Pensémoslo por un momento. La destreza de nuestras manos, el latido del corazón, la rítmica respiración de los pulmones… Nada de eso sería posible sin los veloces, precisos y silenciosos ‘micromotores’ que, en este mismo instante, trabajan sin descanso en el interior de cada una de nuestras células. Y resulta que todos esos mecanismos moleculares que hacen posible la vida (no solo la nuestra, sino la de cualquier animal, planta u hongo del planeta) no son, ni mucho menos, un invento reciente. Muy al contrario, son parte de una antiquísima herencia, y fueron ‘inventados’ por los primeros seres vivos complejos hace más de 1.500 millones de años. Es decir, que ese legado imperecedero, incrustado en nuestro ADN, nos conecta directamente con el pasado remoto de la Tierra. Ahora, y gracias a un asombroso prodigio técnico, esa misma ‘conexión’ primigenia nos ha empezado a dar respuestas a urgentes misterios médicos contemporáneos.A menudo, para que la medicina siga avanzando y encuentre curas para las enfermedades que hoy nos afligen, los científicos se ven obligados a retroceder en el tiempo. Y eso es exactamente lo que acaba de hacer un equipo internacional dirigido por investigadores de la Universidad de Texas en Austin, que han logrado reconstruir el mapa más detallado hasta la fecha de las máquinas moleculares que impulsaban las funciones vitales del último antepasado común eucariota, LECA, por sus siglas en inglés. A no confundir con LUCA, el último antepasado común de todos los seres vivientes , que es mucho más antiguo y que, hace alrededor de 4.000 millones de años, ‘estrenó’ la vida en nuestro planeta.El origen de la vida compleja¿Qué es exactamente LECA? Hace entre 1.500 y 1.800 millones de años, en un evento simbiótico extraordinario, surgió un tipo de célula totalmente nuevo , uno equipado con un núcleo y orgánulos internos bien diferenciados, una ‘célula eucariota’ que nada tenía que ver con las anteriores ‘células procariotas’, que eran poco más que una membrana rodeando una ‘bolsa’ de material genético desordenado y sin un núcleo bien definido. Pues bien, ese nuevo organismo unicelular primordial, esa primera célula eucariota, es el origen de toda la vida compleja del planeta.Noticia relacionada general No No Hallan en el mar un tejido ‘inmortal’ que se regenera continuamente a sí mismo José Manuel NievesLas células de cualquier ser vivo actual son, de hecho, herederas de LECA y funcionan como auténticas ‘ciudades’ microscópicas. Tienen sus centrales energéticas, sus sistemas de transporte para trasladar suministros vitales, sus ingenieros para levantar estructuras y su servicio para eliminar residuos.Al ser tan sumamente críticas para la supervivencia, las versiones originales de estas máquinas celulares se han conservado, y se han ido transmitiendo, generación tras generación, a lo largo de más de mil millones de años de incesante evolución. Se trata de ‘maquinarias’ compuestas de proteínas, cuyas ‘instrucciones de fabricación’ se guardan celosamente en los genes. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las ‘instrucciones originales’ sufre un desperfecto? Al ser estructuras esenciales, si un gen implicado en su construcción se rompe, las consecuencias son dramáticas y se traducen en graves trastornos. Cosa que sucede a menudo entre los humanos actuales.Un ‘mapa del tesoro’ celularAquí es donde el nuevo estudio se convierte en una auténtica revolución científica. Los investigadores, en efecto, han logrado crear lo que denominan el ‘interactoma’ de LECA, recién publicado en ‘ Cell Genomics ‘ gracias a un monumental esfuerzo de análisis de datos biológicos. Podemos pensar en ello como un gigantesco ‘mapa del tesoro genético’ que muestra cómo interactuaban entre sí las redes de proteínas de aquel ancestro primordial.«Existe una enorme variedad de enfermedades que podíamos predecir bastante bien, usando únicamente complejos proteínicos antiguos», asegura Rachael Cox, de la Universidad de Texas y autor principal del estudio, que dirigió el análisis de datos. De hecho, el equipo descubrió que, asombrosamente, cerca de la mitad de todos los genes humanos pueden rastrearse de forma directa hasta una versión anterior presente en LECA.Todos los mecanismos moleculares que hoy nos mantienen vivos son una herencia directa de los primeros seres complejos que los ‘inventaron’En esencia, este interactoma ha funcionado como una linterna, capaz de aportar luz a la oscuridad genómica. Así, utilizando tanto modelos animales como registros de pacientes humanos, los investigadores han confirmado por primera vez que tres genes ancestrales, antes ignorados por la ciencia, están íntimamente conectados con trastornos muy raros, como la osteopetrosis, la displasia torácica de costillas cortas y la enfermedad renal en etapa terminal. Concretamente, Cox y sus colegas identificaron un mecanismo relacionado con fallos en los cilios celulares y una variante del gen EFHC2 que desencadena el fallo renal.El método de la ‘culpabilidad por asociación’Edward Marcotte, coautor del estudio, explica cómo les fue posible averiguar que ciertos genes eran los responsables últimos de esas enfermedades. «Imagina tu propia red social -dice el científico-. Puede que tengas un amigo interesado en el baloncesto. Lo más probable es que tenga a su vez otros amigos que también estén interesados en el baloncesto. Nosotros utilizamos la misma idea. Si sabemos que algunas proteínas están vinculadas a una determinada enfermedad, quizá algunos de sus ‘amigos’ proteínicos también lo estén. A esto lo llamamos culpabilidad por asociación».Un solo gen defectuoso heredado de LECA puede provocar sordera en un ser humano o impedir que una planta distinga el arriba del abajo en la naturalezaAsí, cruzando la base de datos de enfermedades hereditarias humanas con su interactoma ancestral, los científicos vieron que las proteínas ‘amigas’ en LECA revelaban cientos de nuevos genes que hoy podrían estar causando estragos. Y el alcance de esta red compartida asombra: un defecto en un gen ancestral que provoca cierta forma de sordera en humanos, es exactamente el mismo gen que, en las plantas, causa que sean incapaces de percibir la gravedad (no saben qué es arriba y qué es abajo), alterando fatalmente su crecimiento normal.Resucitar el pasadoPor supuesto, el proceso no ha sido sencillo. Para reconstruir este mapa prehistórico, el equipo identificó primero los genes y proteínas compartidos por 156 organismos actuales que abarcan todo el árbol de los eucariotas, y dedujeron que las piezas comunes a todos ellos debían, por fuerza, estar en LECA. Luego se preguntaron cómo podían encajar esas piezas. Laboratorios de todo el mundo colaboraron para ‘triturar’ las células de 31 especies distintas y realizar la friolera de 25.000 experimentos bioquímicos. Para lo cual usaron los gigantescos superordenadores del Texas Advanced Computing Center (TACC). Gracias a ellos lograron desenredar esa inmensa madeja y ver cómo las ‘piezas originales’ se acoplaban una por una.Los científicos recurrieron a superordenadores para procesar más de 25.000 experimentos bioquímicos y resucitar de forma virtual las redes de proteínas del pasadoMás allá de las enormes implicaciones médicas que permitirán encontrar nuevas dianas terapéuticas, el descubrimiento tiene, también, una profunda carga filosófica. Nos devuelve a nuestro lugar en el cosmos biológico. «Creo -reflexiona Marcotte- que te da perspectiva como ser humano mirar a tu alrededor a todos los organismos que puedes ver y darte cuenta de que estás emparentado con ellos de un modo profundo y fundamental. Y mirar este pequeño dibujo de este organismo ancestral es como mirar a tu propio tatara-tatara-tatara abuelo a la enésima potencia. Esta es la herencia común de los organismos vivos complejos».Rachael Cox, por su parte, afirma que la investigación «pone en perspectiva lo cerca que estamos de otros organismos en la escala temporal de la Tierra. Miro a un pez y pienso, vaya, en el fondo somos peces. Desde el momento en que tienes una columna vertebral, todos estamos estrechamente emparentados con ellos».MÁS INFORMACIÓN noticia Si China revela cómo será su primera misión que pise la Luna: «No escatimaremos esfuerzos para conseguirlo en 2030» noticia Si Nadie las tenía más largas ni las movía mejor que el dragón emplumado, el seductor del CretácicoPara el futuro inmediato, el equipo planea seguir usando modelos animales (como ranas y ratones) para verificar experimentalmente si los cientos de nuevos genes señalados por su mapa prehistórico están verdaderamente detrás de muchas otras enfermedades de origen desconocido. Estamos, por tanto, solo al comienzo de un ‘viaje alucinante’ a lo más profundo de nuestra esencia biológica. Un viaje en el que, para poder sanar a los humanos del siglo XXI, la ciencia ha tenido que pedir ayuda a un solitario microorganismo que dominó las aguas de la Tierra hace casi dos mil millones de años. Pensémoslo por un momento. La destreza de nuestras manos, el latido del corazón, la rítmica respiración de los pulmones… Nada de eso sería posible sin los veloces, precisos y silenciosos ‘micromotores’ que, en este mismo instante, trabajan sin descanso en el interior de cada una de nuestras células. Y resulta que todos esos mecanismos moleculares que hacen posible la vida (no solo la nuestra, sino la de cualquier animal, planta u hongo del planeta) no son, ni mucho menos, un invento reciente. Muy al contrario, son parte de una antiquísima herencia, y fueron ‘inventados’ por los primeros seres vivos complejos hace más de 1.500 millones de años. Es decir, que ese legado imperecedero, incrustado en nuestro ADN, nos conecta directamente con el pasado remoto de la Tierra. Ahora, y gracias a un asombroso prodigio técnico, esa misma ‘conexión’ primigenia nos ha empezado a dar respuestas a urgentes misterios médicos contemporáneos.A menudo, para que la medicina siga avanzando y encuentre curas para las enfermedades que hoy nos afligen, los científicos se ven obligados a retroceder en el tiempo. Y eso es exactamente lo que acaba de hacer un equipo internacional dirigido por investigadores de la Universidad de Texas en Austin, que han logrado reconstruir el mapa más detallado hasta la fecha de las máquinas moleculares que impulsaban las funciones vitales del último antepasado común eucariota, LECA, por sus siglas en inglés. A no confundir con LUCA, el último antepasado común de todos los seres vivientes , que es mucho más antiguo y que, hace alrededor de 4.000 millones de años, ‘estrenó’ la vida en nuestro planeta.El origen de la vida compleja¿Qué es exactamente LECA? Hace entre 1.500 y 1.800 millones de años, en un evento simbiótico extraordinario, surgió un tipo de célula totalmente nuevo , uno equipado con un núcleo y orgánulos internos bien diferenciados, una ‘célula eucariota’ que nada tenía que ver con las anteriores ‘células procariotas’, que eran poco más que una membrana rodeando una ‘bolsa’ de material genético desordenado y sin un núcleo bien definido. Pues bien, ese nuevo organismo unicelular primordial, esa primera célula eucariota, es el origen de toda la vida compleja del planeta.Noticia relacionada general No No Hallan en el mar un tejido ‘inmortal’ que se regenera continuamente a sí mismo José Manuel NievesLas células de cualquier ser vivo actual son, de hecho, herederas de LECA y funcionan como auténticas ‘ciudades’ microscópicas. Tienen sus centrales energéticas, sus sistemas de transporte para trasladar suministros vitales, sus ingenieros para levantar estructuras y su servicio para eliminar residuos.Al ser tan sumamente críticas para la supervivencia, las versiones originales de estas máquinas celulares se han conservado, y se han ido transmitiendo, generación tras generación, a lo largo de más de mil millones de años de incesante evolución. Se trata de ‘maquinarias’ compuestas de proteínas, cuyas ‘instrucciones de fabricación’ se guardan celosamente en los genes. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las ‘instrucciones originales’ sufre un desperfecto? Al ser estructuras esenciales, si un gen implicado en su construcción se rompe, las consecuencias son dramáticas y se traducen en graves trastornos. Cosa que sucede a menudo entre los humanos actuales.Un ‘mapa del tesoro’ celularAquí es donde el nuevo estudio se convierte en una auténtica revolución científica. Los investigadores, en efecto, han logrado crear lo que denominan el ‘interactoma’ de LECA, recién publicado en ‘ Cell Genomics ‘ gracias a un monumental esfuerzo de análisis de datos biológicos. Podemos pensar en ello como un gigantesco ‘mapa del tesoro genético’ que muestra cómo interactuaban entre sí las redes de proteínas de aquel ancestro primordial.«Existe una enorme variedad de enfermedades que podíamos predecir bastante bien, usando únicamente complejos proteínicos antiguos», asegura Rachael Cox, de la Universidad de Texas y autor principal del estudio, que dirigió el análisis de datos. De hecho, el equipo descubrió que, asombrosamente, cerca de la mitad de todos los genes humanos pueden rastrearse de forma directa hasta una versión anterior presente en LECA.Todos los mecanismos moleculares que hoy nos mantienen vivos son una herencia directa de los primeros seres complejos que los ‘inventaron’En esencia, este interactoma ha funcionado como una linterna, capaz de aportar luz a la oscuridad genómica. Así, utilizando tanto modelos animales como registros de pacientes humanos, los investigadores han confirmado por primera vez que tres genes ancestrales, antes ignorados por la ciencia, están íntimamente conectados con trastornos muy raros, como la osteopetrosis, la displasia torácica de costillas cortas y la enfermedad renal en etapa terminal. Concretamente, Cox y sus colegas identificaron un mecanismo relacionado con fallos en los cilios celulares y una variante del gen EFHC2 que desencadena el fallo renal.El método de la ‘culpabilidad por asociación’Edward Marcotte, coautor del estudio, explica cómo les fue posible averiguar que ciertos genes eran los responsables últimos de esas enfermedades. «Imagina tu propia red social -dice el científico-. Puede que tengas un amigo interesado en el baloncesto. Lo más probable es que tenga a su vez otros amigos que también estén interesados en el baloncesto. Nosotros utilizamos la misma idea. Si sabemos que algunas proteínas están vinculadas a una determinada enfermedad, quizá algunos de sus ‘amigos’ proteínicos también lo estén. A esto lo llamamos culpabilidad por asociación».Un solo gen defectuoso heredado de LECA puede provocar sordera en un ser humano o impedir que una planta distinga el arriba del abajo en la naturalezaAsí, cruzando la base de datos de enfermedades hereditarias humanas con su interactoma ancestral, los científicos vieron que las proteínas ‘amigas’ en LECA revelaban cientos de nuevos genes que hoy podrían estar causando estragos. Y el alcance de esta red compartida asombra: un defecto en un gen ancestral que provoca cierta forma de sordera en humanos, es exactamente el mismo gen que, en las plantas, causa que sean incapaces de percibir la gravedad (no saben qué es arriba y qué es abajo), alterando fatalmente su crecimiento normal.Resucitar el pasadoPor supuesto, el proceso no ha sido sencillo. Para reconstruir este mapa prehistórico, el equipo identificó primero los genes y proteínas compartidos por 156 organismos actuales que abarcan todo el árbol de los eucariotas, y dedujeron que las piezas comunes a todos ellos debían, por fuerza, estar en LECA. Luego se preguntaron cómo podían encajar esas piezas. Laboratorios de todo el mundo colaboraron para ‘triturar’ las células de 31 especies distintas y realizar la friolera de 25.000 experimentos bioquímicos. Para lo cual usaron los gigantescos superordenadores del Texas Advanced Computing Center (TACC). Gracias a ellos lograron desenredar esa inmensa madeja y ver cómo las ‘piezas originales’ se acoplaban una por una.Los científicos recurrieron a superordenadores para procesar más de 25.000 experimentos bioquímicos y resucitar de forma virtual las redes de proteínas del pasadoMás allá de las enormes implicaciones médicas que permitirán encontrar nuevas dianas terapéuticas, el descubrimiento tiene, también, una profunda carga filosófica. Nos devuelve a nuestro lugar en el cosmos biológico. «Creo -reflexiona Marcotte- que te da perspectiva como ser humano mirar a tu alrededor a todos los organismos que puedes ver y darte cuenta de que estás emparentado con ellos de un modo profundo y fundamental. Y mirar este pequeño dibujo de este organismo ancestral es como mirar a tu propio tatara-tatara-tatara abuelo a la enésima potencia. Esta es la herencia común de los organismos vivos complejos».Rachael Cox, por su parte, afirma que la investigación «pone en perspectiva lo cerca que estamos de otros organismos en la escala temporal de la Tierra. Miro a un pez y pienso, vaya, en el fondo somos peces. Desde el momento en que tienes una columna vertebral, todos estamos estrechamente emparentados con ellos».MÁS INFORMACIÓN noticia Si China revela cómo será su primera misión que pise la Luna: «No escatimaremos esfuerzos para conseguirlo en 2030» noticia Si Nadie las tenía más largas ni las movía mejor que el dragón emplumado, el seductor del CretácicoPara el futuro inmediato, el equipo planea seguir usando modelos animales (como ranas y ratones) para verificar experimentalmente si los cientos de nuevos genes señalados por su mapa prehistórico están verdaderamente detrás de muchas otras enfermedades de origen desconocido. Estamos, por tanto, solo al comienzo de un ‘viaje alucinante’ a lo más profundo de nuestra esencia biológica. Un viaje en el que, para poder sanar a los humanos del siglo XXI, la ciencia ha tenido que pedir ayuda a un solitario microorganismo que dominó las aguas de la Tierra hace casi dos mil millones de años.
Pensémoslo por un momento. La destreza de nuestras manos, el latido del corazón, la rítmica respiración de los pulmones… Nada de eso sería posible sin los veloces, precisos y silenciosos ‘micromotores’ que, en este mismo instante, trabajan sin descanso en el interior de cada una … de nuestras células. Y resulta que todos esos mecanismos moleculares que hacen posible la vida (no solo la nuestra, sino la de cualquier animal, planta u hongo del planeta) no son, ni mucho menos, un invento reciente. Muy al contrario, son parte de una antiquísima herencia, y fueron ‘inventados’ por los primeros seres vivos complejos hace más de 1.500 millones de años. Es decir, que ese legado imperecedero, incrustado en nuestro ADN, nos conecta directamente con el pasado remoto de la Tierra. Ahora, y gracias a un asombroso prodigio técnico, esa misma ‘conexión’ primigenia nos ha empezado a dar respuestas a urgentes misterios médicos contemporáneos.
A menudo, para que la medicina siga avanzando y encuentre curas para las enfermedades que hoy nos afligen, los científicos se ven obligados a retroceder en el tiempo. Y eso es exactamente lo que acaba de hacer un equipo internacional dirigido por investigadores de la Universidad de Texas en Austin, que han logrado reconstruir el mapa más detallado hasta la fecha de las máquinas moleculares que impulsaban las funciones vitales del último antepasado común eucariota, LECA, por sus siglas en inglés. A no confundir con LUCA, el último antepasado común de todos los seres vivientes, que es mucho más antiguo y que, hace alrededor de 4.000 millones de años, ‘estrenó’ la vida en nuestro planeta.
El origen de la vida compleja
¿Qué es exactamente LECA? Hace entre 1.500 y 1.800 millones de años, en un evento simbiótico extraordinario, surgió un tipo de célula totalmente nuevo, uno equipado con un núcleo y orgánulos internos bien diferenciados, una ‘célula eucariota’ que nada tenía que ver con las anteriores ‘células procariotas’, que eran poco más que una membrana rodeando una ‘bolsa’ de material genético desordenado y sin un núcleo bien definido. Pues bien, ese nuevo organismo unicelular primordial, esa primera célula eucariota, es el origen de toda la vida compleja del planeta.
Noticia relacionada
Las células de cualquier ser vivo actual son, de hecho, herederas de LECA y funcionan como auténticas ‘ciudades’ microscópicas. Tienen sus centrales energéticas, sus sistemas de transporte para trasladar suministros vitales, sus ingenieros para levantar estructuras y su servicio para eliminar residuos.
Al ser tan sumamente críticas para la supervivencia, las versiones originales de estas máquinas celulares se han conservado, y se han ido transmitiendo, generación tras generación, a lo largo de más de mil millones de años de incesante evolución. Se trata de ‘maquinarias’ compuestas de proteínas, cuyas ‘instrucciones de fabricación’ se guardan celosamente en los genes. Pero, ¿qué ocurre cuando alguna de las ‘instrucciones originales’ sufre un desperfecto? Al ser estructuras esenciales, si un gen implicado en su construcción se rompe, las consecuencias son dramáticas y se traducen en graves trastornos. Cosa que sucede a menudo entre los humanos actuales.
Un ‘mapa del tesoro’ celular
Aquí es donde el nuevo estudio se convierte en una auténtica revolución científica. Los investigadores, en efecto, han logrado crear lo que denominan el ‘interactoma’ de LECA, recién publicado en ‘Cell Genomics‘ gracias a un monumental esfuerzo de análisis de datos biológicos. Podemos pensar en ello como un gigantesco ‘mapa del tesoro genético’ que muestra cómo interactuaban entre sí las redes de proteínas de aquel ancestro primordial.
«Existe una enorme variedad de enfermedades que podíamos predecir bastante bien, usando únicamente complejos proteínicos antiguos», asegura Rachael Cox, de la Universidad de Texas y autor principal del estudio, que dirigió el análisis de datos. De hecho, el equipo descubrió que, asombrosamente, cerca de la mitad de todos los genes humanos pueden rastrearse de forma directa hasta una versión anterior presente en LECA.
Todos los mecanismos moleculares que hoy nos mantienen vivos son una herencia directa de los primeros seres complejos que los ‘inventaron’
En esencia, este interactoma ha funcionado como una linterna, capaz de aportar luz a la oscuridad genómica. Así, utilizando tanto modelos animales como registros de pacientes humanos, los investigadores han confirmado por primera vez que tres genes ancestrales, antes ignorados por la ciencia, están íntimamente conectados con trastornos muy raros, como la osteopetrosis, la displasia torácica de costillas cortas y la enfermedad renal en etapa terminal. Concretamente, Cox y sus colegas identificaron un mecanismo relacionado con fallos en los cilios celulares y una variante del gen EFHC2 que desencadena el fallo renal.
El método de la ‘culpabilidad por asociación’
Edward Marcotte, coautor del estudio, explica cómo les fue posible averiguar que ciertos genes eran los responsables últimos de esas enfermedades. «Imagina tu propia red social -dice el científico-. Puede que tengas un amigo interesado en el baloncesto. Lo más probable es que tenga a su vez otros amigos que también estén interesados en el baloncesto. Nosotros utilizamos la misma idea. Si sabemos que algunas proteínas están vinculadas a una determinada enfermedad, quizá algunos de sus ‘amigos’ proteínicos también lo estén. A esto lo llamamos culpabilidad por asociación».
Un solo gen defectuoso heredado de LECA puede provocar sordera en un ser humano o impedir que una planta distinga el arriba del abajo en la naturaleza
Así, cruzando la base de datos de enfermedades hereditarias humanas con su interactoma ancestral, los científicos vieron que las proteínas ‘amigas’ en LECA revelaban cientos de nuevos genes que hoy podrían estar causando estragos. Y el alcance de esta red compartida asombra: un defecto en un gen ancestral que provoca cierta forma de sordera en humanos, es exactamente el mismo gen que, en las plantas, causa que sean incapaces de percibir la gravedad (no saben qué es arriba y qué es abajo), alterando fatalmente su crecimiento normal.
Resucitar el pasado
Por supuesto, el proceso no ha sido sencillo. Para reconstruir este mapa prehistórico, el equipo identificó primero los genes y proteínas compartidos por 156 organismos actuales que abarcan todo el árbol de los eucariotas, y dedujeron que las piezas comunes a todos ellos debían, por fuerza, estar en LECA. Luego se preguntaron cómo podían encajar esas piezas. Laboratorios de todo el mundo colaboraron para ‘triturar’ las células de 31 especies distintas y realizar la friolera de 25.000 experimentos bioquímicos. Para lo cual usaron los gigantescos superordenadores del Texas Advanced Computing Center (TACC). Gracias a ellos lograron desenredar esa inmensa madeja y ver cómo las ‘piezas originales’ se acoplaban una por una.
Los científicos recurrieron a superordenadores para procesar más de 25.000 experimentos bioquímicos y resucitar de forma virtual las redes de proteínas del pasado
Más allá de las enormes implicaciones médicas que permitirán encontrar nuevas dianas terapéuticas, el descubrimiento tiene, también, una profunda carga filosófica. Nos devuelve a nuestro lugar en el cosmos biológico. «Creo -reflexiona Marcotte- que te da perspectiva como ser humano mirar a tu alrededor a todos los organismos que puedes ver y darte cuenta de que estás emparentado con ellos de un modo profundo y fundamental. Y mirar este pequeño dibujo de este organismo ancestral es como mirar a tu propio tatara-tatara-tatara abuelo a la enésima potencia. Esta es la herencia común de los organismos vivos complejos».
Rachael Cox, por su parte, afirma que la investigación «pone en perspectiva lo cerca que estamos de otros organismos en la escala temporal de la Tierra. Miro a un pez y pienso, vaya, en el fondo somos peces. Desde el momento en que tienes una columna vertebral, todos estamos estrechamente emparentados con ellos».
Para el futuro inmediato, el equipo planea seguir usando modelos animales (como ranas y ratones) para verificar experimentalmente si los cientos de nuevos genes señalados por su mapa prehistórico están verdaderamente detrás de muchas otras enfermedades de origen desconocido. Estamos, por tanto, solo al comienzo de un ‘viaje alucinante’ a lo más profundo de nuestra esencia biológica. Un viaje en el que, para poder sanar a los humanos del siglo XXI, la ciencia ha tenido que pedir ayuda a un solitario microorganismo que dominó las aguas de la Tierra hace casi dos mil millones de años.
RSS de noticias de ciencia

