En la región italiana de Las Marcas hay una frase que repiten en casi todos los pueblos: “Aquí no fue un rey ni un gobierno quien decidió construir un teatro”. El orgullo de las antiguas provincias de los Estados Pontificios –junto con Umbría y parte de la Romaña– ha sido reconocido por la Unesco, que ha declarado Patrimonio Mundial una realidad casi desconocida fuera de Italia: los teatros condominiales. La agencia de Naciones Unidas ha protegido diez edificios repartidos por el centro del país. Estas tierras aprovecharon la –relativa– lejanía del Papa para tomar decisiones con una amplia autonomía, una tradición que continuó después con el Estado italiano, también percibido como lejano y, por tanto, con un control menos directo.
La Unesco convierte en Patrimonio de la Humanidad diez teatros condominiales italianos creados por los ciudadanos
En la región italiana de Las Marcas hay una frase que repiten en casi todos los pueblos: “Aquí no fue un rey ni un gobierno quien decidió construir un teatro”. El orgullo de las antiguas provincias de los Estados Pontificios –junto con Umbría y parte de la Romaña– ha sido reconocido por la Unesco, que ha declarado Patrimonio Mundial una realidad casi desconocida fuera de Italia: los teatros condominiales. La agencia de Naciones Unidas ha protegido diez edificios repartidos por el centro del país. Estas tierras aprovecharon la –relativa– lejanía del Papa para tomar decisiones con una amplia autonomía, una tradición que continuó después con el Estado italiano, también percibido como lejano y, por tanto, con un control menos directo.
Hoy, en Italia, la palabra condominio evoca un edificio con varios propietarios. Entre los siglos XVII y XIX, ese mismo principio se aplicó a los teatros. Los ciudadanos se organizaban en una especie de sociedad, reunían el dinero para construir el edificio y se convertían en copropietarios. Cada uno adquiría una participación, contribuía a los gastos y, a cambio, obtenía el derecho a utilizar un palco según unas normas que variaban de una ciudad a otra. Era un modelo de participación cívica profundamente ligado a la tradición de los municipios italianos, donde la autonomía administrativa y de los poderes locales se reflejaba en la vida cultural.
El precio de la entrada dependía del nivel económico: nobles, burgueses y pueblo llano pagaban tarifas distintas
Recorriendo el centro de Italia aparecen por todas partes, separados apenas por unos kilómetros. Solo en la provincia de Macerata hay 27 en sus 55 municipios, muchos con menos de mil habitantes. La candidatura fue impulsada por la región de Las Marcas, que coordinó durante años el trabajo de investigación y preparación del expediente junto a las demás administraciones.
Uno de los mejor conservados es el Teatro Feronia, en San Severino Marche, localidad medieval del interior de la provincia de Macerata que conserva una de las tradiciones cívicas más antiguas de la región. Su director, Francesco Rapaccioni, desde hace años estudia los reglamentos del condominio, convencido de que cuentan la evolución de la sociedad italiana durante los últimos tres siglos. “En el reglamento de 1699 solo las familias nobles que podían elegir a los cónsules de la ciudad tenían derecho a formar parte del condominio del teatro”, explica. Treinta y cinco años después, en 1734, ese derecho se amplió a toda la nobleza. “Es la primera señal de un cambio que anticipa el espíritu de la Ilustración”. Entre 1823 y 1828, todo volvió a cambiar. La burguesía pudo convertirse en copropietaria del teatro. Más adelante la propiedad pudo transmitirse también por línea femenina, aunque con una diferencia significativa. “Si la transmisión era por línea masculina, era automática. Por línea femenina, había que pagar un impuesto de sucesiones”, explica Rapaccioni. También el público refleja la evolución de la sociedad. Al principio, el precio de la entrada dependía del nivel económico: nobles, burgueses y pueblo llano pagaban tarifas distintas. En la segunda mitad del XIX aparece incluso una nueva categoría. “Por primera vez los reglamentos hablan de los obreros. Es un pequeño detalle, pero cuenta la historia de un país que estaba cambiando”.

Hoy aquellas familias propietarias prácticamente han desaparecido. A lo largo del siglo XX la mayoría de teatros pasaron a ser de propiedad municipal, aunque en algunas ciudades todavía sobreviven asociaciones de herederos.
En la provincia de Ancona, mientras tanto, el entusiasmo es enorme por el reconocimiento obtenido por el Teatro Gentile de Fabriano, ciudad conocida en todo el mundo por la fabricación artesanal del papel. “Han premiado el corazón de nuestra comunidad”, afirma emocionada la alcaldesa, Daniela Ghergo. “En el fondo, estos teatros fueron los primeros ejemplos de colaboración entre lo público y lo privado que nacieron en nuestra tierra”.
Ese espíritu todavía puede verse en Umbría, en el Teatro Nuovo de Spoleto, hoy dedicado a Gian Carlo Menotti, el compositor que fundó en 1958 el Festival de los Dos Mundos, uno de los primeros grandes festivales culturales de Europa. En su fachada puede leerse la inscripción latina “Aere civium, cura patrum”: “Con el dinero de los ciudadanos y por iniciativa de los administradores”.

Al entrar en el teatro, en un sofocante domingo de verano, esa historia sigue siendo visible. Los cuatro órdenes de palcos rodean la platea igual que en el XIX y en el escenario vuelve a lucir el histórico telón, recién restaurado, una monumental pintura de Francesco Coghetti que representa la derrota de Aníbal ante las murallas de Spoleto. El palco número 12 continúa reservado al alcalde. Detrás se abre un pequeño salón donde, en los entreactos, las autoridades podían reunirse lejos de la mirada del público. En la cuarta planta se encuentra la Sala XVII Settembre, dedicada al día en que Spoleto pasó a formar parte del Reino de Italia, en 1860, abandonando los Estados Pontificios. Terminada en 1910 y decorada por el arquitecto Cesare Bazzani y el pintor Giovanni Costantini, recuerda cómo, en estos teatros, la historia de la ciudad siempre ha entrado junto a los espectadores.
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