La curiosa historia de Servei Estació: de ser la primera gasolinera de Barcelona a convertirse en el templo del bricolaje

Hoy es uno de los comercios más singulares y conocidos de Barcelona, un lugar donde se puede comprar desde un tornillo hasta una plancha de metacrilato pasando por una hormigonera. Sin embargo, muy pocos barceloneses recuerdan que el actual Servei Estació nació hace más de un siglo como la primera gasolinera permanente de Barcelona; un establecimiento revolucionario que introdujo en la ciudad un concepto importado directamente de Estados Unidos.

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 Todo comenzó en 1924, cuando José Manzanares Baró y Luis Marimón Carbonell decidieron importar un nuevo concepto de Estados Unidos: una instalación donde el conductor pudiera hacer mucho más que repostar combustible  

Hoy es uno de los comercios más singulares y conocidos de Barcelona, un lugar donde se puede comprar desde un tornillo hasta una plancha de metacrilato pasando por una hormigonera. Sin embargo, muy pocos barceloneses recuerdan que el actual Servei Estació nació hace más de un siglo como la primera gasolinera permanente de Barcelona; un establecimiento revolucionario que introdujo en la ciudad un concepto importado directamente de Estados Unidos.

Mucho antes de que las estaciones de servicio se convirtieran en un elemento habitual del paisaje urbano, aquel edificio de la calle Aragó representó el futuro del automóvil y una nueva forma de entender la atención al conductor.

Barcelona descubre el servicio al automóvil

En la década de 1920, Barcelona experimentaba un rápido crecimiento económico e industrial. El número de automóviles aumentaba año tras año y la ciudad comenzaba a adaptarse a un medio de transporte que estaba claro que iba a transformar para siempre la movilidad urbana.

Imagen de 1930 de las instalaciones de Service Station, en Barcelona
Imagen de 1930 de las instalaciones de Service Station, en BarcelonaCedida

Hasta entonces repostar combustible era una operación bastante rudimentaria. La gasolina podía adquirirse en talleres mecánicos, garajes o incluso establecimientos comerciales dedicados a otras actividades que almacenaban bidones y vendían gasolina a granel como fórmula para obtener unos ingresos complementarios. No existían instalaciones específicamente diseñadas para atender al conductor.

El concepto moderno de “estación de servicio” no existía. Fue entonces cuando dos emprendedores, José Manzanares Baró y el abogado Luis Marimón Carbonell, decidieron importar una idea que triunfaba en Estados Unidos: una instalación donde el conductor pudiera encontrar un servicio relacionado con el automóvil que fuera mucho más allá del mero repostaje de combustible.

Así nació, en 1924, Service Station situada en el número 270-272 de la calle Aragó, en un emplazamiento tan estratégico como el tramo situado entre el paseo de Gràcia y la Rambla de Catalunya.

La primera gasolinera “a la americana”

El propio nombre del establecimiento ya dejaba claras sus intenciones: en lugar de utilizar una denominación en castellano o catalán, sus fundadores optaron por el inglés Service Station, evocando las modernas estaciones estadounidenses en un momento en que los EE.UU. se consideraban la meca de la modernidad técnica.

Interior de Service Station en el año 1950
Interior de Service Station en el año 1950Cedida

La diferencia respecto a los surtidores tradicionales era enorme. El cliente no llegaba únicamente para llenar el depósito. Mientras tomaba un café o descansaba unos minutos, los empleados repostaban el vehículo, limpiaban los cristales, comprobaban la presión de los neumáticos, revisaban niveles e incluso realizaban pequeñas operaciones de mantenimiento. Un servicio integral que hoy parece habitual, pero que en la Barcelona de los años veinte resultaba absolutamente innovador.

Un auténtico “palacio del automóvil”

Mezclando el inglés con el francés -Barcelona y todavía más en los años 20 siempre ha sido una ciudad que ha mirado especialmente al otro lado de los Pirineos- la publicidad de la época definía el establecimiento como Le Palais Automobile, un nombre que pretendía transmitir cierta elegancia y exclusividad. Repostar en la calle Aragó y no en cualquiera de las gasolineras de barrio era un símbolo de estatus.

Porque más que una gasolinera, el edificio era un auténtico centro dedicado al automóvil. Además de los surtidores disponía de taller de reparaciones, venta de accesorios y zonas destinadas al mantenimiento rápido de los vehículos. Era una propuesta pionera inspirada en el modelo norteamericano de centrar la atención en el cliente y no en la máquina, cuando en gran parte Europa la mayoría de establecimientos seguían limitándose al simple suministro de combustible.

Un guardia urbano controla el tráfico en Barcelona  y el buen funcionamiento del primer semáforo de Barcelona, en 1929 
Un guardia urbano controla el tráfico en Barcelona  y el buen funcionamiento del primer semáforo de Barcelona, en 1929 Terceros

El concepto de atención integral al conductor que proponía -limpieza de cristales, revisión rápida del vehículo o inflado de neumáticos- llegó a Barcelona décadas antes de convertirse en un estándar internacional.

De la gasolina al bricolaje

El conductor barcelonés se mostró encantado desde el principio con la idea. Primero por algo de snobismo y más tarde porque quedó claro que la fórmula funcionaba. De hecho el “Service Station” ya fue un exitazo en su primer año de funcionamiento y en 1930 quedó constituida formalmente la sociedad que daría origen al actual Servei Estació con la idea de expandir el modelo a otras partes del país.

La historia del establecimiento dio un giro inesperado tras la Guerra Civil. Las dificultades económicas y la evolución del mercado obligaron a reinventar el negocio. Poco a poco la venta de combustible fue perdiendo protagonismo y comenzaron a incorporarse nuevos productos relacionados primero con recambios y utillería del automóvil y después con la construcción, la industria y artículos para el hogar.

Tras la Guerra Civil, las dificultades económicas y la evolución del mercado obligaron a reinventar el negocio

La llegada del nylon y los plásticos durante la década de 1950 impulsó definitivamente la transformación del establecimiento, que pasó de ser una estación de servicio a convertirse en un enorme almacén especializado que hoy conocen generaciones de barceloneses.

Imagen actual del edificio Servei Estació
Imagen actual del edificio Servei EstacióCedida

Incluso el cambio de nombre refleja la historia del país. El original Service Station, en inglés, pasó a denominarse Servicio Estación durante el franquismo y, con la recuperación de la democracia y la normalización del catalán, adoptó su actual identidad de Servei Estació.

Un referente de la ciudad

Fue una de las primeras empresas de la ciudad en adoptar un nombre comercial en inglés, algo muy poco habitual en la España de los años veinte. El edificio actual sigue ocupando prácticamente el mismo emplazamiento que hace más de un siglo, aunque completamente transformado en su interior. Si el primer semáforo instalado en 1929 simbolizó el comienzo de una nueva forma de regular el tráfico, la apertura del Service Station cinco años antes representó el nacimiento de una cultura del automóvil que apenas comenzaba a desarrollarse.

Fue una de las primeras empresas de la ciudad en adoptar un nombre comercial en inglés, algo muy poco habitual en la España de los años veinte

Barcelona aspiraba a situarse al nivel de las grandes capitales europeas y la llegada del coche exigía nuevas infraestructuras, mejores carreteras, talleres especializados y estaciones de servicio capaces de atender a unos vehículos que paulatinamente fueron dejando de ser un lujo para convertirse en parte de la vida cotidiana.

Más de cien años después, el edificio de la calle Aragó sigue siendo un referente para generaciones de barceloneses. Ya no se escuchan motores esperando junto a los surtidores ni empleados limpiando parabrisas mientras los clientes toman un café. Sin embargo, entre sus estanterías todavía pervive el espíritu emprendedor de aquella primera gasolinera de Barcelona, un establecimiento que supo adelantarse a su tiempo y que, sin pretenderlo, acabó convirtiéndose en uno de los comercios más emblemáticos de la ciudad.

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