no afecta de igual manera a todas las personas. Dos trabajadores pueden tardar exactamente 45 minutos en llegar a la oficina y experimentar ese tiempo de maneras completamente distintas. “Los factores personales son completamente determinantes”, explica Ibáñez. Una persona puede tolerar el retraso, aprovechar el viaje para leer y llegar relativamente relajada. Otra puede sufrir especialmente el ruido, el calor, los espacios cerrados o la incertidumbre sobre la hora de llegada.
Los psicólogos rechazan establecer una regla sencilla por la que desplazarse en coche sea menos estresante
Ahí aparece una de las principales diferencias entre viajar como pasajero y hacerlo al volante. En transporte público se cede una parte importante de las decisiones. Si el metro permanece detenido entre estaciones o un tren se cancela, el margen de actuación puede ser mínimo. “En el transporte público hay menos capacidad de decisión, como elegir una ruta alternativa”, explica Jiménez. Esa falta de control puede resultar especialmente incómoda cuando las consecuencias del retraso son importantes.
El coche devuelve parte de ese control, pero cobra otros peajes. Elegimos cuándo salir, qué ruta tomar o dónde detenernos, pero aparecen el tráfico, la búsqueda de aparcamiento, el riesgo de accidente y una exigencia que desaparece al subir al metro: conducir requiere atención constante. Por eso, los psicólogos rechazan establecer una regla sencilla según la cual desplazarse en coche resulte necesariamente menos estresante.

De hecho, el transporte público posee una ventaja considerable: permite recuperar parcialmente ese tiempo. “Se tiene la posibilidad de desviar la atención, desconectar y hacer una actividad alternativa mientras uno se desplaza”, señala Jiménez. Leer, estudiar, escuchar música o ver un vídeo pueden transformar una parte del viaje en tiempo propio. “Cuando uno conduce su propio coche no puede abstraerse de la actividad de desplazarse”, añade.
Incluso el atasco puede vivirse de maneras distintas. Ibáñez cuenta que algunas personas que conocen bien las retenciones de su recorrido habitual dejan de luchar mentalmente contra ellas: salen contando con ese tiempo, llevan un café y escuchan un podcast o algún contenido que les interesa. El atasco continúa existiendo, pero cambia la respuesta ante él. Eso no significa, advierte, que haya que resignarse a unas malas condiciones de movilidad, sino evitar que aquello que no puede modificarse en ese momento multiplique además el desgaste psicológico.
En algunas personas, el agobio de los desplazamientos puede traducirse en irritabilidad, ansiedad o dificultades para dormir
El problema aparece especialmente cuando el mal viaje deja de ser excepcional y empieza a anticiparse cada mañana. Una sucesión de retrasos, aglomeraciones o trayectos incómodos puede generar pensamientos recurrentes y hacer que el trabajador salga de casa esperando ya que algo salga mal. “Va a ir acumulando tensión psicológica”, explica Ibáñez. En determinadas personas esa acumulación puede traducirse en irritabilidad, ansiedad o dificultades para dormir. Jiménez introduce, sin embargo, una cautela importante: las circunstancias externas importan, pero también lo hace la capacidad de cada persona para afrontarlas.

La masificación añade otra capa. Pasar cada mañana rodeado de desconocidos, con escaso espacio personal, ruido y temperaturas poco agradables puede ser especialmente difícil para determinadas personas. No existe, de nuevo, una respuesta universal: hay pasajeros a quienes la proximidad apenas incomoda y otros que la viven como una invasión constante, especialmente si ya sienten rechazo hacia los espacios muy concurridos.
Reducir el peaje mental del transporte no consiste únicamente en conseguir que los trenes sean más rápidos
Por eso, reducir el peaje mental del transporte no consiste únicamente en conseguir que los trenes sean más rápidos. Para Ibáñez importan también la frecuencia, regularidad, puntualidad, limpieza, seguridad, confort y un nivel razonable de ocupación. En el fondo, todas esas variables persiguen algo parecido: que desplazarse sea previsible. Saber cuánto se va a tardar, confiar en que el servicio llegará y no empezar cada jornada calculando cuánto margen adicional hay que dejar “por si acaso”.
Y un buen transporte público no tiene por qué plantearse como el enemigo del automóvil. Para los psicólogos, ambos medios tienen ventajas, inconvenientes y circunstancias en las que resultan útiles. El objetivo no sería decidir cuál provoca menos estrés en términos absolutos, sino conseguir que ir a trabajar deje de exigir cada mañana una pequeña negociación con la incertidumbre.
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