Con plástico o con papel?
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Con plástico o con papel?
La chica coge el pan, lo pasa por la máquina, lo rebana y –si no le he dicho cómo lo quiero– me lo acerca, por defecto, en una bolsa transparente. Llego a casa y, sin sacarlo de la bolsa, lo meto en el congelador de donde lo voy sirviendo rebanada a rebanada. Me parece que si congelo el pan y después lo preparo tostado es mejor que si lo dejo secar en una bolsa de papel o si se reblandece en una de plástico antes de tostarlo. En cambio el pan que ha quedado fuera de la nevera, con tomate, me gusta más que si lo he congelado. No entiendo el pan de vidrio con un chorreo de pulpa de tomate, por buenos que sean el pan y la pulpa. El mejor pan con tomate es el que preparas con un llonguet, si tienes la suerte de encontrarlo: empapado y amoroso.
Podríamos hacer como los aficionados a los sombreros que una vez al año montan un desfile
Hace años Quim Monzó me regaló una bolsa de pan preciosa, de la tienda Les Toiles du Soleil de Sant Llorenç de Cerdans. Es de una tela gruesa, de punto, con un estampado moderno de rayas anchas irregulares, naranjas, crema, rojas, rosadas y azules. Una temporada la utilizaba por Barcelona. No era demasiado práctica: está pensada para llevar una o dos baguettes, y como ahora todo son panes redondos, rústicos, chuscos y chapatas, siempre se marcan. Pero me recordaba la panadería de cuando era pequeño, con las bolsas de pan que la gente encargaba, colgadas por las cintas. Y el gesto de llegar al mostrador de cristal, donde estaban las pastas, y pasar por encima la bolsa del pan para que la dependienta pusiera las barras de cuarto y de medio. El gesto: entregar una bolsa de tela y que te la llenen de pan era un gesto ancestral que se mantuvo hasta hace cuatro días. La inmensa mayoría del pan que se vendía era de barra. Si eran barras de cuarto largas asomaban de la bolsa y perdían el canto. A diferencia de lo que pasa hoy, en las ciudades el pan redondo era una rareza. A nadie se le habría ocurrido nunca pedirlo cortado porque la gracia de comprarlo entero es que la costra protegía el interior. Las bolsas de pan no eran tan bonitas como la que me regaló Quim. Acostumbraban a ser de un color que denunciaba la suciedad -azul celeste, verde pálido– para que la gente pudiera demostrar que las llevaba impolutas. A menudo lucían un bordado con espigas y amapolas.
No se puede retroceder al pasado. Las bolsas de pan no volverán. Pero podríamos hacer como los aficionados a los sombreros que una vez al año montan un desfile. Ahora que con Sant Jordi vuelve la ñoñería de las rosas y las espigas (envueltas en plástico) sería un buen momento para recuperar de cajones remotos las bosas de pan de espigas de trigo y amapolas, y llenarlas de panes de fantasía. Los nostálgicos tendrán un papel destacado en la fiesta, como los calvos en los paseos con sombrero.
Para los amigos del Forn Arnau.
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