Lugares sobrevalorados: Times Square, la plaza más idealizada de Nueva York

“¿Cómo, es solo esto?”, el chasco es casi unánime cuando los viajeros llegan por primera vez a la plaza más famosa de la ciudad más famosa del mundo. Vale, sí, por muy primerizo que seas, ya sabes que no te vas a encontrar con algo tipo la plaza del Registán de Samarcanda o la Concorde de París, pero para la fama que tiene la neoyorquina Times Square… se te cae el mito al suelo.

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 Todo es muy visual, muy impactante, muy neoyorquino, pero a este masificado enclave turístico de Manhattan nunca le encontré la gracia más allá de vivir aquí una Nochevieja  

“¿Cómo, es solo esto?”, el chasco es casi unánime cuando los viajeros llegan por primera vez a la plaza más famosa de la ciudad más famosa del mundo. Vale, sí, por muy primerizo que seas, ya sabes que no te vas a encontrar con algo tipo la plaza del Registán de Samarcanda o la Concorde de París, pero para la fama que tiene la neoyorquina Times Square… se te cae el mito al suelo.

Más que una plaza, Times Square es una intersección. Un rectángulo donde se esponja un poco el agobio de las calles de Manhattan, todo lleno de pantallas gigantes, gente por todos lados y trampas para turistas por el que pasan a diario entre 350.000 y 400.000 personas, un alto porcentaje de las cuales están allí para sacarle los dólares a los incautos del resto del porcentaje. Todo es más falso que Judas y ridículamente caro, mucho más caro que en cualquier otro lugar de una ciudad que no es precisamente barata.

Se ve a multitud de personajes, desde King Kong a Spider-Man pasando por Minnie Mouse, Bob Esponja, la Estatua de la Libertad y el eterno Vaquero Desnudo, que se harán los encontradizos contigo para que te hagas una foto con ellos, pero luego te pedirán una propina que siempre les parecerá escasa y te acosarán para que la mejores. Verás plataformas giratorias para hacerte selfis, bicitaxis a precio de limusina y supuestos músicos indie que te regalan un CD con su supuesta música y luego te acorralan de forma agresiva entre varios compinches para que les pagues por él.

Todo es muy visual, muy impactante, muy neoyorquino, lo reconozco, pero, más allá de eso, nunca le encontré la gracia a Times Square. Las tiendas de cualquier cosa relacionada con el turista son más caras que en cualquier otro lugar de Nueva York y los restaurantes y quioscos callejeros de la plaza y aledaños, más caros y con peor servicio que cinco manzanas más allá porque saben que eres cliente de paso, que no vas a volver y que mañana tendrán otra nueva horda de turistas fascinados por el mito que pasarán por aquí a dejarse unos dólares pensando lo mismo que los del día anterior: “Vaya chasco”.

De todas formas, si viajas a Nueva York por primera vez, sé que vas a ir una noche, sí o sí, a Times Square y te harás un selfi allí. Ok, yo también lo hice… pero solo para corroborar que “una y no más, santo Tomás”. Aunque confieso que sí hay un momento del año en que Times Square es única e impactante es precisamente el más agobiante: en Nochevieja. El montaje de fuegos artificiales, toneladas de confeti, juegos de luces y gritos de alegría que acompañan la bajada de la famosa bola cubierta de cristales y luces LED —una tradición que empezó en 1907— es un espectáculo digno de un país que, si algo sabe hacer bien, es montar espectáculos.

Pero avisado queda quien intente acceder a la celebración: hay que armarse de valor y de paciencia y llevar una botella con tapón de rosca de gran tamaño. La entrada es gratuita y por riguroso orden de llegada. La gente empieza a hacer cola a… ¡las nueve de la mañana! Los controles de acceso por parte de la policía son rigurosísimos, la plaza se divide en corrales mediante vallas metálicas y, una vez que entras en uno… si sales, pierdes tu sitio. Y no hay venta de comida y, lo que es peor, baños públicos (por eso lo de la botella con boca grande). Vamos, la pesadilla de alguien como yo que odia las multitudes.

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