Adiós a Sonny Rollins, el coloso del jazz

La Parca que no perdona devora uno a uno los últimos pioneros del jazz, y esta vez le ha tocado a Sonny Rollins, un coloso como Saturno al que esta vez le ha tocado el papel de devorado a los 95 años, como anunció en redes sociales su representante, acompañando la noticia con una frase del genial saxofonista: “Creo que cuando la persona creativa termina, continúa en la siguiente existencia. Soy una persona que cree que esta vida no lo es todo. Una persona espiritual no siente eso”.

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 El saxofonista neoyorquino, referente del free jazz y la improvisación, formó parte de la época del bebop  

La Parca que no perdona devora uno a uno los últimos pioneros del jazz, y esta vez le ha tocado a Sonny Rollins, un coloso como Saturno al que esta vez le ha tocado el papel de devorado a los 95 años, como anunció en redes sociales su representante, acompañando la noticia con una frase del genial saxofonista: “Creo que cuando la persona creativa termina, continúa en la siguiente existencia. Soy una persona que cree que esta vida no lo es todo. Una persona espiritual no siente eso”.

Referente del jazz más libre, considerado “casi un Dios” por Miles Davis cuando daba sus primeros pasos, Rollins se convirtió a lo largo de sus casi 80 años en un maestro de la improvisación, capaz para adaptarse a los nuevos sonidos fruto de la constante insatisfacción por su propia obra, que evitaba escuchar porque hacerlo suponía para él algo “parecido a Abu Ghraib”, como afirmó en una entrevista para el ‘New York Times’ en el 2006. De ahí que optara por retirarse en dos ocasiones, en la plenitud de su carrera, cuando se sintió superado por otro titán coetáneo como John Coltrane.

“Creo que cuando la vida de una persona creativa llega a su fin, esta continúa en la siguiente existencia”, dijo Rollins en 2009

Lo suyo era improvisar, por eso afirmaba que había dos formas de tocar: “Se puede tocar sin tiempo o se puede tener un tiempo fijo y tocar contra eso”. Para él, hacer música de esta manera era como “tocar el cielo con las manos” por la libertad y espiritualidad que le confería, “es un ideal que suele subestimarse”. Con estas coordenadas dio luz a trabajos convertidos en referente como Saxophone colossus, junto al batería Max Roach, o Tenor Madness, de 1956, o Way out west, de 1957, reinterpretación de temas country con el que empezó a tocar en formato trío sin piano, con bajo y batería.

Fue en 1959, a los 29 años, cuando Rollins decidió retirarse de los escenarios para tocar en el puente de Williamsburg, junto al Lower East Side donde residía. Allí se le podía escuchar día y noche mientras los oficinistas cruzaban el Hudson camino del trabajo o de regreso, con dos copas de más, envueltos por el sonido urbano que conferían los coches, el metro o los transbordadores. “Perdí la capacidad de tocar lo que quería sin que me interfirieran las emociones. Estaba lleno de preguntas”, comentó en una entrevista.

Como remedio a esta crisis creativa se dedicó a practicar, y eligió el puente para no molestar a los vecinos durante un periodo que aprovechó además para estudiar piano y armonía al tiempo que dejaba el tabaco y el alcohol para tener “buenos pulmones y dedos rápidos”. Un cambio de vida que le permitió seguir tocando durante más de dos horas seguidas hasta los 70 años, y que de paso le convirtió en personaje de Los Simpson, aquel Murphy ‘Encías sangrantes’ que hizo de mentor a la joven Lisa en su propia crisis artística.

El resultado de aquel primer retiro fue The bridge, de 1961, tras el cual pudo tocar con su admirado Coleman Hawkings como antes había hecho con Charlie Parker o Miles Davis, de quienes absorbió tanto la música como los malos vicios, que le llevaron a ingresar en un centro de desintoxicación por su adicción a la heroína en los años 50.

Sonny nació en 1930 como Walter Theodore Rollins en Harlem, Nueva York, hijo de un marinero y una criada emigrados de las Islas Vírgenes que le transmitieron el gusto por el calipso, la música caribeña, el que destila su tema más conocido, St Thomas. Todavía niño se trasladó a Sugar Hill, donde tenía como vecinos a Duke Ellington o Coleman Hawkins, su primer referente en el jazz, donde comenzó al piano para pasarse al saxo con sólo 10 años. A los 13 su madre le regaló el primer saxofón, un alto que luego cambió por el saxo tenor, y a partir de allí todo es historia.

Rollins ingresó en su primera banda en Sugar Hill cuando todavía no había acabado el instituto, pero dio rápidamente el salto a las ligas mayores acompañando al piano de Bud Powell y sobre todo Thelonius Monk, protector en aquellos años iniciáticos donde ya sorprendía por su capacidad para improvisar a los pioneros del bebop, el género dominante en los años 40 y 50. En 1954 publicó sus primeros éxitos con una banda dirigida por Miles Davis de donde salieron Oleo, Airegin y Doxy, considerados estándares de jazz.

Tras retirarse al puente, Rollins abandonó el sonido frenético del bebop y comenzó a probar mezclas con el free jazz y la música latina y, después de un segundo retiro en 1969 donde viajó a la India, se aproximó al funk, el pop y el r&b al mismo tiempo que se interesaba por los de saxo sin acompañamiento hasta grabar en 1985 The solo album.

El cambio de milenio empujó al saxofonista fuera de Nueva York después de vivir muy de cerca los atentados de las Torres Gemelas del 2001, pues residía a pocas manzanas de allí. Cinco días después de aquel 11 de septiembre celebró un concierto de homenaje que grabó en el disco Without a song, con el que ganó el segundo de los tres Grammy logrados en su carrera. Retirado en las afueras de la ciudad, primero en Germantown y después en Woodstock, Rollins pasó los últimos años en los que se dejó primero del estudio y, en el 2012, de los conciertos.

De aquellos años data su última visita a Barcelona, en el 2010 dentro del festival de Jazz, cuando el gigante de 1.90 cm lucía el carismático pelo y barba blanca con que se le pudo ver en el 2011, cuando Barack Obama le entregó la medalla de las Artes en la Casa Blanca, que sumó al premio Polar del 2007, considerado el principal galardón de la música. Títulos que recogió pero que no le interesaban tanto como la reflexión espiritual que comenzó a practicar tras dejar las drogas para mantenerla hasta el final de su vida, cuando, como dijo en una entrevista, “ya no tendré que atormentarme por mi música”.

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