El público aficionado a la clásica haría bien en no dar por sentada la habitual presencia de Elisabeth Leonskaja en escenarios catalanes. No porque vaya a desaparecer –solo tiene 80 años–, sino porque a estas alturas las carreras pueden seguir derroteros imprevisibles. Esta virtuosa de las emociones que sigue renovando sus votos con el Mediterráneo, ya sea por medio de la Schubertíada de Vilabertran, las temporadas barcelonesas o el Festival de Torroella, donde debutó en el 2013, regresaba ayer a esta última plaza arropada por la English Chamber Orchestra, una formación que llevaba décadas desaparecida a este lado de los Pirineos y que es un claro ejemplo de sonido inglés: brillante pero con contención emocional. No obstante, la dirigía la maestra polaca Marzena Diakun, que insufló temperamento a la par que cuadrada precisión.
El público de Torroella aplaude a la pianista georgiana en un Mozart que marca el regreso de la English Chamber Orchestra
El público aficionado a la clásica haría bien en no dar por sentada la habitual presencia de Elisabeth Leonskaja en escenarios catalanes. No porque vaya a desaparecer –solo tiene 80 años–, sino porque a estas alturas las carreras pueden seguir derroteros imprevisibles. Esta virtuosa de las emociones que sigue renovando sus votos con el Mediterráneo, ya sea por medio de la Schubertíada de Vilabertran, las temporadas barcelonesas o el Festival de Torroella, donde debutó en el 2013, regresaba ayer a esta última plaza arropada por la English Chamber Orchestra, una formación que llevaba décadas desaparecida a este lado de los Pirineos y que es un claro ejemplo de sonido inglés: brillante pero con contención emocional. No obstante, la dirigía la maestra polaca Marzena Diakun, que insufló temperamento a la par que cuadrada precisión.
Leonskaja, por su parte, aportaría su vis cálida y humana y su riqueza expresiva a un programa de puro clasicismo vienés, como el que servía la English Chamber: Haydn, Mozart y Schubert. Los dos primeros habían vivido y creado en la ciudad, mientras que el último había nacido en ella, en la época del Sacro Imperio Romano Germánico.
Desaparecida de los escenarios catalanes, la formación inglesa se empleó a fondo con obras del clasicismo
Abrió la velada en el Espai Ter la llamada Sinfonía fúnebre , de Haydn, con sus síncopas, dinámicas cambiantes, silencios retóricos y un adagio que aspiraba a una elevada emoción expresiva que quizá no llegó a acontecer. Luego apareció el piano: un Steinway de la casa Jorquera para la dama georgiana. Esa artista que se educó con Jacob Milstein en Moscú y formó dúo con Sviatoslav Richter, antes de abandonar la Unión Soviética en 1978, cuando el antisemitismo de Estado se hizo sentir después de la guerra de los Seis Días. “A los judíos no nos dejaban dar conciertos”, recordó la pianista en una entrevista concedida a este diario hace unos años.
Viena se convirtió en su nuevo hogar. Y los compositores vieneses, en su refugio de belleza. Con la English Chamber se entregó al Concierto n.º 12 , de Mozart, del que el propio Wolfgang decía que no era ni demasiado ligero ni demasiado pesado, de sonido agradable sin ser insípido. Una pieza serena y lírica a la que Leonskaja –cuyo último álbum solista está dedicado a la Segunda Escuela de Viena– se encargó de sacar brillo mozartiano. Su discurso musical, bello, apasionado y de gran energía rítmica, se vio truncado en un lapsus de memoria, en la preparación de la cadencia, que logró salvar improvisando a su manera.
“Tienes que ser capaz de amar, de lo contrario no puedes tocar. El mensaje que llega a la gente es al final un mensaje humano”, ha dicho también esta solista, que estilísticamente tiene, para algunos, una sensibilidad ajena a la pianística rusa. Ya lo venía demostrando en sus Schubert, su especialidad junto con Chopin, un repertorio que nadie resuelve como los músicos formados en la escuela centroeuropea y vienesa.
Sin embargo, el Impromptu número 2 , de Schubert, que ofreció como bis no estuvo a la altura de ella misma, ni por sonido ni por equilibrio, a pesar de lo cual, el público fue generoso en aplausos.
Torroella ha gozado en una misma semana de dos profundidades interpretativas distintas procedentes de la pianística rusa de Moscú: la de Daniil Trifonov, cuyo Brahms pasará a los anales del festival, y la de la experimentada Leonskaja, que, aun con gran corazón, no llegó a su cenit.
En la segunda parte del concierto, la orquesta británica, que, como tantas otras en su situación, trata de reconectar con los agentes musicales internacionales tras los estragos del Brexit, hizo gala de su marca justamente con Schubert: una Quinta sinfonía con la que el joven compositor vienés quería liberarse de la influencia trágica beethoveniana y recuperar la ligereza de sus referentes, Haydn y Mozart. Una fiesta total de los sentidos con tempos marciales dictados por la maestra.
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