En julio siempre ha hecho calor; quizá por eso nos cuesta asumir que el cambio climático es una realidad. Sin embargo, los datos son contundentes: en el último medio siglo, las olas de calor se han acelerado y son cada vez más intensas. No ocurre solo en España, sino en toda Europa, donde este verano las altas temperaturas ya han causado más de 10.000 muertes, de las que más de mil serán de españoles.
En julio siempre ha hecho calor; quizá por eso nos cuesta asumir que el cambio climático es una realidad. Sin embargo, los datos son contundentes: en el último medio siglo, las olas de calor se han acelerado y son cada vez más intensas. No ocurre solo en España, sino en toda Europa, donde este verano las altas temperaturas ya han causado más de 10.000 muertes, de las que más de mil serán de españoles.Seguir leyendo…
En julio siempre ha hecho calor; quizá por eso nos cuesta asumir que el cambio climático es una realidad. Sin embargo, los datos son contundentes: en el último medio siglo, las olas de calor se han acelerado y son cada vez más intensas. No ocurre solo en España, sino en toda Europa, donde este verano las altas temperaturas ya han causado más de 10.000 muertes, de las que más de mil serán de españoles.
Una vez que parece existir consenso sobre el diagnóstico –el planeta atraviesa un cambio climático, ya sea por causas naturales, por la acción humana o por ambas–, debemos acordar qué medidas adoptar. España va rezagada en comparación con nuestro entorno.
España es una de las economías más afectadas por el exceso de calor
Según los expertos forestales, los incendios recurrentes ponen de manifiesto nuestro retraso tecnológico para combatirlos. Para mejorar la respuesta, es necesario aprovechar las economías de escala mediante una coordinación más eficaz entre las administraciones central, autonómica y local, definiendo con claridad las tareas de cada una y cuándo deben actuar conjuntamente. Una vez más, la crispación política está causando un gran daño. Luchar contra el cambio climático no es una cuestión ideológica, sino de sentido común. Como suele decir el entrenador de la selección nacional de fútbol, Luis de la Fuente: “Juntos somos más fuertes”.

Pero las consecuencias de las olas de calor –estamos entrando en la tercera de este verano– no se limitan, ni mucho menos, a los incendios forestales. Su impacto económico se estima entre 30.000 y 40.000 millones de euros al año, lo que equivale a más de dos puntos del PIB perdidos por el exceso de calor. Existe un amplio consenso en que España es una de las economías más afectadas por este fenómeno climático. Es un coste estructural que agrava unas cuentas públicas ya deterioradas: obliga a asumir más gastos mientras reduce los ingresos. Las sequías, por ejemplo, vacían los pantanos, arruinan las cosechas y provocan escasez de agua. La pérdida de productividad laboral es uno de los efectos más sensibles en sectores como la construcción o los servicios, donde trabajar a 40 grados resulta especialmente penoso. Las alertas rojas o naranjas pueden equivaler a media jornada perdida, como en un día de huelga general. Además, el calor reduce el poder adquisitivo de la ciudadanía, sobre todo de quienes tienen menos recursos, que ven encarecerse la tarifa eléctrica. A veces hay que optar entre ir de vacaciones o poner aire acondicionado. Así de crudo.
Por no hablar del turismo: las temperaturas extremas reducen en un 15% la probabilidad de que los visitantes internacionales regresen a zonas sofocantes, como la costa mediterránea o Andalucía, y los empujan a buscar destinos más agradables. Ante esta realidad, la lucha contra el cambio climático debe asumirse como una reforma estructural, con medidas a corto, medio y largo plazo, porque la situación seguirá agravándose.
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