Hace setenta años, cuando los señores Wouters construyeron la casa de la urbanización Les Figueres, que en aquella época era una madeja de carreteras entre solares vacíos y alguna que otra viña, quisieron que fuera de piedra vista, con un cercado de piedra y que el jardín conservara las antiguas paredes de piedra seca. El maestro de obras intentó convencerles para levantarla de ladrillo y pintarla de blanco, con puertas y ventanas azul marino, como corresponde a un pueblo de la costa, aunque la casa de los señores Wouters estaba del lado de montaña. El señor Jan Wouters, un abogado de Amberes que conducía un Citroën DS, colocó, en medio de la fachada, un brazo de hierro y colgó de él una campana. Cada año, cuando llegaban en agosto, aparcaban el Citroën y, antes de entrar las maletas, tocaba la campana: habían llegado. A los niños les encantaba, y pedían al padre que los levantara por la cintura para poder alcanzar la cadena. “Ya están aquí los belgas” –decían los vecinos de la urbanización que les espiaban de lejos–. Los primeros años tocaban la campana a cada momento. Cuando regresaban de la playa era lo primero que hacían. Si almorzaban fuera: la campana. Jules, Léon y Marie se peleaban para ver quién la tocaba primero. El señor Wouters los levantaba a uno tras otro y repicaban con delicadeza, para no molestar. En la urbanización llegaron a haber tantos belgas que en la entrada, en un parterre, colocaron una reproducción del Manneken Pis. En lugar de Les Figueres los habitantes del pueblo la llamaban Fabiola .
Hace setenta años, cuando los señores Wouters construyeron la casa de la urbanización Les Figueres, que en aquella época era una madeja de carreteras entre solares vacíos y alguna que otra viña, quisieron que fuera de piedra vista, con un cercado de piedra y que el jardín conservara las antiguas paredes de piedra seca. El maestro de obras intentó convencerles para levantarla de ladrillo y pintarla de blanco, con puertas y ventanas azul marino, como corresponde a un pueblo de la costa, aunque la casa de los señores Wouters estaba del lado de montaña. El señor Jan Wouters, un abogado de Amberes que conducía un Citroën DS, colocó, en medio de la fachada, un brazo de hierro y colgó de él una campana. Cada año, cuando llegaban en agosto, aparcaban el Citroën y, antes de entrar las maletas, tocaba la campana: habían llegado. A los niños les encantaba, y pedían al padre que los levantara por la cintura para poder alcanzar la cadena. “Ya están aquí los belgas” –decían los vecinos de la urbanización que les espiaban de lejos–. Los primeros años tocaban la campana a cada momento. Cuando regresaban de la playa era lo primero que hacían. Si almorzaban fuera: la campana. Jules, Léon y Marie se peleaban para ver quién la tocaba primero. El señor Wouters los levantaba a uno tras otro y repicaban con delicadeza, para no molestar. En la urbanización llegaron a haber tantos belgas que en la entrada, en un parterre, colocaron una reproducción del Manneken Pis. En lugar de Les Figueres los habitantes del pueblo la llamaban Fabiola .Seguir leyendo…
Hace setenta años, cuando los señores Wouters construyeron la casa de la urbanización Les Figueres, que en aquella época era una madeja de carreteras entre solares vacíos y alguna que otra viña, quisieron que fuera de piedra vista, con un cercado de piedra y que el jardín conservara las antiguas paredes de piedra seca. El maestro de obras intentó convencerles para levantarla de ladrillo y pintarla de blanco, con puertas y ventanas azul marino, como corresponde a un pueblo de la costa, aunque la casa de los señores Wouters estaba del lado de montaña. El señor Jan Wouters, un abogado de Amberes que conducía un Citroën DS, colocó, en medio de la fachada, un brazo de hierro y colgó de él una campana. Cada año, cuando llegaban en agosto, aparcaban el Citroën y, antes de entrar las maletas, tocaba la campana: habían llegado. A los niños les encantaba, y pedían al padre que los levantara por la cintura para poder alcanzar la cadena. “Ya están aquí los belgas” –decían los vecinos de la urbanización que les espiaban de lejos–. Los primeros años tocaban la campana a cada momento. Cuando regresaban de la playa era lo primero que hacían. Si almorzaban fuera: la campana. Jules, Léon y Marie se peleaban para ver quién la tocaba primero. El señor Wouters los levantaba a uno tras otro y repicaban con delicadeza, para no molestar. En la urbanización llegaron a haber tantos belgas que en la entrada, en un parterre, colocaron una reproducción del Manneken Pis. En lugar de Les Figueres los habitantes del pueblo la llamaban Fabiola .
Marie fue la primera que un año, cuando acaban de llegar y el padre repicó la campana dijo: “Papaaaa”. El abogado Jan Wouters quedó un momento paralizado, pero inmediatamente siguió con el ritual. Aquel verano, cada vez que el padre tocaba la campana –al regresar de la playa o de almorzar en el restaurante– tenía que oír a Marie: “Ya estamos”. Los hermanos mayores, que eran más críos y todavía se divertían con la campana, refunfuñaban con poca convicción. Pero al año siguiente, cuando llegaron con el Citroën CX y el señor Wouters se disponía a repicar, antes de tocar la cadena, los tres hijos gritaron: “¡Papa!”. La madre, la señora Fleur Wouters –de soltera Goosens–, cumplía años en pleno agosto. El señor Wouters suplicaba a los hijos: “Hoy podríamos tocarla”. Un día, agraviado, se desentendió del tema. Marie dejó de venir porque se fue a Londres con un novio, Jules y Léon aguantaron dos o tres veranos silenciosos, hasta que empezaron a organizarse las vacaciones por su cuenta.
‘Ozú –le dice la farola a la campana–, paresía que lo de los belgas esos iba a ser pa siempre’
Frente a la casa se levanta la farola de uno de los solares que quedaron por construir, con la tapa que, desclavada por el viento o de una pedrada, parece un sombrero cordobés. “Ozú –le dice la farola a la campana–, paresía que lo de los belgas esos iba a ser pa siempre”. Bienvenidos al otoño.
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