Al anochecer, cuando el cielo se vestía con tules rojizos y azafrán, decenas de góndolas y lanchas motoras surcaban las aguas del Gran Canal, como en una veduta de Canaletto, con rumbo al palacio de Labia, donde iba a celebrarse el baile del siglo, Le Bal Oriental, “la última fiesta de Europa”, según la definió Paul Morand. Venecia se echó a la calle –es un decir–, a los balcones y los puentes, para vitorear la cabalgata acuática de los 900 invitados, una amalgama de celebridades de Hollywood, la antigua nobleza europea y la aristocracia del dinero amasado en la segunda posguerra. Los medios también enloquecieron: los fotógrafos Cecil Beaton y Robert Doisneau cubrieron aquellos fastos delirantes para la revista Vogue.
Carlos de Beistegui, millonario de origen vasco, organizó un carnaval en verano para celebrar la restauración del ‘palazzo’ Labia
Al anochecer, cuando el cielo se vestía con tules rojizos y azafrán, decenas de góndolas y lanchas motoras surcaban las aguas del Gran Canal, como en una veduta de Canaletto, con rumbo al palacio de Labia, donde iba a celebrarse el baile del siglo, Le Bal Oriental, “la última fiesta de Europa”, según la definió Paul Morand. Venecia se echó a la calle –es un decir–, a los balcones y los puentes, para vitorear la cabalgata acuática de los 900 invitados, una amalgama de celebridades de Hollywood, la antigua nobleza europea y la aristocracia del dinero amasado en la segunda posguerra. Los medios también enloquecieron: los fotógrafos Cecil Beaton y Robert Doisneau cubrieron aquellos fastos delirantes para la revista Vogue.
Al final de una escalinata de mármol, el anfitrión los aguardaba con una larga peluca de rizos empolvados y una túnica escarlata, ataviado como el procurador de Venecia en tiempos de la Serenísima; unos coturnos le regalaban 40 centímetros adicionales de altura. Tenía una mirada fría, de un azul muy profundo. ¿Quién era el artífice de semejante extravagancia? Pues nada menos que Carlos de Beistegui y de Yturbe (París, 1895 – 1970), un multimillonario de origen vasco, un esteta cosmopolita, un dandi excéntrico, un diseñador de interiores culto y derrochador, una leyenda con fama de arisco. Tuvo muchas novias y amoríos (“se decía que era tan perfeccionista que las prefería duquesas”, apostilla con sorna Jean-Louis de Faucigny-Lucinge en el libro Fêtes mémorables, bals costumés 1922-1972. Los ancestros del exquisito coleccionista de arte habían abandonado Arrasate para recalar en México, donde acumularon una millonada gracias a las minas de plata. La familia emigró a Francia tras la ejecución del emperador Maximiliano, en 1867.
Grandes modistos como Cardin, Ricci, Dior y Balenciaga diseñaron los disfraces
Beistegui –Charlie para los amigos, “español de nacionalidad, francés de afinidad, inglés por admiración”– adquirió en 1948 el palazzo Labia, su capricho veneciano junto al canal de Cannaregio, con el propósito de restituirle el esplendor original. Compró muebles de época y restauró a conciencia el edificio, incluido el ciclo de frescos de Giambattista Tiepolo, con la historia de Antonio y Cleopatra, que decora el monumental salón de baile. Concluidas las obras, tres años después, quiso celebrarlo por todo lo alto con la fiesta de todas las fiestas, un baile de disfraces que había de recrear la Venecia dieciochesca, el espíritu burlón de Casanova y los óleos costumbristas de Pietro Longhi. Las invitaciones al evento, celebrado el 3 de septiembre de 1951, se enviaron con seis meses de antelación para que los concurrentes tuviesen tiempo de encargar sus disfraces a los ateliers de costura más reputados: Pierre Cardin, Christian Dior, Nina Ricci, Cristóbal Balenciaga.
La princesa Elizabeth Chavchavadze –la llamaban Cha Cha para sortearle el apellido georgiano– arribó en una góndola con dosel carmesí, sus dos galgos en la proa con collares de pedrería. Iba disfrazada de Catalina la Grande; su marido, de príncipe Potemkin. Orson Welles eligió un turbante emplumado y un antifaz negro. Barbara Hutton, la heredera de la fortuna Woolworth, se gastó 15.000 dólares en caracterizarse como un remedo de Mozart. La llegada de Salvador Dalí y Gala fue anunciada por una entrée espectacular, una coreografía de gigantes con zancos de más de cuatro metros de altura, vestidos con túnicas fantasmagóricas, blancas y negras. También acudieron princesas de diversas casas europeas, la empresaria Hélène Rochas y lady Clementine Churchill (su marido, el expremier británico, prefirió quedarse en el Lido, tranquilito en el hotel). Según la revista Time del 17 de septiembre de ese año, se agasajó a los convidados con champán y langosta, y se bailaron rumbas, sambas y charlestones hasta el amanecer. “No creo que volvamos a ver algo así”, aseguró el viejo agá Jan III al reportero.
“A las ilusiones de una fiesta, aquella noche Venecia añadía su propia irrealidad”, escribe Paul Morand en Venecias. “Lámparas de Murano, adornadas con flores naturales, delicadas como aquellas decoraciones de azúcar hilado que embellecían los banquetes venecianos del Renacimiento, iluminaban el patio”, donde hubo acróbatas, fuegos de artificio y refrescos para el pueblo soberano. ¿Condescendió Beistegui con esa dádiva para acallar las críticas? Lo más probable es que le importaran un bledo. Para unos, Le Bal Oriental representaba una catarsis emocional que dejaba atrás la barbarie de la Segunda Guerra Mundial; para otros, simbolizaba el ocaso de una grandeur ya marchita, que se consumía con un baile final tan fastuoso como obsceno ante las estrecheces de la posguerra. Por cierto, en el París ocupado por los nazis, el excéntrico millonario conseguía jabones finos, chocolates y otras exquisiteces gracias a su pasaporte diplomático con el sello de España, que se mantuvo neutral durante la contienda.
Pero debió de cansarse de su antojo veneciano. El caso es que en 1964 sacó a subasta el palacio Labia, que adquirió la RAI para establecer en él su sede regional para el Véneto. Enfermo, con problemas cardiovasculares, se replegó en sí mismo y en el château de Groussay, cercano a Versalles, donde murió rodeado de obras de arte. Para Beaton, que lo retrató con tan buen ojo, su gusto era el no va más del pastiche.
Cultura
