Que levanten la mano quienes hayan estado en Baqueira, Salardú o Artíes. ¡Hala, cuánta gente! Ese es el Naut Aran (el Alto Arán, en aranés), al que más de un millón de personas acuden en invierno a esquiar. Que la levanten ahora quienes hayan estado en Es Bòrdes o en Canejan. Ni la décima parte. Esta zona occidental del Valle de Arán, por la que corren el río Garona y la carretera N230 poco antes de entrar en Francia, no es tan famosa como la oriental, pero por eso mismo está rodeada de montañas silenciosas, virginales, sin remontes ni aparcamientos para 1.600 vehículos.
En la zona occidental de la comarca pirenaica esperan la Artiga de Lin y la Val de Toran. Cascadas, mariposas, pequeños pueblos y antiguos caminos para el contrabando que se disfrutan sin multitudes
Que levanten la mano quienes hayan estado en Baqueira, Salardú o Artíes. ¡Hala, cuánta gente! Ese es el Naut Aran (el Alto Arán, en aranés), al que más de un millón de personas acuden en invierno a esquiar. Que la levanten ahora quienes hayan estado en Es Bòrdes o en Canejan. Ni la décima parte. Esta zona occidental del Valle de Arán, por la que corren el río Garona y la carretera N230 poco antes de entrar en Francia, no es tan famosa como la oriental, pero por eso mismo está rodeada de montañas silenciosas, virginales, sin remontes ni aparcamientos para 1.600 vehículos.
Cuando la nieve se retira, aquí se ven flores, mariposas y cascadas. Hay dos senderos idóneos para explorarla: el que recorre el pasmoso valle de la Artiga de Lin, donde surgen a chorros las aguas del glaciar del Aneto después de circular casi cuatro kilómetros bajo tierra, y el camino del Contrabando, entre Canejan y Sant Joan de Toran, por el que los vecinos traficaban durante la posguerra con café y azúcar de la vecina Francia.
Los Ojos de Júpiter, del Diablo o del Judío
La Artiga de Lin es el paraje natural más espectacular de la comarca. En este valle glaciar hay dos lugares difíciles de creer: a 1.370 metros de altura, se encuentra la surgencia de los Uelhs deth Joèu (los Ojos de Júpiter, del Diablo o del Judío, que de las tres formas lo traducen), donde brotan 1.580 litros de agua por segundo —y hasta 10.000 en pleno deshielo—. Cien metros más arriba, a 1.470, está el Plan dera Artiga, una gran pradera alpina rodeada de hayedos, abetales y escarpadas montañas calizas a casi 3.000 metros de altura donde lindan el Valle de Arán y el de Benasque, Lleida y Huesca, Cataluña y Aragón.

A diferencia de lo que ocurre en la zona oriental del Valle de Arán, aquí no se puede aparcar a pie de pista porque no hay ninguna. Tampoco hay atascos porque los meses de mayor afluencia de visitantes en esta zona, los estivales, es obligatorio estacionar junto a la ermita dera Mair de Diu dera Artiga de Lin, tres kilómetros antes de llegar al final de la estrecha carretera que sube culebreando por el valle desde el pueblo de Es Bòrdes. Luego se puede continuar subiendo por el asfalto en un trenecito turístico o hacerlo a pie por el camino del Agua, que es una senda ribereña fácil y preciosa.
Siguiendo el camino, antes de una hora se verá la surgencia de los Uelhs deth Joèu. “¿De dónde sale tanta agua?“, se preguntan todos los que examinan por primera vez este nacedero torrencial, porque aunque su caudal medio se reduce en verano a 250 litros por segundo, sigue siendo mucha fuente. Pues resulta que sale del Aneto, el techo de los Pirineos, en la vecina Huesca. Y se sabe porque, en 1931, el espeleólogo francés Norbert Casteret vertió 60 kilos de colorante inocuo en el Forau d’Aigualluts —un sumidero kárstico del valle de Benasque donde las aguas recién fundidas del glaciar del Aneto desaparecen bajo tierra después de pegar un buen salto—, y comprobó que estas aparecían teñidas en los Uelhs. Así que estas aguas nacidas al sur de los Pirineos, en vez de ir al Ebro y al Mediterráneo, que sería lo lógico, corren cuatro kilómetros bajo las montañas para engrosar el río Garona y acabar en el Atlántico.

Flores mil, más de 150 mariposas y dos guías excelentes
Al pie de la cascada tumultuosa, hay una pasarela metálica que permite cruzar el río Joèu para seguir subiendo por el abetal de la margen contraria y acabar saliendo, tras dos horas de paseo, al Plan dera Artiga de Lin. Es un rellano glaciar bellísimo, presidido por la mole rocosa del Malh dera Artiga (2.711 metros) y alfombrado de prados llenos de flores —gencianas, astrancias, violetas de los Pirineos, geranios silvestres, consueldas mayores, malvas moscadas…— y mariposas de montaña: la apolo, la mnemosine, la colias alpina, la erebia oeme, la común, la dentada…
Para distinguir las más de 150 especies que viven en este Shangri-La de las mariposas, es sumamente útil la guía ilustrada que ha publicado el Conselh Generau d’Aran. Otra guía excelente para explorar la Artiga de Lin es Sara Arjó, bióloga que dirige la empresa de ecoturismo y educación ambiental Verd e Blu y que es la autora de Parpalhòles dera Val d’Aran, un juego didáctico de papiroflexia con 14 recortables de mariposas de siete especies, las más llamativas del lugar.

Todo es bonito en la Artiga de Lin, hasta el espléndido refugio donde Arjó se toma un refresco y algún tentempié con sus clientes, dejándolos disfrutar un rato largo de este paisaje embobador antes de acercarse al siguiente lugar destacado de la ruta: la cascada de Pomèro. En esta última, a solo 300 metros del refugio, les presenta la amapola amarilla (Papaver cambricum), una flor rara en España, pero muy abundante y estimada en las islas británicas, a tal punto que la usa como emblema Plaid Cymru, el partido nacionalista que ahora gobierna en Gales. Una microcentral eléctrica produce en este florido salto la energía de la que se abastece el refugio, que es grandecito, con habitaciones para 27 montañeros y un buen restaurante para cualquiera que pase.
Vista al Aneto desde el mirador de Vilamòs
Desde el refugio se baja cómodamente por la carretera asfaltada hasta la ermita donde se aparcó al principio. Como no se tarda mucho en completar la vuelta a pie (la ruta circular descrita, de algo menos de ocho kilómetros, lleva hacerla unas tres horas, cuatro con paradas contemplativas y de refresco), hay tiempo para acercarse en coche al mirador de Vilamòs, que está a solo siete kilómetros de la Artiga de Lin en línea recta, pero a 17 por una carretera loca (la LV5055) que sube desde El Pont d’Arròs trazando 16 revueltas. El mirador no está señalizado en la carretera, pero sí en Google Maps.

Desde aquí, con la ayuda del móvil y de la aplicación AR AlpineGuide (disponible en Google Play y en Apple Store), pueden identificarse las montañas que se alzan alrededor de la Artiga de Lin, arropando su formidable recuenco glaciar: la doble cima de la Forcanada, el Malh dera Artiga, la Tuca Blanca de Pomèro… Detrás de esta última cumbre asoman las nieves perpetuas y los riscos estratosféricos del macizo de la Maladeta, señoreados por el Aneto (3.404 metros).
Después de este atracón de montañas, apetece bajar a El Pont d’Arròs para darse otro de cocina aranesa en el restaurante del hotel Peña. Este es un cuatro estrellas cómodo y hogareño a más no poder, al que solo le falta aire acondicionado en las habitaciones para ser extraordinario. Pronto lo instalarán: el cambio climático obliga. Luego, un baño en la piscina climatizada y a la cama, que mañana hay que madrugar para explorar otra cara oculta de Arán, su rincón más desconocido y solitario: la Val de Toran.
Republicanos, judíos, maquis y contrabandistas
En Puntaut, poco antes de que el río Garona se cuele en Francia y de que la carretera N230 española se convierta en la N125 gala, se desvía a la derecha otra muy estrecha, sin eje central y sumamente virada que se adentra en la recóndita Val de Toran. Seis kilómetros y 38 curvas más arriba, se llega a Canejan, un pueblecito-balcón que domina desde su altura un inmenso panorama de las montañas donde España y Francia se besan.

En la Plaça dera Castra, la mayor y más cuidada, la del Ayuntamiento, de pavimento decorado con una gran cruz occitana —la enseña aranesa—, dos paneles informativos recuerdan que por Canejan pasaban a Francia no pocos republicanos que huían de la represión franquista tras la Guerra Civil y judíos que escapaban en dirección contraria, de la Europa ocupada por los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial. También recuerdan que esta fue la primera localidad atacada y tomada por los guerrilleros antifranquistas en octubre de 1944 durante la llamada Operación Reconquista de España, que pretendía deponer al dictador y restaurar la República. No dicen nada, en cambio, de los contrabandistas que trajinaban aquí en los años del hambre y del racionamiento, entre 1939 y 1952. Para decirlo, están los vecinos. No es que haya muchos en la Val de Toran (unos cien), pero casi todos están en Canejan. Una de ellas, Generosa Marqués, cuenta al que quiera oírla el caso de sus padres, Pedro y Palmira, que una vez al mes iban a la comuna gala de Fos y volvían cargados de café y azúcar, productos que escaseaban en el mercado regulado español y por los que sacaban un buen pico. Hasta que una noche los sorprendieron y pasaron las 15 siguientes entre rejas.
Difícil saber qué caminos usaban los contrabandistas para cruzar la raya. Como dice Generosa, “el tiempo, el del reloj y el atmosférico, los ha borrado”. Sin embargo, se conservan bien algunos de los que seguían para trapichear en este valle fronterizo, como el histórico que une Canejan, Porcingles y Sant Joan de Toran. Para andar por él solo hay que subir a lo más alto de Canejan y salir del pueblo siguiendo la calle Era Cau, que pronto se hace de tierra, asciende dejando a la derecha unas rústicas bordas y se vuelve prácticamente llana. Para más señas, hay indicadores de dirección y marcas de pintura blanca y roja a lo largo de todo el recorrido, pues coincide con el sendero GR-211. Y se puede consultar el mapa y descargar el track de la ruta en Wikiloc.
La soledad de Porcingles y Sant Joan de Toran
Tras una hora de paseo por este camino alto y horizontal, contemplando cómo desde una terraza el callejón sin salida montañoso de la Val de Toran, se entra en Porcingles, una aldea fantasma con solo dos casas temporalmente habitadas, calles impracticables y un lavadero cuyas aguas llevan tanto tiempo sin reflejar a un humano, que las mariposas (los sátiros del bosque y los ocelados, por citar dos especies que aquí se ven), se posan sobre las manos del recién llegado, sin saber qué es. Las ruinas de Porcingles son un recuerdo escalofriante de cuando a la Val de Toran llegó para quedarse una muchedumbre de 500 personas poseída por la fiebre del oro o, más bien, del zinc y del plomo, que eran lo que se sacaba de las minas de Liat, en la cabecera del valle, durante el siglo XIX y a principios del XX. Había incluso un teleférico de 13 kilómetros que transportaba todo lo extraído valle abajo, hasta el lavadero de mineral de Puntaut.
El camino, bastante llano hasta Porcingles, gana luego altura, cruza el barranco de Gotèrs y la pierde para llegar, al cumplirse dos horas de marcha, a Sant Joan de Toran. Tampoco es un lugar donde viva una multitud: solo tres personas. Pero junto a los prados que alguien se ha tomado la molestia de segar, hay una iglesia con macetas floridas a cada lado de la puerta y una docena larga de casas y bordas tradicionales de piedra en perfecto estado, en cuyos tejados de afilado caballete no falta una sola losa de pizarra: señal de que aquí viene a pasar cortas temporadas gente harta del mundanal ruido, que sabe lo que es bueno y que puede permitírselo. En este pueblo de postal se encuentra uno de los pocos negocios turísticos de la Val de Toran, el restaurante Estupendet, buen sitio para tomarse una ensaladilla rusa de verdad y una cerveza artesanal Refu. Este pulcro pueblecito rodeado de prados y montañas es lo más encantador del Valle de Arán, con permiso de la Artiga de Lin.
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