Taiwán activa la punta de lanza de la estrategia del «puercoespín»

El ejército taiwanés está inmerso en sus maniobras militares anuales, centradas en ensayar la defensa de la isla frente a un hipotético desembarco de China Leer El ejército taiwanés está inmerso en sus maniobras militares anuales, centradas en ensayar la defensa de la isla frente a un hipotético desembarco de China Leer  

Las primeras luces del amanecer apenas iluminaban las playas de la costa occidental de Taiwán cuando los infantes de marina comenzaron a desplegarse entre diques, espigones y carreteras costeras. A pocos kilómetros, vehículos anfibios avanzaban hacia la arena mientras los operadores de drones buscaban posiciones desde las que vigilar el horizonte. Sobre el papel, el enemigo todavía estaba a 130 kilómetros de distancia, al otro lado del estrecho. Pero, para los soldados taiwaneses, la batalla ya había comenzado.

El estreno durante esta semana del nuevo Comando de Operaciones Litorales en las maniobras Han Kuang, los mayores ejercicios militares anuales de la isla, representa la puesta en marcha de la pieza más importante de la llamada estrategia del «puercoespín», la doctrina -popularizada en la guerra de Ucrania– con la que Taipéi pretende convencer a Pekín de que una invasión sería tan costosa que quizá nunca merezca la pena intentarla.

La activación del nuevo mando coincide además con una escalada de la presión militar china. Antes del inicio de las maniobras, el Ejército Popular de Liberación (EPL) desplegó 21 aviones de combate y nueve buques de guerra alrededor de la isla. Pekín llama a este movimiento la «patrulla de preparación para el combate», la vigésima de este tipo en lo que va de año. En los últimos meses, los militares chinos han convertido estas operaciones casi en una rutina, alternando grandes ejercicios de cerco con incursiones aéreas y navales destinadas a desgastar psicológicamente a Taiwán y a acostumbrar a sus fuerzas armadas a una presión permanente.

En Taipéi son conscientes de que no pueden competir con el gigantesco poder militar chino. Eso se asumió hace mucho tiempo. El objetivo de sus maniobras militares no se centra en derrotar al ejército de la superpotencia asiática en un enfrentamiento convencional, sino en transformar cualquier intento de invasión en una pesadilla logística. Como un puercoespín frente a un depredador mucho más grande.

Este animal se ha convertido en la mejor metáfora de la nueva doctrina defensiva taiwanesa. El puercoespín nunca vence por fuerza bruta. Sobrevive porque atacarlo resulta demasiado doloroso. Esa misma lógica impregna ahora toda la planificación militar de la isla, reforzada además tras estudiar con detalle las lecciones que dejó la resistencia ucraniana frente a Rusia.

En el centro de esa estrategia aparece el recién creado Comando de Operaciones Litorales, concebido para impedir que, en una hipotética invasión, las primeras tropas chinas nunca logren tomar tierra. Mientras la Armada intenta frenar la flota de invasión mar adentro y la Fuerza Aérea combate por mantener abierto el espacio aéreo, las unidades del nuevo mando se despliegan a lo largo de las principales playas, puertos e infraestructuras costeras para convertir el litoral en una enorme trampa.

El plan es que si los primeros embistes chinos consiguen desembarcar, serán precisamente estos marines quienes deberán lanzar contraataques rápidos antes de que puedan introducir carros de combate y artillería pesada. También mantienen presencia permanente en las islas más expuestas del estrecho (Kinmen, Matsu y Penghu), puestos avanzados situados a escasos kilómetros de la costa continental china.

Durante décadas, los marines taiwaneses se preparaban para grandes batallas convencionales. Ahora entrenan para combatir en pequeños grupos extremadamente móviles, capaces de cambiar continuamente de posición, ocultarse entre zonas montañosas y atacar mediante emboscadas.

Su arsenal también refleja esa transformación. Los antiguos vehículos anfibios estadounidenses AAV-7 siguen transportando tropas, pero el peso de la defensa recae cada vez más sobre misiles antibuque ocultos en refugios, minas navales, armas anticarro portátiles, morteros ligeros, sistemas antiaéreos de corto alcance y, sobre todo, enjambres de drones de reconocimiento y ataque.

No se trata de destruir toda la flota china. Basta con convertir cada playa potencial de desembarco en un lugar tan peligroso que la operación deje de ser asumible. Y este es el planteamiento que recorre los 10 días de maniobras durante este agosto.

En la presente edición se movilizarán a unos 20.000 reservistas. El Ministerio de Defensa de Taiwán ha informado que los ejercicios incluyen también simulaciones para romper un hipotético bloqueo naval chino, el traslado de arsenales estratégicos, la movilización de industrias civiles, la protección de infraestructuras críticas y, por primera vez, la ralentización deliberada de la red móvil en determinadas zonas para comprobar cómo responderían tanto el ejército como la población si el EPL atacara los cables submarinos que conectan la isla con el exterior.

La experiencia de Ucrania aparece constantemente en este tipo de maniobras. Taiwán ha incorporado el empleo masivo de drones baratos que hagan al oponente gastar costosos misiles de precisión. También se han estrenado nuevos procedimientos de mando inspirados en el modelo estadounidense. Frente a la posibilidad de que un ataque chinoinutilice los centros de comunicaciones, los oficiales subalternos reciben instrucciones que deben repetir inmediatamente a sus superiores para confirmar que la misión ha sido comprendida correctamente. La filosofía consiste en descentralizar las decisiones y permitir que las unidades continúen combatiendo incluso si los mandos superiores quedan aislados.

El ministro de Defensa, Wellington Koo, resumió con claridad el objetivo de las maniobras: garantizar que una invasión a gran escala «fracase». No habla de vencer a China. Habla de impedir que logre sus objetivos. Ese matiz resulta fundamental.

La supervivencia de Taiwán ha descansado tradicionalmente sobre la posibilidad de una intervención militar estadounidense. Sin embargo, las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, asegurando que no estaba dispuesto a recorrer «9.500 millas para librar una guerra», han reforzado dentro de la isla una idea que ya venía ganando fuerza: si llega el peor escenario, Taiwán tendrá que ser capaz de resistir por sí sola durante el mayor tiempo posible.

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