Un mago como Juan Tamariz puede desaparecer de la vista pero, como sus insuperables trucos de cartas, nunca se sabe del todo qué ha hecho en realidad. Esta vez no es un truco, sin embargo. Tampoco un juego de manos de los suyos, sorprendentes, imprevisibles, admirados en todo el mundo. La familia del gran ilusionista ha anunciado su muerte a los 83 años. “Con inmensa tristeza, me despido de mi padre Juan Tamariz, una persona increíble, muy querida y admirada por todos”, ha escrito su hija Ana en una sentida nota pública.
El ilusionista, fallecido a los 83 años, más que un virtuoso del truco era un director de cine de la percepción
Un mago como Juan Tamariz puede desaparecer de la vista pero, como sus insuperables trucos de cartas, nunca se sabe del todo qué ha hecho en realidad. Esta vez no es un truco, sin embargo. Tampoco un juego de manos de los suyos, sorprendentes, imprevisibles, admirados en todo el mundo. La familia del gran ilusionista ha anunciado su muerte a los 83 años. “Con inmensa tristeza, me despido de mi padre Juan Tamariz, una persona increíble, muy querida y admirada por todos”, ha escrito su hija Ana en una sentida nota pública.
Efectivamente, Juan Tamariz ha sido una persona admirada y querida, y su recuerdo, siempre sazonado de humor, como todo lo que hacía el gran mago, será difícil de borrar. Nacido en Madrid en 1942, su primera vocación fue la ciencia: estudió Física. Pero pronto sustituyó el deseo de profundizar en la realidad de las cosas por el de descubrir la magia que se esconde detrás de ellas. Primero buscó esa magia en el cine.
Como mago, no hacía desaparecer las cartas: conseguía que pareciera que la realidad había cambiado
A finales de los años sesenta ingresó en la Escuela Oficial de Cine de Madrid, pero no llegó a terminar los estudios: el Gobierno clausuró la escuela en 1970. Antes había dirigido dos cortometrajes, Muerte S.A. (1967), del que también fue guionista, y El espíritu (1969), donde apareció por primera vez en el cine Carmen Maura.
Su paso por el séptimo arte no fue una experiencia en balde. Tamariz parecía haber entendido algo que Hitchcock había convertido en una de las claves de su cine: el suspense empieza antes de que ocurra el acontecimiento. El espectador no solo mira; sabe cosas, cree saber otras y, sobre todo, desconoce hasta qué punto está siendo conducido. Ese era Tamariz con las cartas en la mano. Siempre sabía qué estaba viendo el público, guiaba su mirada, administraba la información, creaba expectativas y las hacía estallar en el momento preciso. Más que un virtuoso del truco era un director de cine de la percepción. Su arte, en la magia de proximidad, empezó a trabajarlo muy pronto. Cuenta la leyenda que se enamoró de la magia a los cuatro años, después de asistir con sus padres a un espectáculo infantil. A los 16 quiso ingresar en la Sociedad Española de Ilusionismo. No pudo hacerlo hasta los 18, aunque la edad mínima era de veinte: sus examinadores intuyeron que aquel muchacho tenía algo especial.
El reconocimiento profesional, sin embargo, tardaría en llegar. Pasó por la televisión y alcanzó una enorme popularidad como Don Estrecho, uno de los jueces del Un, dos, tres… responda otra vez. En 1977 abandonó el programa para dedicarse por completo a la magia, aunque nunca dejó del todo la televisión. Sus apariciones posteriores siempre fueron una fiesta: un hombre desbordante, divertido, aparentemente caótico, que conseguía que el público participara en sus juegos mientras él parecía improvisarlo todo.
Tamariz no fue solamente un extraordinario ejecutante. También fue un pensador de la magia. Escribió libros que se convirtieron en referencia para varias generaciones de magos donde desarrolló una auténtica teoría del engaño. Le interesaba tanto el mecanismo secreto del truco como su percepción. Como mago, no hacía desaparecer las cartas: conseguía que pareciera que la realidad había cambiado. Ahí estaba su verdadera grandeza. Sabía que la magia no ocurre en las manos del mago sino en la cabeza del espectador.
Por eso exigía, más que pedía, nuestra participación. Nosotros elegíamos una carta, mirábamos, recordábamos, confiábamos. Nuestra propia percepción trabajaba contra nosotros. De esta manera, llenó teatros de Tokio a París, de Nueva York a Singapur. En Barcelona, cuando venía, conseguir una entrada era casi una operación de magia. Con Tamariz, todo parecía improvisado, pero todo estaba medido hasta el milímetro. No hacía desaparecer las cartas. Hacía desaparecer, durante unos segundos, nuestras certezas. ¡Tachaaan!
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