Barcelona está acostumbrada a recibir a grandes estrellas internacionales de la música, de Springsteen a Madonna, los Stones, Coldplay o Bad Bunny, todos con su consiguiente pompa y parafernalia. Pero la ciudad lo está mucho menos a que estas figuras rutilantes lleguen en moto desde su casa, como bien podría haber hecho este lunes por la noche Rosalía, catalana e internacional, en el primer concierto de la gira Lux en Barcelona, su Barcelona, que la abrazó con toda su luz.
La catalana conquista el Palau Sant Jordi en la primera noche del tour ‘Lux’
Barcelona está acostumbrada a recibir a grandes estrellas internacionales de la música, de Springsteen a Madonna, los Stones, Coldplay o Bad Bunny, todos con su consiguiente pompa y parafernalia. Pero la ciudad lo está mucho menos a que estas figuras rutilantes lleguen en moto desde su casa, como bien podría haber hecho este lunes por la noche Rosalía, catalana e internacional, en el primer concierto de la gira Lux en Barcelona, su Barcelona, que la abrazó con toda su luz.
Una legión de monjas, novias, faldas de volantes, anillos dorados en la coronilla, abrigos de pelo blanco y demás uniformes albinos esperaba en el Palau Sant Jordi para asistir a uno de los conciertos más esperados, analizados, grabados y por supuesto criticados de los que se han celebrado en los últimos años en la ciudad.
Lágrimas
“Cantar en tu ciudad es la experiencia más gratificante que puedes vivir”
Desde la preventa de entradas con prioridad para los clientes de un banco, hasta el veto a los fotoperiodistas en todos los conciertos de la gira (este lunes la organización mandó sus propias fotos a mitad del concierto), Rosalía ha sido criticada como sólo puede serlo una artista local, olvidando que para brillar como ella ha logrado es necesario pagar el mismo precio que otros han pagado antes sin tanta crítica.
Pero las quejas quedaron esta noche en la puerta, conjuradas por los 18.000 asistentes a la primera de las cuatro noches (todas con las entradas vendidas desde hace meses), que congregó entre otros rostros conocidos a Andreu Buenafuente y Sílvia Abril, la directora Carla Simón, los músicos Alizzz y Amaia, el actor Àngel Llàcer o el periodista y empresario Jordi Sellas. Personajes que buena parte del público se entretuvo con buen humor general a buscar y retratar mientras hacían tiempo para el inicio del concierto a las 21 horas, 30 minutos más tarde de lo programado.
Catalán
La letra de las canciones pudo leerse en catalán en una pantalla sobre el escenario
Todo se olvidó cuando arrancó el show que, en el mes que lleva de gira, ha logrado más que buenas críticas y admiración por su originalidad en la puesta en escena. Movimientos de cámara rompedores, coreografías vanguardistas con la firma del colectivo La Horde y el griego Dimitris Papaioannou, y guiños al público como el ya conocido confesionario (fuera dudas, este lunes le tocó el turno a la actriz Yolanda Ramos) confeccionaron un hábito musical, que no clerical, con sutiles referencias religiosas y más de una sorpresa.
Y es que “aquesta nit no és qualsevol nit” como dijo en catalán la protagonista, emocionada hasta la lágrima. “Hoy creo que el corazón me iba a mil antes de empezar”, había explicado poco antes recordando una anécdota de Peret, porque “cantar en tu ciudad es la experiencia más gratificante que puedes vivir, y también la que más te impone”, continuó, siempre en catalán. “Porque es el lugar que te ha visto crecer, el que te confronta con quien eras y quien eres, el lugar donde no puedes huir de ti”.
Moda
La ropa blanca abundó entre el público, desde trajes de monja a vestidos de novia
La primera de estas sorpresas para quienes no supieran nada de esta gira Lux fue la ubicación de la orquesta en el centro de la pista, en un hueco con forma de cruz donde se alojó la veintena de miembros de la Heritage Orchestra. Suya fue esta noche casi toda la música instrumental, ahorrando la crítica que le cayó a la artista cuando presentó Motomami por actuar sin banda sobre el escenario.
No fue así este lunes en un espectáculo de excesos bien distribuidos para que durante las casi dos horas de show siempre sucediera algo, y algo interesante. Sobre todo lo que pasó fue Lux, el nuevo disco de la catalana del que sonaron 15 temas y que guiaron una actuación donde, como viene siendo habitual en los conciertos de la catalana, también hubo algo de Motomami, una pizca de Los ángeles y nada de nada de El mal querer, ni siquiera la Malamente que la encumbró.
Reina antes que virgen
Rosalía dominó el Sant Jordi como Mona Lisa, Venus de Milo o Ava Gardner
Casi todo sucedió en un escenario semicircular donde, a la manera de los teatros líricos, el suelo era de madera pulida y una pantalla en la parte superior permitía leer la letra de las canciones, este lunes por la noche sobreimpresas en catalán (indicando el idioma original entre paréntesis). Allí apareció Rosalía, salida de una caja de madera para cantar Sexo, violencia y llantas traducida como “primer estimaré el món, i després estimaré Déu”, como pudo leerse en el Sant Jordi.
Fue el primer guiño al público local antes de que Reliquia provocara un éxtasis anunciado con “por ahí por Barcelona”, primero de muchos por parte de un público que lo aclamó todo desde el primer momento, cuando una Rosalía vestida de bailarina para dar puntas de ballet mientras cantaba en catalán en Divinize (con un fragmento de Thank you, de Dido) para seguir con Mio cristo piange diamanti con una intensidad que ni siquiera pudo rebajar el subsiguiente vídeo humorístico de los bailarines de la gira.
Orquesta
Cuerdas, vientos y cajón flamenco aportaron nueva sonoridad a los temas
Berghain, locura oscura acabada en hard techno, enervó de nuevo la noche y el Sant Jordi coreó “Saoko, papi, saoko” cuando lo mandó Rosalía, que este lunes fue reina hechicera más que santa indulgente, ya fuera meciéndose con la bachata de La fama o dando toda su voz en la versión tan saetera de El redentor que emana de la orquesta dirigida por Yudania Gómez. Y fue la Mona Lisa con Montserrat de fondo en Can’t take my eyes off you, la Venus de Milo (o Ava Gardner, como gusten) en La perla, después de que Yolanda Ramos crucificara durante 10 minutos a un ex, para más señas músico del Taller de Músics, donde estudió la Rosalía, y de donde proviene el pianista Llorenç Barceló, que la acompañó en Sauvignon Blanc.
“¡Y guapa, y reina!” gritaba el público con Rosalía en mitad de la pista, reclamando ayuda para cantar La rumba del perdón. Besos y abrazos la acompañaron hasta allí, incluido el de un abuelo con boina y gafas que la esperaba en primera fila, o el de una niña de 13 años que acudía por primera vez a un concierto.
Cruces
La presencia del símbolo cristiano fue discreta pero evidente a lo largo del concierto
Todos parecían bailar con CUUUUUuuuuute en una versión de carga electrónica –un altavoz que echaba humo se balanceaba sobre la orquesta como un Botafumeiro– y sobre todo con Bizcochito y Despechao, últimos fogonazos con Rosalía vestida de ángel, dispuesta a alcanzar el cielo después de fallecer musicalmente con la interpretación de Magnolias arrodillada, sola sobre el escenario, dejando que la luz la absorbiera entre el coro grabado de la Escolania de Montserrat y el real, directo, del público que disfrutó de su estrella orgulloso de que sea catalana e internacional.
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