E l domingo, Andreu Claret publicó en El Periódico un artículo – “Manosear el exilio” – sobre el retorno de Toni Comín por la ruta del exilio de 1939. Con lucidez, Claret criticaba el show televisivo protagonizado por Comín. Para hacerlo, recordaba el exilio de sus padres (los de Claret) y denunciaba la expropiación particular de símbolos colectivos, sobre todo teniendo en cuenta que la ruta que el eurodiputado de Junts per Catalunya siguió para llegar hasta Lovaina no es comparable con la dramática epopeya de los exiliados –anarquistas, comunistas, independentistas, demócratas, republicanos– de la Guerra Civil.
E l domingo, Andreu Claret publicó en El Periódico un artículo – “Manosear el exilio” – sobre el retorno de Toni Comín por la ruta del exilio de 1939. Con lucidez, Claret criticaba el show televisivo protagonizado por Comín. Para hacerlo, recordaba el exilio de sus padres (los de Claret) y denunciaba la expropiación particular de símbolos colectivos, sobre todo teniendo en cuenta que la ruta que el eurodiputado de Junts per Catalunya siguió para llegar hasta Lovaina no es comparable con la dramática epopeya de los exiliados –anarquistas, comunistas, independentistas, demócratas, republicanos– de la Guerra Civil.Seguir leyendo…
E l domingo, Andreu Claret publicó en El Periódico un artículo – “Manosear el exilio” – sobre el retorno de Toni Comín por la ruta del exilio de 1939. Con lucidez, Claret criticaba el show televisivo protagonizado por Comín. Para hacerlo, recordaba el exilio de sus padres (los de Claret) y denunciaba la expropiación particular de símbolos colectivos, sobre todo teniendo en cuenta que la ruta que el eurodiputado de Junts per Catalunya siguió para llegar hasta Lovaina no es comparable con la dramática epopeya de los exiliados –anarquistas, comunistas, independentistas, demócratas, republicanos– de la Guerra Civil.
Lo que Claret denomina “show televisivo” fue convenientemente recogido por el Telenotícies de TV3 después de que Comín lo anunciara en días anteriores. En las imágenes, se le ve llegar con su incombustible jovialidad, reforzada por la emoción que provoca regresar a tu país tras un distanciamiento forzoso. Comín saluda a familiares y amigos y celebra que ahora tengan todo el tiempo del mundo para abrazarse. Si era un homenaje al exilio del 39, sus buenas intenciones quedaron devoradas por un protagonismo que, en el caso del exconseller Lluís Puig, se limitó a la gratitud de corresponder a la persistente solidaridad de los militantes de Cants per la llibertat. En política, la gestión de los símbolos también forma parte de la coherencia.
Es difícil saber dónde acaba el homenaje y dónde empieza el exceso de vanidad
El periodista Xavier Montanyà (autor del libro Contra el silenci i la impunitat ) me comentaba el contraste, al límite de la farsa, entre “el show televisivo” y las escasas imágenes que se conservan del paso de casi 500.000 catalanes –algunas del querido Agustí Centelles i Ossó– que, en 1939, tuvieron que huir. Son imágenes que retratan unas condiciones de paso muy diferentes a esos retornos que, salvando las distancias, conectan más con las operaciones de imagen como las que, en nombre de razones de país sin estado y con un despliegue de producción hollywoodiense, protagonizó el president Josep Tarradellas. El desamparo de los exiliados de 1939 acabó en desenlaces tan dramáticos como que te entierren lejos de casa o no volver nunca más sin contar con ninguna cobertura propagandística.
Igual que, para sentirnos más eruditos –o por pereza intelectual–, hemos devaluado el concepto arendtiano de la “banalización del mal”, nos conviene protegernos de la “banalización del bien” y de estrategias como la equiparación del exilio autoproclamado de algunos dirigentes del 1 de octubre con el del invierno de 1939. El dolor sufrido por los protagonistas y familiares del 1 de octubre es, que conste, irrefutable. Tanto para los que eligieron Bélgica o Suiza como refugios logísticos como para los que sufrieron condenas de cárcel e inhabilitación. Es un dolor que merece todo el respeto del mundo, pero que no puede servir de coartada para atribuirse una continuidad histórica que solo existe en una concepción fantasiosa –y tramposa– de la política, la historia y la realidad.
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