David Hume y el barquero del Hades

Hoy hace 250 años murió en Edimburgo, a los 65, el filósofo David Hume. Tenía un cáncer incurable, la muerte no le cogió por sorpresa y, mientras la esperaba, había procurado pasar epicureamente el rato hablando con sus amigos. Un par de semanas antes, le había ido a ver el economista y también filósofo Adam Smith, que no tardó en escribir a su amigo común Alexander Wedderburn para contarle la visita. Según la carta, Hume, que conservaba el sentido del humor, acabó evocando un episodio de los Diálogos con los muertos de Luciano de Samosata, uno de sus escritores preferidos, en el que un personaje intenta aplazar su último viaje dando excusas baratas a Caronte, para comentar que él, que ya había hecho todo lo que se había propuesto, quizás podría mirar de embaucar al barquero del Hades diciéndole: “Gentil Caronte, he tratado de abrir los ojos de la gente. Tened un poco de paciencia hasta que tenga el placer de ver las iglesias bien cerradas y los clérigos desocupados”. Pero el ruego, habría añadido Hume, seria en vano, porque el impecable transportista de las almas le respondería con razón que no le hiciera perder el tiempo, que esto no pasaría ni en dos siglos.

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 Hoy hace 250 años murió en Edimburgo, a los 65, el filósofo David Hume. Tenía un cáncer incurable, la muerte no le cogió por sorpresa y, mientras la esperaba, había procurado pasar epicureamente el rato hablando con sus amigos. Un par de semanas antes, le había ido a ver el economista y también filósofo Adam Smith, que no tardó en escribir a su amigo común Alexander Wedderburn para contarle la visita. Según la carta, Hume, que conservaba el sentido del humor, acabó evocando un episodio de los Diálogos con los muertos de Luciano de Samosata, uno de sus escritores preferidos, en el que un personaje intenta aplazar su último viaje dando excusas baratas a Caronte, para comentar que él, que ya había hecho todo lo que se había propuesto, quizás podría mirar de embaucar al barquero del Hades diciéndole: “Gentil Caronte, he tratado de abrir los ojos de la gente. Tened un poco de paciencia hasta que tenga el placer de ver las iglesias bien cerradas y los clérigos desocupados”. Pero el ruego, habría añadido Hume, seria en vano, porque el impecable transportista de las almas le respondería con razón que no le hiciera perder el tiempo, que esto no pasaría ni en dos siglos.Seguir leyendo…  

Hoy hace 250 años murió en Edimburgo, a los 65, el filósofo David Hume. Tenía un cáncer incurable, la muerte no le cogió por sorpresa y, mientras la esperaba, había procurado pasar epicureamente el rato hablando con sus amigos. Un par de semanas antes, le había ido a ver el economista y también filósofo Adam Smith, que no tardó en escribir a su amigo común Alexander Wedderburn para contarle la visita. Según la carta, Hume, que conservaba el sentido del humor, acabó evocando un episodio de los Diálogos con los muertos de Luciano de Samosata, uno de sus escritores preferidos, en el que un personaje intenta aplazar su último viaje dando excusas baratas a Caronte, para comentar que él, que ya había hecho todo lo que se había propuesto, quizás podría mirar de embaucar al barquero del Hades diciéndole: “Gentil Caronte, he tratado de abrir los ojos de la gente. Tened un poco de paciencia hasta que tenga el placer de ver las iglesias bien cerradas y los clérigos desocupados”. Pero el ruego, habría añadido Hume, seria en vano, porque el impecable transportista de las almas le respondería con razón que no le hiciera perder el tiempo, que esto no pasaría ni en dos siglos.

El esquema escolar suele empaquetarlo como un pensador que, con su escepticismo radical, llevó a las últimas consecuencias el empirismo de Locke y Berkeley y como el epistemólogo que, con su tratamiento de la causalidad, despertó Kant de su “sueño dogmático”. Pero, como se entrevé en la anécdota lucianesca relatada por Smith, Hume era fundamentalmente un ilustrado y la crítica de la religión atraviesa, como una pasión predominante y un motivo unificador, toda su obra, que puede ser interpretada como un intento de reformular los fundamentos filosóficos de la moralidad y la política desvinculándolos de consideraciones religiosas.

Hume era un ilustrado que quería ver las iglesias bien cerradas y los clérigos desocupados

Desde esta perspectiva, la historia de su influencia póstuma ofrece facetas peculiares. Edmund Burke, ahora tan venerado por los na­cionalconservadores, y los románticos contrailustrados alemanes, con Hamman y Jacobi al frente, ya pensaron que podían usar a la carta sus argumentos escépticos como un arma robada del enemigo pero útil para combatirlo. No fue precisamente hasta pasados dos siglos de su muerte que Hume empezó a ser reivindicado, en una operación comparada con la del caballo de Troya, con los conservadores haciendo el papel de troyanos, como “el verdadero padre fundador intelectual de la tradición conservadora moderna”. Hoy resulta habitual ver el pensador a quien le habría gustado vaciar las iglesias reivindicado como uno de los suyos por conservadores que sueñan con volverlas a llenar. El espectáculo tiene un punto cómico. Pero ejemplifica el éxito de una estrategia antiilustrada de larga duración, la que combate una Ilustración falsamente identificada con una tiranía de la razón abstracta que nació en la imaginación de quienes querían acabar con su herencia.

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