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Si Colin Chapman hubiese podido ver la Fórmula 1 del siglo XXI, con la enorme complejidad de sus coches y de la propia competición, probablemente habría tirado su título de ingeniero a la basura para dedicarse a cultivar alcachofas en el sur de Inglaterra. Su lema era «simplifica y aligera». Justo lo contrario de la Fórmula 1 actual, cuyos coches han engordado más de 200 kilos desde la época de Chapman.
Otro de los grandes técnicos de la historia, Gordon Murray, sostenía que los coches modernos estaban empeorando. El verdadero progreso debía llegar reduciendo la masa y la complejidad, no enmascarando los problemas de diseño a base de software. Tanto Chapman como Murray soñaban con una Fórmula 1 pura, simple, sin aditivos; una competición de tecnología, pero también de seres humanos inteligentes, valientes, ingeniosos y atrevidos.
Los coches de 2026 están en las antípodas de todo eso. Son tan esperpénticamente sofisticados que nadie los entiende. Los aficionados no comprenden lo que sucede en la pista, y los periodistas no somos capaces de explicar por qué un coche adelanta a otro. Es imposible saber si es cosa de la aerodinámica, de la degradación, de la carga de la batería o de los megajulios disponibles.
Los pilotos se desesperan cuando pisan el acelerador y los mapas de gestión de energía deciden llevarles la contraria, o cuando cometen un error y los sistemas de posicionamiento GPS y los mapas eléctricos entran en colapso y cambian la configuración. Son coches gobernados por un software complejo que recurre a la inteligencia artificial para mejorar, capaz de aprender sobre la marcha… pero también de equivocarse.
Lo que vimos en la vuelta de formación del Gran Premio de Baréin —en Malasia— fue el mayor esperpento que recuerdo. Coches que dejaban de acelerar, que se detenían, que no obedecían las órdenes de los seres humanos que supuestamente los controlan. Ni siquiera el ejército de ingenieros de cada equipo fue capaz de deshacer el entuerto.
Coches con una vuelta perdida antes de empezar la carrera, tirones, monoplazas aparcados a un lado y caras de estupefacción en las gradas y en los hogares de todo el mundo. Nadie entendía qué estaba pasando. Y, en el fondo, no pasaba nada: simplemente se confirmaba que hemos llegado demasiado lejos. Hora y media de retraso y, para zanjar el bochorno, borrón y cuenta nueva. ¡Volvemos a empezar! Ni una sola explicación hasta que terminó la carrera, cuando la FIA reconoció un error de software provocado por la lluvia, por una velocidad inusual de los coches y por un fallo en los sectores que controlan los límites de potencia repartidos por el circuito. La tecnología devoró a la tecnología, para vergüenza de todos.
Creo que fue un aviso. La señal de que nos estamos alejando de lo comprensible, de lo manejable, de lo descifrable. Una Fórmula 1 tan compleja solo genera confusión, y no hace ninguna falta para que las carreras sean divertidas. El objetivo no debería ser complicar la tecnología hasta hacerla incomprensible, sino simplificarla para que sean los seres humanos con más talento quienes dominen la máquina y sean más rápidos que el resto. Y evitar justo lo contrario: que la eficiencia —o la deficiencia— de un coche condene a los mejores a arrastrarse por resultados mediocres.
Ayer, después del patético espectáculo de la salida, el dios del deporte quiso compensar la vergüenza con un final apoteósico. Ganó Max Verstappen, su primera victoria del año, porque hasta ahora su coche había sido demasiado imperfecto para vencer. Fernando Alonso terminó octavo, su mejor resultado de la temporada, porque su coche funcionó en Sepang mejor que en los catorce circuitos anteriores. Sus carencias fueron menos evidentes y el talento del piloto pudo compensarlas.
Max y Fernando han sido y serán siempre los mismos, pero su suerte dependerá de un software, de unos puntos de carga aerodinámica, de una gestión eficiente de la energía, de un mapa eléctrico o de la lucidez o la torpeza de su legión de ingenieros. Da igual que seas bueno, muy bueno, genial o divino, la tecnología tendrá siempre la última palabra. Puede que la Fórmula 1 siempre haya sido así, pero para mí será siempre un desperdicio de talento y una devaluación del espectáculo. Como decía Chapman, «lo sencillo, siempre es mejor».
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