Desolación (★★★★✩)

Chroniques, de Peeping Tom (★★★★✩)  

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 En ‘Chroniques’, la danza de Peeping Tom es teatral, pero su universo no es convencionalmente realista  

Chroniques, de Peeping Tom (★★★★✩)  

Dirección: Gabriela Carrizo

Codirección y espacio sonoro: Raphaëlle Latini

Creación e interpretación: S. Bus, B. Gallacher, B. Hansen, S. Park, C Skuy

Escenografía: Amber Vandenhoeck

Lugar y fecha: TNC (4/VI/2026)

Es excepcional Peeping Tom. Hacen fácil lo complicado al tiempo que convierten en posible lo aparentemente fantástico. Se les podría resumir en la paradoja de ser la excepción que confirma la regla. Los movimientos de sus intérpretes siempre son extremadamente virtuosos, disparatados, complejos, singulares, y, sin embargo, los ponen al servicio de la humanidad de los personajes, de la ternura o de la comicidad incluso.

Cabe cualquier tono. La verosimilitud de su aparente realismo es fruto de ejecuciones circenses, al límite de la física y de la fisiología. Sus cuerpos parecen no pesar o, contorsionistas, desencajan sus articulaciones. Son cuerpos que se levantan como si la caída anterior diera marcha atrás, que se retuercen hasta el punto de entrar en conflicto con sus miembros, que tiemblan como electrificados o salen disparados hacia un lado por la fuerza con la que la cabeza ha girado al recibir el impacto del disparo de un arma de fuego. La danza de Peeping Tom es teatral, pero su universo no es convencionalmente realista. Es por la verdad de los cuerpos que se pueden permitir escenas que en el cine vendrían dadas por efectos especiales.

No cabe mejor reivindicación del arte escénico que esta, y de la danza más extrema como forma de caracterización de personajes. Con plena asunción de sentido, además, comprometidos con el presente. En Chroniques entrevemos la agonía de un mundo, la vida que sobrevive al final, la distopía presente que se avecina. Todo presentado con trazo grueso y expresionista, tan lacerante como una herida abierta.

La escenografía es oscura, entre futurista y atávica. Puede ser gruta, unas catacumbas o un refugio subterráneo. Incluso los antiguos cacharros de la civilización perdida se mueven con vulnerabilidad humana. Recuerdan el papel que los polacos Stanislaw Lem y Daniel Mróz dieron a los robots en alguna de sus obras, igual de condenados a fundirse en la nada. Algo hay de absurdo y macabro o de violencia de pesadilla, pero también el aire asustado de un niño que no comprende qué le rodea. Un objeto recordaba la bacía de barbero de Don Quijote y todos peleaban con molinos invisibles. La realidad misma, vamos. Peeping Tom, quintaesenciado.

 Cultura

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