Parto en el avión

Durante los dos años que he pasado en Nueva York me he preguntado por qué no escribía sobre ella, la ciudad de la que todos escriben. En contra a mi naturaleza, aquí me he entregado a la vida y no a la escritura. No a cualquier vida, sino a la de quienes desean conocer y no simplemente pasar por los sitios que pisan. Aquí me he enamorado, me he equivocado, he trabajado, he estallado de emoción y he mordido el polvo. He resucitado y he formado un hogar.

Seguir leyendo…

 Durante los dos años que he pasado en Nueva York me he preguntado por qué no escribía sobre ella, la ciudad de la que todos escriben. En contra a mi naturaleza, aquí me he entregado a la vida y no a la escritura. No a cualquier vida, sino a la de quienes desean conocer y no simplemente pasar por los sitios que pisan. Aquí me he enamorado, me he equivocado, he trabajado, he estallado de emoción y he mordido el polvo. He resucitado y he formado un hogar.Seguir leyendo…  

Durante los dos años que he pasado en Nueva York me he preguntado por qué no escribía sobre ella, la ciudad de la que todos escriben. En contra a mi naturaleza, aquí me he entregado a la vida y no a la escritura. No a cualquier vida, sino a la de quienes desean conocer y no simplemente pasar por los sitios que pisan. Aquí me he enamorado, me he equivocado, he trabajado, he estallado de emoción y he mordido el polvo. He resucitado y he formado un hogar.

Baños de sol en el Central Park de Nueva York 
Baños de sol en el Central Park de Nueva York Adam Gray / Ap-LaPresse

Todos estos meses, durante los cuales me lamentaba de no estar, como de costumbre, sumergida en la escritura de un libro, he estado inmersa en lo que precede a la escritura: una transformación paciente, difícil y necesaria. No porque uno luego escriba sobre ella. Sino porque quien escribe lo hace cuando algo ha cambiado de verdad. Algo que aún no se puede nombrar, pero que empieza a perfilarse y busca un lenguaje nuevo, a punto de nacer.

No se puede perder lo que nunca nos perteneció, pero, si algo te ha pertenecido, es tuyo para siempre

Estoy en el avión de vuelta a casa, pasaré el verano en España, y es la primera vez que siento un vacío –en vez de alivio profundo– al alejarme de Nueva York. No es ningún hallazgo que los sitios que nos han visto caernos y levantarnos nunca nos abandonan, pero esta sensación yo solo la había tenido con personas, no con lugares. Ahora me doy cuenta de que solo se siente este desgarro al alejarse de una ciudad cuando el apego a ella ha sido frontal, hondo y nada cauteloso.

No se puede perder lo que nunca nos perteneció, no, pero cuando alguien o algo te ha pertenecido, es tuyo para siempre. Su falta es su presencia. Además, quien vuelve a escribir tras una época de vivencias intensas –de descensos a los infiernos y escaladas al Everest– ya no es el de antes, el que creía saber lo que tenía que contar. Ahora es una criatura nueva, conformada por su nuevo entorno, transfigurada e irreconocible.

Clarice Lispector, autora de lo familiar que nos resulta siniestro y lo siniestro que nos resulta familiar, escribió un cuento titulado La legión extranjera . En él, narra la surrealista metamorfosis de una niña pequeña que se convierte en un pollito. Parece un relato infantil, sin embargo es una meditación filosófica. En él, la narradora observa a la niña que se transforma, y dice: “Hasta entonces nunca había visto el coraje. El coraje de ser el otro que se es, el de nacer del propio parto, y el de abandonar en el suelo el cuerpo antiguo”.

Tal vez ésta sea la dolorosa alegría del “propio parto”. Es un dolor físico porque es una transformación física. Como las serpientes, nosotros también mudamos de piel, pero no dejamos rastro. El único rastro es la escritura, después.

Etiquetas

 Cultura

Te Puede Interesar