La inteligencia estadounidense contempla desde ciberataques y operaciones encubiertas hasta una incursión limitada contra un aliado antes de 2029 para poner a prueba la cohesión occidental Leer La inteligencia estadounidense contempla desde ciberataques y operaciones encubiertas hasta una incursión limitada contra un aliado antes de 2029 para poner a prueba la cohesión occidental Leer
El frente ruso apenas avanza y está consumiendo la superioridad demográfica de Rusia, cuya economía ha perdido la coraza de 2023 y acusa el golpe de las sanciones. Los ataques en profundidad de los drones ucranianos, que pronto podrían ser peores con misiles balísticos, han arruinado la idea de «guerra invisible para los rusos» que Putin concibió en 2022. Para dar la vuelta a un escenario, Putin podría desafiar a la OTAN con un ataque limitado contra un aliado en los próximos años, según informes de inteligencia estadounidenses. Los escenarios incluyen ciberataques o incursiones terrestres a pequeña escala en Europa. El objetivo de Putin al atacar a la OTAN durante una guerra en curso con Ucrania sería fracturar la alianza y forzar una solución a esa nueva brecha europea que incluiría un abandono total o parcial de Ucrania ante las pretensiones rusas.
Hasta ahora Moscú ha comprobado que Europa ha estado dispuesta a exponer su economía a los efectos —pérdida de gas ruso barato, efectos negativos de la imposición de sanciones, aumento del gasto en defensa sacrificando otras partidas— de la unidad con Ucrania. La siguiente prueba de fuego es si está dispuesta a exponer la paz a la que la población europea está acostumbrada para auxiliar a determinados aliados de la OTAN.
La paradoja que vive Europa es que aunque afortunadamente el escenario de una posible victoria de Putin en Ucrania se aleja en el tiempo, el escenario para una escalada rusa en algún punto del continente es más propicio para Moscú año a año: Estados Unidos ha reducido drásticamente sus reservas de estas armas debido al conflicto con Irán, en la Casa Blanca hay un presidente mucho menos dispuesto a luchar contra Rusia que cuando empezó la invasión y las elecciones de los próximos meses en Francia y Alemania pueden colocar en el poder a políticos contrarios a una unidad de acción ante Rusia.
El viaje a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe, ha añadido otro elemento de preocupación a ese cuadro. Su misión continúa ha sido explicada de manera contradictoria y fue la primera visita conocida de un jefe de la inteligencia estadounidense a la capital rusa desde la que realizó William Burns en aquel crítico noviembre de 2021, tres meses antes de la invasión en Ucrania. El viaje de esta semana muestra que Washington consideró necesario activar al máximo nivel uno de los canales reservados para transmitir mensajes estratégicos en momentos de peligro. Trump ha negado que el motivo fundamental fuera advertir a Rusia contra un ataque a la OTAN y lo ha calificado de encuentro «semirutinario». Medios como Reuters, sin embargo, confirma mediante fuentes que Ratcliffe sí planteó la preocupación por posibles operaciones rusas contra la Alianza.
Estados Unidos había estimado previamente que Putin no provocaría a ningún país miembro de la OTAN mientras continuara la guerra en Ucrania. Sin embargo, esa evaluación cambió a principios de este año, según dijeron funcionarios estadounidenses a The Wall Street Journal.
Keir Giles lleva décadas estudiando la política de seguridad rusa, primero desde la Academia de Defensa británica y después como director del Conflict Studies Research Centre. Su libro Who Will Defend Europe? parte de una pregunta que parecía innecesaria durante las décadas posteriores a la Guerra Fría: quién defendería realmente el continente si Rusia decidiera desafiar militarmente a un miembro de la OTAN y Estados Unidos se mostrara reticente, tardara en intervenir o utilizara su peso dentro de la Alianza para contener la respuesta. Europa ha reducido sus ejércitos, sus reservas y sus industrias militares mientras delegaba su seguridad en Washington; y Moscú ha dedicado esos mismos años a reconstruir sus fuerzas, ampliar sus medios de coerción y estudiar las fracturas políticas europeas.
Giles describe el choque entre una Rusia despierta y un continente todavía dormido, y avisa que el golpe no tiene por qué ir contra países fronterizos con Rusia. «Los europeos occidentales creen que no estarán en primera línea porque sus dirigentes políticos no les han explicado que ya están en primera línea. Cualquier país que no haya invertido en su defensa presenta una invitación a Rusia, porque se convierte en un punto débil», afirma Giles a EL MUNDO.
Según las evaluaciones de la inteligencia estadounidense, se estima que cualquier movimiento por parte de Rusia se produciría entre este otoño y 2029. Las posibles amenazas abarcan desde un ciberataque contra un país miembro de la OTAN o el envío de grupos armados no identificados para ocupar territorio, hasta una incursión limitada en el flanco oriental de la alianza. El objetivo sería comprobar qué consistencia tiene en la práctica la defensa colectiva.
En el escenario planteado por Giles, Moscú no necesita derrotar militarmente a toda la OTAN, ocupar varias capitales europeas ni disponer de más recursos que el conjunto de los aliados. Puede buscar una crisis breve en la que la respuesta occidental llegue tarde, sea contradictoria o quede restringida por el miedo a las consecuencias. El objetivo estratégico sería demostrar que la garantía de defensa colectiva tiene límites, que determinados aliados están más protegidos que otros y que el compromiso estadounidense depende de circunstancias políticas.
En el lado ruso del debate se plantea cada vez más «no seguir combatiendo contra la línea de drones ucraniana, donde se ha perdido la iniciativa y cada metro cuesta vidas, sino golpear a Europa, que apoya a Ucrania pero no está preparada para la guerra, ni en capacidad de defensa aérea, ni en recursos de movilización, ni en preparación psicológica», escribe Igor Dimitriev, consultor político, historiador y partidario de la invasión rusa, cuyo canal tiene cerca de 200.000 seguidores en Telegram. Siguiendo ese plan, «Rusia se movilizaría, de forma encubierta o no, pondría su economía en pie de guerra y atacaría un eslabón débil en lugar de uno fortificado». «Estratégicamente, eso tiene más sentido que pasar otro año (luchando) en Slaviansk».
Desde el lado aliado señalan el carácter crítico del apoyo estadounidense, porque a Rusia sólo se la puede derrotar desde el aire y «una retirada significativa de la Fuerza Aérea estadounidense de Europa sería un problema muy grave, ya que lo que sostiene el equilibrio convencional de fuerzas europeo es la capacidad aérea de la OTAN», dice Jack Watling, uno de los analistas militares más influyentes desde su puesto de Investigador de Ciencias Militares Aplicadas en el Royal United Services Institute (RUSI). «Pero para poder emplear esa capacidad contra Rusia hay que degradar sus defensas antiaéreas, y la Fuerza Aérea estadounidense es la que posee las municiones y la experiencia necesarias para esa misión. Europa tiene los aviones, pero no dispone de las municiones ni de suficientes tripulaciones adecuadamente entrenadas para ejecutarla a gran escala. Es un problema solucionable, pero solo si invertimos».
Un ataque manifiesto realizado por fuerzas uniformadas contra una base militar produciría una atribución rápida y una presión intensa para responder. La explosión de una instalación eléctrica, un dron construido con piezas ucranianas, la incursión fugaz de un pequeño grupo armado, un sabotaje ejecutado por delincuentes reclutados a distancia o un ciberataque seguido de amenazas políticas obligarían a reconstruir la autoría mientras el daño y la incertidumbre se extienden.
Cada hora dedicada a discutir las pruebas, la proporcionalidad de la respuesta y el peligro de una escalada serviría para comprobar hasta dónde llega la cohesión aliada.
Giles considera «imprescindible» que los países europeos capaces de actuar preparen una crisis en la que Estados Unidos permanezca inerte o dificulte el funcionamiento normal de la Alianza. Esa preparación no requiere desmontar la OTAN ni crear inmediatamente una organización alternativa, sino establecer mecanismos que permitan a un grupo de aliados operar dentro de sus estructuras, junto a ellas o por debajo de ellas cuando una pieza esencial del engranaje quede bloqueada. El propósito consiste en impedir que la duda sobre Washington paralice a todos los demás y en mostrar a Moscú que la defensa europea puede continuar incluso durante una disputa transatlántica.
La discusión sobre el lugar exacto de la provocación suele concentrarse en la ciudad estonia de Narva, el corredor de Suwalki entre Lituania y Polonia, una isla del Báltico o una infraestructura fronteriza.
El problema estratégico abarca todo el continente y Rusia buscaría el punto donde una acción limitada obtuviera el mayor efecto político al menor coste militar, y ese punto puede estar lejos de su frontera. España aparece dentro de ese análisis porque la distancia geográfica no ofrece la protección que suele atribuirse. Los bombarderos rusos llevan años ensayando rutas desde el Ártico alrededor del cabo Norte hacia el mar de Noruega, desde donde sus misiles de crucero pueden alcanzar objetivos situados mucho más al sur. Un bombardero ya no necesita sobrevolar el país al que pretende atacar: puede lanzar sus armas desde el Atlántico o desde el extremo septentrional de Europa. Rusia ya probó el alcance de sus misiles al dispararlos desde el mar Caspio contra Siria y ha utilizado aviones que despegan o maniobran en el Ártico para atacar Ucrania, mientras sus submarinos y buques incorporaban capacidades similares.
Las amenazas nucleares formarían parte de la misma presión. Giles las interpreta principalmente como un «arma informativa» concebida para condicionar las decisiones occidentales. Durante la guerra de Ucrania, el Kremlin logró que varios gobiernos consideraran más peligroso «permitir una derrota rusa que tolerar la destrucción de un vecino», y esa percepción retrasó entregas de armamento, restringió su empleo y en cierto modo protegió objetivos militares dentro de Rusia.
Una evaluación de inteligencia estadounidense citada por The Washington Post sostiene que el Kremlin percibe a EEUU debilitado por la guerra con Irán y ve una oportunidad para intensificar sus acciones contra intereses y aliados estadounidenses en Europa. Hace unos meses Giles participó en el papel de Vladimir Putin en un ejercicio de guerra organizado por Sky News y consiguió imponerse al equipo occidental. La experiencia resume el problema de una forma más concreta que cualquier previsión sobre fechas o movimientos de tropas: Rusia puede ganar sin conquistar Europa si logra que los aliados no tomen a tiempo las decisiones necesarias para defenderla. «En aquel juego de guerra yo hacía de Putin y gané. Lo que de verdad me gustaría es poder jugar algún día en ese equipo rojo y perder».
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