El esloveno se impone en la meta de Gavarnie-Géndre tras un demoledor ataque en el mítico puerto pirenaico. Recupera el liderato tras aventajar en más de dos minutos a Vingegaard Leer El esloveno se impone en la meta de Gavarnie-Géndre tras un demoledor ataque en el mítico puerto pirenaico. Recupera el liderato tras aventajar en más de dos minutos a Vingegaard Leer
La costumbre no resta épica. Es tan abrasadora la superioridad de Tadej Pogacar, tan inmensa su aura de ciclista que desafía los tiempos, que nada se le resiste. Su quinto Tour de Francia, su entrada al Olimpo donde le aguardan, bienvenido, Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain, puso su primera piedra en una ascensión que sólo pronunciarla conduce a la leyenda. En el Tourmalet se desató su furia, no un zarpazo esta vez, sino un ataque progresivo, hasta la cima en solitario desde esos muros al cruzar La Mongie, una bajada todavía más plena y los brazos en alto en el inédito desenlace de Gavarnie-Gèdre. Toda la belleza de los Pirineos a sus pies. Majestuoso. [Narración y clasificaciones]
Con todo por llegar aún, especialmente esa última semana de vértigo en los Alpes, la confirmación de la tendencia llegó en el capítulo uno. Sólo una desgracia en forma de caída o enfermedad puede frenar a Pogacar. Nadie está ni siquiera cerca, sus piernas como dos motores de un Fórmula 1. Las distancias no fueron sentencia, pero casi. Más de dos minutos y medio a Jonas Vingegaard -uno de los golpes más duros de su rivalidad-, el único enemigo que le derrotó en el pasado, tan lejos ya todo aquello. Tres al resto de mortales, los que lucharán por el podio, por el honor de compartirlo. Entre ellos Juan Ayuso, sin alardes pero sin flaquezas, de tú a tú con Remco Evenepoel, Florian Lipowitz, Isaac del Toro o el heredero Paul Seixas. Ciclistas mayúsculos, apenas hormigas ante el gigante esloveno sin embargo.
La primera gran prueba del Tour llegó nada menos que en el Tourmalet. Y no hay escenario más proclive a la leyenda, el puerto más subido, aquel que holló Octave Lapize en 1910 como una aventura prehistórica, la subida de los españoles y nadie como Bahamontes para honrarle. Por la vertiente de Sainte Marie de Campan, la trituradora en las rampas de La Mongie, el calor que aumenta el drama. El Aspin había sido el aperitivo, aunque ya los nervios hicieron que hasta en las primeras rampas del gran día pirenaico, nada más dejar atrás Lourdes, los líderes se movieran, implacable Pogacar a los movimientos de Jorgenson y el Visma. Ya a esas alturas se vio el padecer de Cian Uijtdebroeks, quien terminó, enfermo, abandonando. La maldición del Movistar.
El plan del UAE se desplegó de forma mecánica, como los procesos industriales de una gran factoría. Politt y su ritmo machacón casi de salida, después Wellens, que arremetió en las primeras rampas ya del Tourmalet -los franceses Lenny Martínez y Paret-Peintre habían coronado el Aspin con una pequeña ventaja-, más madera con Grossschartner, un kilómetro y medio de McNulty que dejó el grupo ya con los elegidos, tiritando; 500 metros de Adam Yates y, a falta de cinco, Del Toro como si lanzara a un sprinter y al cabo ya Tadej en solitario, pues Vingegaard optó por no cebarse, años de aprendizaje.
En ese instante, esas rampas constantes del 10%, la mística, el sopor y el público vibrante, todo patas arriba y cada uno encontrando, ahora sí, su lugar. Vingegaard rehaciéndose y arrimándose por un momento al arcoíris. Se vio a siete y ocho segundos, un espejismo. Se iba a dejar 25 segundos en la mítica cima y mucho más tras el descenso, una exhibición del esloveno a más de 100 kilómetros por hora. Ahí donde el efímero líder Torstein Traeen se dejó el amarillo en una mala caída.
Seixas, otro que fue de menos a más, el capítulo uno de su libro sobre el Tour, el francés llamado a reconquistarlo, junto a Lipowitz y Del Toro a menos de minuto y medio. Y otro grupito de elegidos con el bravo Ayuso, junto a Remco Evenepoel en el puerto que el año pasado le mando a casa, Skeljmose y Kuss, a menos de dos.
Todos se juntarían en la bajada y no se entenderían demasiado en las rampas, tendidas, hacia Gavarnie-Gèdre. Un decorado majestuoso, sublime, patrimonio mundial por la UNESCO, del que Victor Hugo escribió que era «el coliseo de la naturaleza»: «Es una montaña y un muro al mismo tiempo; es el edificio más misterioso del más misterioso de los arquitectos». Quien lo iba a desentrañar sino Pogacar, otro capítulo más de su grandeza, otro golpe a la historia del ciclismo.
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