‘Pruebas sin corregir’ (Seix Barral/Edicions 62), del italiano Stefano Bartezzaghi, tiene 100 capítulos y en cada capítulo hay 10 erratas. La manera de resolver el misterio de esta novela es corregirlas todas. El narrador es un corrector de pruebas que trabaja en una pequeña editorial y que ha dejado erratas en estas páginas. Erratas que no son casuales, sino que nos proporcionan la clave para resolver un crimen: la muerte de Niccolò Errante, célebre escritor con quien el narrador colaboró durante muchos años. Aunque la policía enseguida archiva el caso al considerarlo un suicidio, nuestro protagonista está convencido de que fue obra de alguien de su entorno cercano y está dispuesto a darnos todas las herramientas para desvelar el misterio.
El italiano Stefano Bartezzaghi publica ‘Pruebas sin corregir’, una novela-juego plagada de referencias literarias
‘Pruebas sin corregir’ (Seix Barral/Edicions 62), del italiano Stefano Bartezzaghi, tiene 100 capítulos y en cada capítulo hay 10 erratas. La manera de resolver el misterio de esta novela es corregirlas todas. El narrador es un corrector de pruebas que trabaja en una pequeña editorial y que ha dejado erratas en estas páginas. Erratas que no son casuales, sino que nos proporcionan la clave para resolver un crimen: la muerte de Niccolò Errante, célebre escritor con quien el narrador colaboró durante muchos años. Aunque la policía enseguida archiva el caso al considerarlo un suicidio, nuestro protagonista está convencido de que fue obra de alguien de su entorno cercano y está dispuesto a darnos todas las herramientas para desvelar el misterio.
Stefano Bartezzaghi
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«Las erratas son tan útiles y necesarios como el pan, y a menudo incluso hasta bonitas», decía Gianni Rodari.
Tengo la sensación de que el gran autor y pedagogo suizo no trabajó nunca como corrector de pruebas. Estoy convencido de que, si hubiese dedicado los mejores años de su vida a corregir errores de escritores malísimos mucho mejor pagados que él, mi relación con las erratas no habría sido tan idilica.
Me paso media semana corrigiendo erratas en el segundo piso del edificio modernista donde tiene su sede Ursula, la editorial en la que trabajo a media jornada, y la otra media corrigiendo erratas en el apartamento de veintitres metros cuadrados donde vivo, como autónomo.
El total de mis sudores laborales genera unos ingresos de unos 1.600 euros mensuales de media que, segundo se mire y una vez añadidos impuestos, alquiler, gastos, transporte y bienes de primera necesidad, apenas me permiten ya no digo vivir, si no sobrevivir en esta acojedora y tan humana ciudad llamada Milán.
¿Sabéis cuál es el único error que un corrector de pruebas nunca sabe cómo emmendar? El trabajo que ha elegido.
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Compruebe si ha detectado correctamente las erratas aquí.
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