Pogacar impone su poder desde el primer día en Mónaco y ya es líder de La Vuelta

Tadej vence en la contrarreloj tras batir por nueve centésimas al británico Ethan Hayter Leer Tadej vence en la contrarreloj tras batir por nueve centésimas al británico Ethan Hayter Leer  

Madrugó la madrugada, que escribiera Miguel Hernández. Madrugó el Rey. Madrugó Tadej Pogacar, primer líder (¿y último?) de la carrera. Madrugó la Vuelta para saludar a su amo y señor. Decir que la carrera ha terminado antes de empezar realmente es prematuro. Pero ¿qué se puede pensar desde el momento en que un aperitivo en forma de prólogo de 94 kms. corona ya directamente al máximo, al único favorito?

Tadej batió por ¡nueve centésimas!, como en una carrera de atletismo de 100 metros, al británico Ethan Hayter (Soudal). Sólo ellos dos, y con los mismos minutos y segundos (10:57), bajaron de los 11 minutos. Joshua Tarling, en homenaje casi logrado a su hermano Finley, muerto en la Vuelta a Portugal, se había quedado a las puertas (11:01).

Pogacar ya viste de rojo. Probablemente, cederá el jersey un par de días, hasta la etapa de Andorra, el martes, que ya desde hoy se le ofrece, porque no cabe en la cabeza que otro la pueda ganar, a no ser que Pogi lo permita. El diminuto, opulento, apiñado, vertical y elitista Mónaco se postró ante uno de sus más ilustres vecinos. En las calles del Principado, en, prácticamente, el mismo circuito de la Fórmula 1, tan conocido en sus puntos más representativos, Pogacar puso entre él y los demás una diferencia más psicológica que cronométrica, porque en tan escaso kilometraje no es posible sacar una minutada. Pero, en términos relativos y equivalentes, es como si lo hubiera hecho. Podemos citar a Primoz Roglic (24º a 22″). A Matthias Skjelmose (7″ más que Roglic). A Enric Mas, bastante entonado, (11:30). A Sepp Kuss (11:42). A Felix Gall (11:43). A Richard Carapaz, la principal víctima (52º a 33″). De entre el resto de españoles, Iván Romeo marcó 11:15. Carlos Rodríguez fue el 34º a 27″.

Es la misma diferencia que navegar a vela o a motor. El sedoso murmullo de las bicicletas sustituyó al bronco rugido de los motores en un trayecto sinuoso, serpenteante, estrecho, técnico, incómodo, en el que era imposible mantener el ritmo durante mucho tiempo. Había que adaptarse y había que arriesgar. Pogacar lo hizo, seguramente sin necesidad, porque sobra terreno más adelante, quedan, por favor, 20 etapas. Pero su insaciabilidad, fruto del respeto supremo a su oficio, le impide escatimar esfuerzos si hay una victoria por delante. Ésta es la número 128 de su carrera, la vigésima del año.

La carrera se queda en Francia los dos próximos días y, después de Andorra, el cuarto, entrará en España, que recibirá a Pogacar con la admiración que merece. Ya no se separarán hasta Granada, donde todo es posible. Pero parece imposible que Pogacar no ilumine la Alhambra con el rojo fuego de una carrera que le ha estado esperando demasiado tiempo desde su primera aparición. Una España, una Vuelta que ya le está rindiendo homenaje, mientras, en reciprocidad, recibe el del corredor. Ambos han empezado a prestigiarse mutuamente, a volver a quererse desde que se conocieron. Ahora podemos llamarlo amor con todas las letras.

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