Catastróficas inundaciones, sequías extremas y olas de calor históricas: ¿por qué ‘El Niño’ se ha vuelto tan destructivo?

El Niño no avisa; simplemente golpea. Y este año lo está haciendo a matar. Las cifras de víctimas y los recuentos de daños materiales se amontonan sobre las mesas de los gobiernos de medio mundo mientras asistimos, casi anestesiados, a una concatenación de desastres que desafían cualquier precedente histórico. No estamos ante un simple ciclo meteorológico adverso o una mala racha de la naturaleza. Estamos ante un sistema planetario que ha cruzado un umbral crítico de inestabilidad. Las catastróficas inundaciones que han borrado del mapa aldeas enteras en el sudeste asiático, las sequías extremas que ahogan el Cuerno de África y diezman la Amazonía, y la cadena incesante de olas de calor históricas e incendios voraces en Europa y Norteamérica no son eventos aislados. Son los síntomas letales de un mismo diagnóstico global.El monstruo despierta en un océano que hierveAntes que este, ha habido otros ‘El Niño’. ¿Pero por qué el de este año se ha convertido en un auténtico asesino ? Veamos, primero, a qué nos enfrentamos. El Niño, o la fase cálida del patrón climático ENOS (El Niño-Oscilación del Sur), es un fenómeno oceánico y atmosférico natural que ocurre cada dos a siete años. Y consiste, de forma muy resumida, en un debilitamiento de los vientos alisios que normalmente empujan las aguas cálidas hacia Asia. Al aflojar estos vientos, una gigantesca masa de agua caliente del Pacífico ecuatorial fluye de vuelta hacia la costa de Sudamérica. Esto bloquea el afloramiento de corrientes frías profundas y transfiere una cantidad colosal de calor y humedad desde el océano hacia la atmósfera.Pero este no es el mismo ‘El Niño’ que se estudiaba en las escuelas hace un par de décadas. El de 2026 ha nacido en un mundo profundamente ‘dopado’ por los gases de efecto invernadero. Las temperaturas de la superficie de los océanos han batido, mes tras mes, todos los récords concebibles . Es decir, que el océano global ya estaba excesivamente caliente por culpa del cambio climático antropogénico. Y si a eso le sumamos la ingente cantidad de energía adicional que libera El Niño, el resultado no es un patrón meteorológico, sino una bomba climática de destrucción masiva. Al pan, pan, y al vino, vino.El aleteo termodinámico de la mariposaLlegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que un cambio de temperatura en las aguas del Pacífico provoque una tromba de agua mortal en el centro de Europa o incendios incontrolables en los bosques de Canadá? En la ciencia del clima, la célebre frase que asegura que «un aleteo de mariposa en Tokio puede provocar una tormenta en Nueva York» deja de ser una bonita metáfora para convertirse en pura y dura termodinámica. Es lo que los investigadores denominan ‘teleconexiones’.Si a una base oceánica ya sobrecalentada por la acción humana le sumamos la ingente cantidad de energía que libera El Niño, el resultado es una bomba climáticaPensemos en la atmósfera terrestre como un inmenso entramado de ríos de aire interconectados. La inyección masiva de calor en la franja del Pacífico altera drásticamente las corrientes en chorro (jet streams), esas autopistas de viento que circulan a gran altitud y que dictan la meteorología de todo el planeta, moviendo las borrascas y los anticiclones. Al inyectar tanta energía, estas corrientes ondulan, se deforman y, en ocasiones, se bloquean. Los sistemas de altas y bajas presiones se atascan durante semanas sobre una misma región. Un ejemplo muy sencillo: es como colocar un peñasco gigante en medio del cauce de un río rápido; el agua no sólo choca, sino que altera su flujo, generando remolinos destructivos y desbordamientos kilómetros más abajo. Por eso, eventos extremos muy distantes son, en realidad, fichas de un dominó global cayendo a causa del mismo impulso inicial.Los datos de la catástrofeLos científicos y los modelos predictivos han sido cristalinos. Desde la Organización Meteorológica Mundial (OMM), sus responsables lo advirtieron con contundencia meridiana a mediados de año: «Tras un período de condiciones neutras, los modelos pronostican con un nivel de confianza alto la instauración de un episodio intenso». Y las probabilidades no han fallado en absoluto. A esto se suma que el dipolo del océano Índico ha entrado en fase positiva, un ‘socio’ letal que exacerba las condiciones extremas y altera drásticamente los patrones de precipitación. La OMM ha confirmado que la intensificación de este episodio de El Niño está disparando las temperaturas de forma global, empujándonos temporalmente por encima del temido límite de los 1,5 grados de calentamiento respecto a los niveles preindustriales.Hacia una ‘nueva normalidad’No nos engañemos. El verano que hemos sufrido en España, y por extensión en toda Europa, no va a ser una desagradable y anecdótica excepción que recordaremos vagamente dentro de unos años. Las madrugadas tórridas superando los 30 grados, el mar Mediterráneo convertido en un ‘jacuzzi’ incompatible con la vida marina, las cosechas de aceite y cereal arrasadas por el estrés hídrico y la asfixia generalizada son apenas un atisbo de la ‘nueva normalidad climática’ que nos espera. En términos crudos: estamos viviendo, casi con total seguridad, uno de los veranos más frescos del resto de nuestras vidas.Lo que hemos sufrido este verano en España no va a ser una excepción; de hecho, probablemente estamos viviendo el que será uno de los veranos más frescos del resto de nuestras vidasY aquí es donde la ciencia exige desmontar, con decisión y sin contemplaciones, los letales argumentos de los negacionistas. «El clima siempre ha cambiado», repiten, escudándose en ciclos de Milankovitch o mínimos solares que, en el fondo, no comprenden. Y sí, es cierto, el clima cambia a escala geológica, pero jamás en la historia de nuestro planeta lo ha hecho a esta velocidad vertiginosa, y ni mucho menos por la inyección artificial e indiscriminada de miles de millones de toneladas de CO2 procedentes de la quema de combustibles fósiles. Tratar de excusar la actual crisis climática alegando que en la época de los dinosaurios hacía más calor es como justificar un asesinato diciendo que, al fin y al cabo, todos nos vamos a morir de viejos. Es un argumento científicamente absurdo, moralmente irresponsable y un insulto a la abrumadora evidencia aportada por miles de estudios independientes.Lo cual no excluye el hecho de que más de una administración, tanto en España como fuera de ella, haya convertido el cambio climático en una especie de ‘chivo expiatorio’ al que achacarle todos los males y tapar así las irresponsables deficiencias en la gestión de los montes y los recursos hídricos. El cambio climático favorece los incendios, sí; pero una política adecuada puede paliar sus efectos. El cambio climático mata, sí; pero no todos los muertos se deben solo y únicamente a él.¿Demasiado tarde para despertar?Ante este panorama objetivamente desalentador, cabe preguntarse si la partida ya está perdida. La conclusión de los investigadores es dura y directa: el golpe actual ya no lo podemos esquivar. El exceso de energía ya está circulando en el sistema climático, y vamos a tener que soportar estoicamente sus violentos coletazos meteorológicos. «El infierno está vacío y todos los demonios están aquí», como escribió William Shakespeare en ‘La Tempestad’. Solo con echar un vistazo a los mapas globales de anomalías térmicas y fenómenos extremos de este 2026, pareciera que el dramaturgo inglés hubiera tenido dotes proféticas.Sin embargo, los climatólogos aún guardan un atisbo de esperanza. Y aunque este ‘golpe’ es ya inevitable, no será, por ahora, el fin del mundo. Siempre y cuando, claro, dejemos de pisar ciegamente el acelerador hacia el abismo. Aún nos es posible hacer algo, pero el margen de maniobra se agota.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Rafael Guzmán, responsable de la misión Arrakihs: «He dejado mi vida en EE.UU. para hacer realidad este sueño» noticia Si Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada… ¿está temblando más la Tierra?Reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero hoy no enfriará el océano para el mes que viene, pero es la única garantía de evitar que el próximo ‘Niño’, dentro de cinco o diez años, sea el que nos borre definitivamente del mapa. Tenemos la tecnología, tenemos los datos incontestables y hemos recibido todas las advertencias posibles. Ahora solo falta la valentía política y la madurez social para actuar en consecuencia. Porque con la naturaleza, a diferencia de con la política, no se puede negociar. El Niño no avisa; simplemente golpea. Y este año lo está haciendo a matar. Las cifras de víctimas y los recuentos de daños materiales se amontonan sobre las mesas de los gobiernos de medio mundo mientras asistimos, casi anestesiados, a una concatenación de desastres que desafían cualquier precedente histórico. No estamos ante un simple ciclo meteorológico adverso o una mala racha de la naturaleza. Estamos ante un sistema planetario que ha cruzado un umbral crítico de inestabilidad. Las catastróficas inundaciones que han borrado del mapa aldeas enteras en el sudeste asiático, las sequías extremas que ahogan el Cuerno de África y diezman la Amazonía, y la cadena incesante de olas de calor históricas e incendios voraces en Europa y Norteamérica no son eventos aislados. Son los síntomas letales de un mismo diagnóstico global.El monstruo despierta en un océano que hierveAntes que este, ha habido otros ‘El Niño’. ¿Pero por qué el de este año se ha convertido en un auténtico asesino ? Veamos, primero, a qué nos enfrentamos. El Niño, o la fase cálida del patrón climático ENOS (El Niño-Oscilación del Sur), es un fenómeno oceánico y atmosférico natural que ocurre cada dos a siete años. Y consiste, de forma muy resumida, en un debilitamiento de los vientos alisios que normalmente empujan las aguas cálidas hacia Asia. Al aflojar estos vientos, una gigantesca masa de agua caliente del Pacífico ecuatorial fluye de vuelta hacia la costa de Sudamérica. Esto bloquea el afloramiento de corrientes frías profundas y transfiere una cantidad colosal de calor y humedad desde el océano hacia la atmósfera.Pero este no es el mismo ‘El Niño’ que se estudiaba en las escuelas hace un par de décadas. El de 2026 ha nacido en un mundo profundamente ‘dopado’ por los gases de efecto invernadero. Las temperaturas de la superficie de los océanos han batido, mes tras mes, todos los récords concebibles . Es decir, que el océano global ya estaba excesivamente caliente por culpa del cambio climático antropogénico. Y si a eso le sumamos la ingente cantidad de energía adicional que libera El Niño, el resultado no es un patrón meteorológico, sino una bomba climática de destrucción masiva. Al pan, pan, y al vino, vino.El aleteo termodinámico de la mariposaLlegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que un cambio de temperatura en las aguas del Pacífico provoque una tromba de agua mortal en el centro de Europa o incendios incontrolables en los bosques de Canadá? En la ciencia del clima, la célebre frase que asegura que «un aleteo de mariposa en Tokio puede provocar una tormenta en Nueva York» deja de ser una bonita metáfora para convertirse en pura y dura termodinámica. Es lo que los investigadores denominan ‘teleconexiones’.Si a una base oceánica ya sobrecalentada por la acción humana le sumamos la ingente cantidad de energía que libera El Niño, el resultado es una bomba climáticaPensemos en la atmósfera terrestre como un inmenso entramado de ríos de aire interconectados. La inyección masiva de calor en la franja del Pacífico altera drásticamente las corrientes en chorro (jet streams), esas autopistas de viento que circulan a gran altitud y que dictan la meteorología de todo el planeta, moviendo las borrascas y los anticiclones. Al inyectar tanta energía, estas corrientes ondulan, se deforman y, en ocasiones, se bloquean. Los sistemas de altas y bajas presiones se atascan durante semanas sobre una misma región. Un ejemplo muy sencillo: es como colocar un peñasco gigante en medio del cauce de un río rápido; el agua no sólo choca, sino que altera su flujo, generando remolinos destructivos y desbordamientos kilómetros más abajo. Por eso, eventos extremos muy distantes son, en realidad, fichas de un dominó global cayendo a causa del mismo impulso inicial.Los datos de la catástrofeLos científicos y los modelos predictivos han sido cristalinos. Desde la Organización Meteorológica Mundial (OMM), sus responsables lo advirtieron con contundencia meridiana a mediados de año: «Tras un período de condiciones neutras, los modelos pronostican con un nivel de confianza alto la instauración de un episodio intenso». Y las probabilidades no han fallado en absoluto. A esto se suma que el dipolo del océano Índico ha entrado en fase positiva, un ‘socio’ letal que exacerba las condiciones extremas y altera drásticamente los patrones de precipitación. La OMM ha confirmado que la intensificación de este episodio de El Niño está disparando las temperaturas de forma global, empujándonos temporalmente por encima del temido límite de los 1,5 grados de calentamiento respecto a los niveles preindustriales.Hacia una ‘nueva normalidad’No nos engañemos. El verano que hemos sufrido en España, y por extensión en toda Europa, no va a ser una desagradable y anecdótica excepción que recordaremos vagamente dentro de unos años. Las madrugadas tórridas superando los 30 grados, el mar Mediterráneo convertido en un ‘jacuzzi’ incompatible con la vida marina, las cosechas de aceite y cereal arrasadas por el estrés hídrico y la asfixia generalizada son apenas un atisbo de la ‘nueva normalidad climática’ que nos espera. En términos crudos: estamos viviendo, casi con total seguridad, uno de los veranos más frescos del resto de nuestras vidas.Lo que hemos sufrido este verano en España no va a ser una excepción; de hecho, probablemente estamos viviendo el que será uno de los veranos más frescos del resto de nuestras vidasY aquí es donde la ciencia exige desmontar, con decisión y sin contemplaciones, los letales argumentos de los negacionistas. «El clima siempre ha cambiado», repiten, escudándose en ciclos de Milankovitch o mínimos solares que, en el fondo, no comprenden. Y sí, es cierto, el clima cambia a escala geológica, pero jamás en la historia de nuestro planeta lo ha hecho a esta velocidad vertiginosa, y ni mucho menos por la inyección artificial e indiscriminada de miles de millones de toneladas de CO2 procedentes de la quema de combustibles fósiles. Tratar de excusar la actual crisis climática alegando que en la época de los dinosaurios hacía más calor es como justificar un asesinato diciendo que, al fin y al cabo, todos nos vamos a morir de viejos. Es un argumento científicamente absurdo, moralmente irresponsable y un insulto a la abrumadora evidencia aportada por miles de estudios independientes.Lo cual no excluye el hecho de que más de una administración, tanto en España como fuera de ella, haya convertido el cambio climático en una especie de ‘chivo expiatorio’ al que achacarle todos los males y tapar así las irresponsables deficiencias en la gestión de los montes y los recursos hídricos. El cambio climático favorece los incendios, sí; pero una política adecuada puede paliar sus efectos. El cambio climático mata, sí; pero no todos los muertos se deben solo y únicamente a él.¿Demasiado tarde para despertar?Ante este panorama objetivamente desalentador, cabe preguntarse si la partida ya está perdida. La conclusión de los investigadores es dura y directa: el golpe actual ya no lo podemos esquivar. El exceso de energía ya está circulando en el sistema climático, y vamos a tener que soportar estoicamente sus violentos coletazos meteorológicos. «El infierno está vacío y todos los demonios están aquí», como escribió William Shakespeare en ‘La Tempestad’. Solo con echar un vistazo a los mapas globales de anomalías térmicas y fenómenos extremos de este 2026, pareciera que el dramaturgo inglés hubiera tenido dotes proféticas.Sin embargo, los climatólogos aún guardan un atisbo de esperanza. Y aunque este ‘golpe’ es ya inevitable, no será, por ahora, el fin del mundo. Siempre y cuando, claro, dejemos de pisar ciegamente el acelerador hacia el abismo. Aún nos es posible hacer algo, pero el margen de maniobra se agota.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Rafael Guzmán, responsable de la misión Arrakihs: «He dejado mi vida en EE.UU. para hacer realidad este sueño» noticia Si Venezuela, Colombia, Indonesia, Granada… ¿está temblando más la Tierra?Reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero hoy no enfriará el océano para el mes que viene, pero es la única garantía de evitar que el próximo ‘Niño’, dentro de cinco o diez años, sea el que nos borre definitivamente del mapa. Tenemos la tecnología, tenemos los datos incontestables y hemos recibido todas las advertencias posibles. Ahora solo falta la valentía política y la madurez social para actuar en consecuencia. Porque con la naturaleza, a diferencia de con la política, no se puede negociar.  

El Niño no avisa; simplemente golpea. Y este año lo está haciendo a matar. Las cifras de víctimas y los recuentos de daños materiales se amontonan sobre las mesas de los gobiernos de medio mundo mientras asistimos, casi anestesiados, a una concatenación de desastres … que desafían cualquier precedente histórico.

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