Los presos LGTBIQ+ salen del armario en la cárcel

De izquierda a derecha Juan, Fran y Juanlu, reclusos y miembros del colectivo LGTBIQ+ en el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera.

El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.

Una exposición contra la 'LGTBI-fobia' en el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera.

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Una de las reuniones de la iniciativa 'Espacio Seguro'en el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera.Indicación de espacio libre de lgtibfobiaen el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera.De izquierda a derecha Juanlu, Juan y Fran, reclusos y miembros del colectivo LGTBIQ+ en el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera.Morón de la Frontera. SEVILLA. Preparación de una de las reuniones de la iniciativa 'Espacio Seguro' en el centro penitenciario Sevilla II, en a localidad de Morón de la Frontera. Instituciones Penitenciarias pone en marcha espacios seguros en prisiones como la de Morón donde los reclusos se reivindican frente a la homofobia: “Me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”  

El camino de Juan desde la libertad hasta verse posando orgulloso sobre un paso de cebra arcoíris de la prisión de Morón de la Frontera es tortuoso. No había experimentado en su vida adulta lo que supone ocultarse como un hombre gay hasta que pisó por primera vez una prisión, hace tres años. “Entré con mucho miedo de que me violasen en un servicio”, reconoce. Decidió entonces meterse al armario e impostar una vida irreal que incluía una mujer en la calle y ademanes masculinos. Cuando lo trasladaron a la prisión sevillana, pensó que aquello sería “más de lo mismo”, pero se equivocó: “Aquí me he soltado la pluma y he vuelto a ser yo”. Juan es uno de los 15 integrantes de Espacio Seguro, una iniciativa creada por este centro para fomentar la diversidad y la visibilidad de las personas LGTBIQ+ entre sus 1.350 internos. “Ahora somos como una familia”, apostilla Juan.

La vida que transcurre tras las dos pesadas puertas y las 11 cancelas estancas —llamadas rastrillos— de una prisión tipo como Sevilla II (el nombre oficial de la cárcel de Morón) ya resulta tensa para el común de los internos. Aunque para la población reclusa LGTBIQ+ es doblemente hostil: envuelta en prejuicios y lgtbifobia. “Esto es un espacio de relajación ante la tensión de la vida penitenciaria”, define Alejandro P. Ferreiro, gestor de Servicios de Formación de la prisión y voluntario encargado del grupo de reuniones mensuales Espacio Seguro.

Este funcionario, activista del colectivo en su tiempo libre, fue quien hace tres años decidió impulsar la iniciativa, después de asistir a un congreso sobre educación LGTBIQ+ en el que dos internos gais le hicieron ver que existían “problemas comunes e individuales” que necesitaban respuesta. Al otro lado, Laura Agüero, subdirectora de la cárcel y miembro de la Comisión de Igualdad del centro, recogió el guante de inmediato: “Había que visibilizar estas realidades”.

Lo que ocurre en Morón forma parte de un cambio todavía desigual dentro del sistema penitenciario español. Su paso al frente no es único entre las 80 cárceles del país, pero sí uno de los más avanzados y consolidados. María Moñuz, coordinadora de Igualdad de Instituciones Penitenciarias, estima que existen iniciativas que trabajan por la diversidad “en algo más de la mitad de los centros”, aunque reconoce que el cambio todavía está en proceso.

Parte de esos proyectos están desarrollados con el apoyo de asociaciones LGTBIQ+ locales, como la Fundación 26 de Diciembre, que mantiene activa la idea Rejas Rosas en las cárceles de Soto del Real (Madrid) y Teixeiro (A Coruña). “Estos grupos les permiten desconectar de que están en prisión; son su círculo, su vínculo y su apoyo”, explica Daniel García, psicólogo encargado de Rejas Rosas. “El hecho de que se cree un grupo con estas identidades hace que esta manera de empoderarse cale en todo su entorno, también en el funcionariado o módulos”, añade.

Pero la idea de Instituciones Penitenciarias es que el impulso florezca dentro del equipo de cada prisión, como ocurre en el caso de Morón. “Al ser trabajadores penitenciarios, podemos abordar los problemas de forma más natural y con mayor conocimiento. Eso además asegura más su continuidad”, añade Ferreiro. “Llevamos tres años haciendo videoconferencias con los equipos de igualdad. En los centros donde se está trabajando se nota el cambio: está bajando la conflictividad y los delitos de odio”, apunta Moñuz.

Con todo, la homofobia sigue presente, como lamenta Juanjo, compañero de Juan en Espacio Seguro de Morón. Él, de 32 años y abiertamente bisexual, nunca se había planteado hacer activismo hasta que entró en prisión hace seis años y presenció agresiones homófobas contra otros miembros del colectivo. “Y eso que todo ha mejorado. Los históricos nos cuentan que antes todo era peor, que eras la marica y te tocaba lo que te tocaba”, ahonda en referencia a abusos sexuales y violaciones. Juan, a su lado, cuenta haber sufrido situaciones de discriminación, hoy más restringidas a las celdas que a los espacios colectivos. “Es duro. He gestionado mejor un ataque en público que en privado, donde el miedo te bloquea y al final callas y pasas por el aro”.

Todo ese ambiente de hostilidad hace que haya reclusos que opten por vivir en el armario o incluso entren en él de un módulo a otro, como explica Ferreiro. Verbalizar y atajar esas agresiones, acompañar en el proceso de visibilidad y abordar dudas o problemas individuales, como el sexo con protección o las infecciones de transmisión sexual, forman parte de las conversaciones habituales de Espacio Seguro. Sus 15 integrantes reflejan además el perfil más habitual del colectivo en las prisiones españolas: hombres gais o bisexuales. Aunque no existen estadísticas —Instituciones Penitenciarias no pregunta por la orientación sexual o la identidad de género, salvo que la persona quiera manifestarlas—, ese perfil viene determinado por la composición de la población reclusa: el 93% son hombres.

Tiempo de reflexión

Fran, de 46 años, ni siquiera imaginaba que acabaría formando parte de Espacio Seguro. Entró en prisión hace siete años con mujer y dos hijos. “Nunca me habían gustado los chicos ni me había fijado en ellos”, rememora. Hace tres años todo cambió, después de iniciar una relación con otro interno. “Se lo expliqué a mi mujer y a mis hijos. Lo entendieron y me dijeron que si yo era feliz, ellos también. Ahora me considero bisexual”, añade. El perfil de Fran no es único. “La prisión es tiempo de reflexión”, explica Moñuz. “Hay personas que no salen del armario hasta llegar a ella. Allí conocen el grupo, se desprenden de etiquetas autodiscriminatorias inculcadas por la sociedad y encuentran una forma de liberación y empoderamiento”, añade Daniel García.

En estos tres años, al grupo de Morón le ha dado tiempo a organizar la celebración anual del Orgullo en la cárcel —la última fue el pasado junio—, con pregones y actuaciones, además de cinefórums, lecturas y salidas puntuales, como la realizada al Orgullo de La Barzola, en Sevilla. “Todo esto es posible porque la dirección es la primera implicada con el proyecto”, apunta su responsable. También han recibido talleres de salud sexual, con pruebas rápidas y actividades para combatir el estigma asociado al VIH, impartidos por la ONG Stop Sevilla. “Coincide que puedes trabajar con personas vulnerables y con dificultades de acceso al cuidado de la salud sexual. Es muy emocionante”, relata José Carlos Salcedo, voluntario de la entidad. Pero sobre todo la iniciativa ha servido para mejorar la vida de los internos, como explica Ferreiro: “Ahora se tiene en cuenta a Espacio Seguro en la vida cotidiana de la prisión. Por ejemplo, la Subdirección de Tratamiento nos pregunta por cambios de módulo de algunos internos LGTBI para que opinemos cuál nos parece mejor”.

No hay rincón de la prisión de Morón en el que la bandera arcoíris no se haga visible. Al paso de cebra LGTBIQ+ que une varios módulos, se suman una exposición —que ya ha salido del centro—, carteles, bancos orgullosos y proclamas de ediciones anteriores del Orgullo de Sevilla. Es la cristalización tangible de todo el trabajo de estos tres años de Espacio Seguro. Todo ese esfuerzo hizo que el centro se convirtiera el año pasado en la primera prisión andaluza reconocida como Espacio Libre de lgtbifobia por la Junta de Andalucía. “Al hacernos visibles, también nos hemos convertido en referentes para otros compañeros. Hay quienes se acercan y nos preguntan qué hacemos en Espacio Seguro, quieren saber más y, al final, alguno acaba uniéndose”, añade Juan.

Fran conoció a quien hoy es su novio en una de esas salidas organizadas por Espacio Seguro. “Es un chico que hace drag. Llevamos siete meses”, dice orgulloso. Es martes, a mediados de julio, y el interno acaba de regresar de un permiso, gracias al segundo grado del que ya disfruta, para incorporarse a la reunión mensual del grupo. Sentados en corro, los 15 integrantes comentan la organización del último Orgullo mientras afloran inquietudes personales. “Después de la última película, hay internos que han empezado a verme de otra forma y ya no me insultan”, relata uno. “La prisión se había reducido al estigma de la pastilla de jabón”, apunta otro.

Juan, Juanjo y Fran participan en la conversación, aunque para este último quizá sea una de las últimas reuniones antes de obtener el tercer grado, que le permitirá cumplir el tramo final de la condena en otro centro. “De este espacio me llevo personas que ya son familia. Del resto de la prisión… ¡cuando me vaya, no pienso mirar atrás!”, exclama entre risas.

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