Lindsay Clancy recibe muestras de solidaridad: “Hay que entender qué la empujó a matar a sus hijos. No puede volver a ocurrir”

Jeanne, Marta, Rebeca y Ariana. Son cuatro mujeres de cuatro generaciones, con distintas formas de ver la vida, procedentes de distintas partes de Estados Unidos. Pero todas tienen algo en común: que la historia de Lindsay Clancy, la enfermera que el 24 de enero de 2023 estranguló a sus tres hijos y que luego se intentó suicidar, las ha roto por dentro. Quieren mostrar su solidaridad con una mujer que, aseguran, además de asesina, fue víctima de un sistema médico que no supo cómo tratarla. Por todo ello piden que el jurado declare que no es responsable de la tragedia y que, en lugar de pasar el resto de su vida en la cárcel, ingrese en un psiquiátrico donde pueda recuperarse.

Seguir leyendo

 Las integrantes del movimiento de camisetas rosas, que se ha manifestado en el juicio en Massachusetts, denuncian la falta de soluciones que la madre recibió de los médicos pese a su muy precaria salud mental  

Jeanne, Marta, Rebeca y Ariana. Son cuatro mujeres de cuatro generaciones, con distintas formas de ver la vida, procedentes de distintas partes de Estados Unidos. Pero todas tienen algo en común: que la historia de Lindsay Clancy, la enfermera que el 24 de enero de 2023 estranguló a sus tres hijos y que luego se intentó suicidar, las ha roto por dentro. Quieren mostrar su solidaridad con una mujer que, aseguran, además de asesina, fue víctima de un sistema médico que no supo cómo tratarla. Por todo ello piden que el jurado declare que no es responsable de la tragedia y que, en lugar de pasar el resto de su vida en la cárcel, ingrese en un psiquiátrico donde pueda recuperarse.

Jeanne Diachun trabajó durante 35 años como enfermera en Plymouth. Cuando oyó hablar del caso Clancy por primera vez, le horrorizó que una mujer con tres hijos —ella tiene dos—, enfermera como ella y de su mismo Estado, cometiera esa barbaridad. “Al principio pensé, como es normal, que hizo algo horrible. No puedo ni imaginar que alguien haga algo así. Pero cuanto más me informaba del caso, más veía que había buscado ayuda por todas partes. Y que nadie supo cómo responder”, asegura esta mujer de 81 años, presente el martes en la sala donde esta semana se celebran los últimos días del juicio. La defensa y la acusación pronunciaron el jueves sus alegatos finales. A partir de ahora, ya solo queda que el jurado decida si condena o absuelve a la acusada.

Hay algo en la historia de Clancy que a Diachun le hizo pensar en su familia. “Recordé el día en el que, cuando mis hermanas y yo éramos pequeñas, mi madre empezó a gritar por la ventana. Yo tenía solo 4 años. No sé qué le pasó exactamente, pero se la llevaron y estuvo ingresada en un hospital tres meses. Este caso me ha hecho revivir mi propia historia”, asegura poco antes de que comience la vista. “Todo esto es algo trágico. No hay ningún ganador aquí”, responde a los que tratan de sacar provecho de este drama.

Ariana Anthony nació 65 años después que Diachun. El abismo generacional entre ambas no impide que tengan una visión bastante parecida del caso. Esta estudiante de 16 años se manifiesta en solitario ante el Tribunal Superior de Plymouth vestida de rosa con un cartel en el que pide justicia para Cora, Dawson y Callan, los tres niños estrangulados por su madre con cintas elásticas en el sótano de su casa en Duxbury, a 15 minutos en coche de aquí.

Estos días no se han repetido las imágenes de decenas o incluso centenares de mujeres vestidas de rosa en apoyo de Clancy que han circulado por los teléfonos móviles de medio mundo, en muchos casos con graves descalificaciones. Anthony es consciente de estas críticas: “A mí también me han insultado, me han llamado payasa, pero me da igual. Yo estoy aquí porque creo que todos debemos extraer una lección de todo esto. Y que algo así no puede volver a pasar”.

Expertos sanitarios han mostrado estos días su esperanza de que esta tragedia sirva al menos para abordar las deficiencias en el abordaje de los problemas de salud mental. Términos como psicosis y depresión posparto han pasado de ser temas casi tabú a ocupar titulares en artículos de prensa y programas de televisión.

La oleada de solidaridad femenina ha despertado las críticas de muchas personas que consideran que están glorificando a una asesina. Los comentarios en redes sociales van desde opiniones mesuradas en las que se pone en duda que Clancy no supiera lo que estaba haciendo, hasta los que dicen que las mujeres de rosa apoyan directamente el asesinato de niños o incluso los que han llegado a vincular directamente el horror que vivió esta familia con la práctica del aborto.

Uno de los que han levantado la voz es el conocido periodista deportivo y presentador de programas de radio Gerry Callahan, que el pasado viernes dedicó su comentario a lo que llamó “una extraña fascinación” por la mujer que mató a sus hijos. “Cuando la absuelvan, cuando la condenen a un par de años en un hospital psiquiátrico, se volverán locas. Será como si los Patriots hubieran ganado la Super Bowl. Celebrarán. Se abrazarán. Estallarán de alegría. Y verlo será verdaderamente repugnante, verdaderamente asqueroso”, aseguró.

Anthony responde que muchas de estas críticas están olvidando lo que oculta realmente esta tragedia, más allá de lo que ella llama el “quién hizo qué”. “Obviamente, nadie apoya que matara a sus hijos. Pero sí es importante entender de dónde vino todo eso, de no ser escuchada por los médicos y de volverse loca por ello. Y también creo que debe recibir ayuda. Que no debe estar encerrada en una celda, sino donde puedan cuidar de ella”. Y concluye con el mensaje que considera más importante, el que todos los estadounidenses deberían extraer: que la sanidad de su país no es tan buena como les dicen las autoridades. “Ella intentó obtener ayuda y se la negaron”, añade como alegato final.

A la salida del juzgado, el abogado Kevin Reddington, al que este juicio está convirtiendo en una celebridad en televisiones y redes sociales, trata de avanzar hacia su coche entre el enjambre de cámaras que le rodean. A punto de llegar a su vehículo, da su opinión sobre el movimiento de las camisetas rosas: “Muchas mujeres, y creo que también muchos hombres, respaldan a Lindsay. Y no apoyan ninguna actividad criminal, sino a ella como persona, sabiendo por lo que pasó. La Lindsay Clancy del 24 de enero de 2023 no es la Lindsay Clancy que está hoy sentada en esta sala del tribunal”.

Al lado de mujeres como Jeanne Diachun, de 81 años, y de Ariana Anthony, de 16, hay otras de mediana edad, y con hijos ya criados. Como Rebeca Olszewski, que ha viajado desde Cleveland, a más de 1.000 kilómetros, porque sentía que debía estar aquí. Tiene 42 años y tres hijos. Vino para ver cómo funciona el sistema judicial y se ha encontrado con una sorpresa mucho más grande: “Mucha gente la ve y piensa simplemente que es un monstruo que mató a sus hijos. Pero viéndola estos días en el juicio, me he dado cuenta de que eso está muy lejos de la realidad. Basta estar aquí para ver que vive su propio infierno personal”.

Marta Quijano, de 55 años, nació en Puerto Rico, pero lleva media vida en Massachusetts. Confiesa que ha venido porque hay algo que la ha removido desde el punto de vista personal: ella también sufrió una depresión posparto que requirió tratamiento médico.

Pero no todo el mundo que se ha acercado estos días a este tribunal lo hace para mostrar su solidaridad con la mujer que estos días acapara toda la atención en Estados Unidos. También están los apasionados de los crímenes más truculentos, que se recorren el país de norte a sur a la búsqueda del siguiente true crime. Como Shane Bloyer y su esposa, que han venido desde el Estado de Maryland para escuchar a los testigos de la defensa y de la Fiscalía. “Es nuestro hobby”, asegura él. Tienen un largo historial. Ya han asistido a juicios de otros casos que han conmovido al país, como los de Alex Murdaugh, que inspiró una serie de televisión, o el asesinato de Dan Markel. “Ese sí que estaba realmente mal. A su lado, Clancy casi parece una persona normal”, asegura Bloyer en la cola antes de entrar en la vista. Una broma extraña en medio de tanta solemnidad.

 Sociedad en EL PAÍS

Te Puede Interesar