Mientras las olas de calor se suceden con virulencia en Europa occidental amenazando ya con convertir al verano de 2026 en uno de los más mortíferos, el mar también está sufriendo episodios extremos. De hecho, buena parte del Mediterráneo vive este julio una fuerte ola de calor marina, con anomalías que superan los 3 tres grados Celsius, y que tiene impactos tanto en los seres humanos como en la biodiversidad.
El calentamiento del agua daña a especies clave como la posidonia y favorece la expansión de especies invasoras, además de favorecer las noches tórridas en la costa
Mientras las olas de calor se suceden con virulencia en Europa occidental amenazando ya con convertir al verano de 2026 en uno de los más mortíferos, el mar también está sufriendo episodios extremos. De hecho, buena parte del Mediterráneo vive este julio una fuerte ola de calor marina, con anomalías que superan los 3 tres grados Celsius, y que tiene impactos tanto en los seres humanos como en la biodiversidad.
Entre las zonas más afectadas destacan las aguas que rodean parte de España, el conocido como mar Balear. Es decir, los 56.000 kilómetros cuadrados de superficie marina entre Baleares, Barcelona, Tarragona, Castellón, Valencia y el norte de Alicante. Según los datos recopilados por el meteorólogo José Ángel Núñez, de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), esas aguas están en niveles récord desde abril. De hecho, estos abril y mayo, con 16,3 y 19,7 grados de temperatura media en la superficie marina respectivamente, fueron los abril y mayo más cálidos de la serie histórica del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo (conocido por sus siglas en inglés ECMWF), que arranca en 1941. Junio, con 24,2 grados, fue el segundo, solo superado por el del año pasado, que fue también extremo para esta zona del Mediterráneo.

Llama la atención la anomalía en estos tres últimos meses de 2026. Es decir, cómo se han desviado las temperaturas de lo normal: en abril, la anomalía fue de 1,1 grados respecto a la media del periodo 1991-2020, en mayo alcanzó los 1,8 grados y en junio ascendió hasta los 2,4 grados.
Este verano de 2026 continúa así la senda que ya dejó trazada el de 2025, que también estuvo marcado por las olas de calor marinas extremas en el Mediterráneo.
Núñez explica que 186 de los 187 días del año 2026 transcurridos hasta este martes “han tenido una temperatura superior a la media normal” en el mar Balear. “Solo el 4 de marzo fue unas centésimas más baja”, añade este experto. “Y de los 187 días, 25 han tenido una temperatura media de récord”.
No es una casualidad que las olas de calor en tierra firme y en el mar se superpongan. “El océano y la atmósfera son sistemas acoplados e intercambian calor”, sostiene Núñez. “Es normal que con un aire extremadamente cálido, como el de los últimos meses, la superficie del mar también esté muy cálida, aunque pueden intervenir otros factores, como cambios en la circulación que general que dan lugar a frecuencia mayor de vientos de levante frente a los ponientes, que enfrían el mar por afloramiento de aguas profundas”, relata.
Impactos dentro y fuera del mar
Que la temperatura del mar esté en niveles tan altos tiene consecuencias dentro y fuera del agua. Fuera, en las localidades costeras, hace que las noches se vuelvan más tórridas porque las brisas que se generan por el contraste entre el mar y la tierra se vuelven más débiles.
Además, que el agua esté más caliente tiene efectos sobre el aumento del nivel del mar debido a la expansión térmica, algo que ya está ocurriendo en las costas españolas. Como explica Núñez, “en el promedio nacional, el nivel del mar está subiendo a una media de 3 milímetros al año, algo más de 10 centímetros desde 1993″, cuando arrancan las mediciones por satélite. “Puede parecer poco, pero un aumento de 10 centímetro en playas llanas, como son muchas de las de nuestro territorio, implica un retroceso de hasta 10 metros de línea de costa de media”, añade.
Bajo el agua, las olas de calor son también devastadoras para muchas especies. Las praderas de Posidonia oceanica —planta endémica del Mediterráneo y pilar de sus ecosistemas— están experimentando un declive acelerado. Ya se han producido mortandades de esta especie que forma bosques submarinos, protege de la erosión costera, filtra el agua, es refugio de una gran cantidad de especies, además de atrapar el dióxido de carbono y evitando así que aumente el calentamiento global.
Un estudio liderado por Joaquim Garrabou, investigador del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), sobre el impacto de las olas de calor marinas en el Mediterráneo documentó un aumento de la mortalidad de los brotes de la planta y una pérdida de densidad en las praderas. La investigación también registró un aumento de la mortalidad en otras especies como gorgonias, corales, esponjas y bivalvos, lo que evidencia el impacto generalizado del calentamiento del mar sobre la biodiversidad.
Pero el daño de las altas temperaturas en la posidonia no se limita a los episodios de olas de calor. Un nuevo estudio del Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos concluye que aguantar el estrés térmico de forma crónica puede deteriorar y fragmentar estas praderas. El estudio de imágenes por satélite de diversas regiones del Mediterráneo mostró un patrón que consideran “alarmante”. Las zonas de posidonia sometidas a un alto estrés térmico acumulado ―en las costas sur y este de la cuenca― presentan una reducción de la cobertura superior al 40% comparándolas con praderas que soportan menos calor.
Fiona Tomás, investigadora del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA-CSIC), aporta otra evidencia del estrés que sufre la posidonia. En sus últimos estudios han detectado un fenómeno poco habitual: una floración masiva en todo el Mediterráneo. “Lo interpretamos como una respuesta al estrés térmico. La planta florece para intentar reproducirse, aumentar su diversidad genética, expandirse y que sus posibilidades de supervivencia sean mayores frente a unas condiciones ambientales cada vez más adversas”.
El aumento de la temperatura del mar también favorece la llegada de nuevas especies. “Algunas se establecen en nuestras costas porque encuentran unas condiciones cada vez más favorables como consecuencia del proceso de tropicalización que está experimentando el Mediterráneo”, explica José Carlos Baeza, investigador del Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC).
En un estudio reciente su equipo identificó 23 especies de peces cuya presencia en aguas españolas era hasta ahora excepcional. Entre ellas figuran dos especies de peces conejo en el mar de Alborán (en el entorno del Estrecho de Gibraltar), que preocupan especialmente porque consumen grandes grandes cantidades de macroalgas. De momento, no se han asentado. Sin embargo, están muy establecidas en el Mediterráneo oriental —Grecia, Chipre, Turquía, Líbano o Israel— y continúan expandiéndose hacia el oeste.
De forma general, se están produciendo dos grandes movimientos: uno de sur hacia el norte y otra de este a oeste. En el primero, las especies nativas del Mediterráneo, de aguas cálidas, se mueven hacia la zona norte debido a que se está calentando. En el otro movimiento –de este a oeste— llegan las especies tropicales que entran por el canal de Suez, y vienen que del mar Rojo y del Índico, que ahora encuentran buena temperatura. Como el pez león, voraz, territorial y venenoso, que entró por el canal de Suez, y que ha alcanzado las costas de Sicilia. En España solo existe una cita en la zona del mar de Alborán.
También hay a especies a las que les va bien el calor, como a la tortuga boba, que ha comenzado anidar en las costas españolas por el incremento de la temperatura. Pero si la arena está a demasiados grados, solo nacen hembras. Algunas de las especies invasoras que están causando graves problemas, como el cangrejo azul, autóctono del Atlántico occidental o el alga Rugulopterix okumarae, se ven favorecidas por el cambio climático. Esta última crece también en la posidonia y aunque no acaban con la planta, al menos a corto plazo, arrasan con toda la rica comunidad asociada a estos hábitats.
“Todavía queda mucho por saber, porque las olas de calor marinas se comenzaron a estudiar hace una década”, explica Ananda Pascual, investigadora Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA-CSIC). En ello están, estudiando como se difunden las olas de calor y como afectan a niveles más profundos.
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