La ópera no es un arte que sobrevive, es un arte que muta. Al igual que Monteverdi, Wagner o Benjamin Britten reinventaron su tiempo, hoy hay contadores de historias y directores de escena procedentes del teatro, el cine o las artes visuales que protagonizan el actual cambio de paradigma y que empujan el género operístico más allá de sus fronteras físicas y estilísticas. Como sostiene el director artístico del Liceu, Víctor García de Gomar, “lo que importa de esos creadores no es su origen, sino lo que son capaces de revelar de la música”.
Los escenarios y los creadores ajenos al género operístico revolucionan la mirada del público
La ópera no es un arte que sobrevive, es un arte que muta. Al igual que Monteverdi, Wagner o Benjamin Britten reinventaron su tiempo, hoy hay contadores de historias y directores de escena procedentes del teatro, el cine o las artes visuales que protagonizan el actual cambio de paradigma y que empujan el género operístico más allá de sus fronteras físicas y estilísticas. Como sostiene el director artístico del Liceu, Víctor García de Gomar, “lo que importa de esos creadores no es su origen, sino lo que son capaces de revelar de la música”.
La ópera, advierte, no ha dejado nunca de cuestionar sus propios límites. Ya nació con la voluntad de reunir todas las artes y, desde sus orígenes, ha incorporado las fórmulas musicales y escénicas de su tiempo. Es un género con sed de ampliar sus horizontes y eso implica ocupar escenarios que le son ajenos, pues los teatros líricos han sido su casa durante siglos pero no la única. “Hoy tenemos la oportunidad de recuperar esta vocación de desplazarse, de encontrar nuevos paisajes: una playa, un puerto, una antigua fábrica y demás lugares donde generar una experiencia irrepetible. ¿La acústica? Es esencial, claro, pero también lo es la relación que se establece entre la obra y el lugar y la comunidad que lo ocupa”.
Carlota Gurt, Oriol Pla y Carles Prat estrenan en el Mirador del Castell de Peralada una versión más larga de ‘Estètica i masacre’
Els estunmen de Marcel Borràs y Nao Albet, las resurrecciones de Don Givanni con las que Cabosanroque vinculaba Bad Bunny a Mozart, o la Madame Bovary de Carme Portaceli de este julio son ejemplos de nueva creación reciente destinada a escenarios externos al coliseo lírico. El Liceu y el Real son coproductores de las dos primeras, junto con el Teatre Lliure y los Teatros del Canal, que es donde se estrenaron en Barcelona y Madrid. De igual modo, la Monnaie de Bruselas está detrás de la adaptación de la novela de Flaubert, pero en esta troika que forma junto al KVS (Real Teatro Flamenco de Bruselas) y al Nacional Valón , que la estrenó y la mantuvo quince días en cartel. Pero también participa el TNC, donde se ha representado durante este Grec.
El Liceu, además, ha llevado este año a las naves de Fabra i Coats su proyecto de microóperas. Y Peralada estrena mañana en el Mirador del Castell una versión extendida (de una hora) de Estètica i masacre , esa audaz propuesta de Òh!pera 2025 con música de Carles Prat, libreto de Carlota Gurt y montaje escénico de Oriol Pla.
“La acústica es esencial, pero también la relación que se establece entrela obra y el lugar, y el colectivo que lo ocupa”
“Acceder al mundo de la ópera es complicado. Una parte importante de directores de escena venimos del mundo del teatro, pero muchos se estrellan en su primera producción”, explica Àlex Ollé, el impulsor del proyecto Òh!pera. Como parte de La Fura dels Baus, él sí tuvo acceso por diversas razones: “Trabajábamos con lenguaje multidisciplinar, sin texto, la música se convertía en parte de nuestra dramaturgia. Pero sobre todo fue gracias a la ceremonia de los JJ.OO. de Barcelona y al hecho de que tocamos temas mitológicos, representándolos en gran formato y moviendo masas de actores”.

Fue él quien se acercó a Carlota Gurt, flamante Premio Anagrama de Novela, y le propuso que escribiera una ópera para el Liceu. “Ollé va en busca de otra mirada, una que no esté domesticada por la tradición –asegura la escritora barcelonesa–. Lo difícil para mí fue pensar en cuáles son las convenciones del género que no puedes evitar. La directora de escena Valentina Carrasco me recordó que la ópera es más repetitiva que cualquier otro texto. Y esa brevedad, esa síntesis, me resultó compleja: una ópera tiene muchas menos palabras que un cuento y con ellas has de ser capaz de contar una historia. Porque la narratividad es importante para mí. Hay títulos actuales que son abstracciones posmodernas pero la ópera ha sido siempre una forma de contar historias. En Estètica i massacre –dice– he tenido que perfilar un personaje en mil palabras. Y estructurar pensando en la diversidad del canto: que en cada parte hubiera un aria, un dúo…”
Para la versión de Peralada se ha añadido una segunda parte a la media hora original. “He jugado con una estructura de espejo: en la primera parte, vemos el delirio estético de él; luego exploramos el de ella, que es el opuesto: no me compro ropa, me tuerzo los dientes, no me lavo, no llevo zapatos… Vemos el límite patológico de la estética”. ¿Tenía en cuenta la también autora de cuentos a qué público se dirigía? No, a Gurt no le parece conveniente, aunque reconoce que imaginaba la representación en un escenario más teatral que operístico. “Quería hacer algo un poco humorístico, romper la confusión entre ópera y solemnidad, acabar con esa manera de ver la ópera como algo pomposo”.
“Hay que abrir las puertas de la ópera al mundo y no solo a los aficionados al género”, sostiene Carme Portaceli
Lo de convertir un clásico de la literatura universal en ópera también es una forma de atraer públicos más amplios. El montaje de Madame Bovary supuso “una aventura tremenda” para Portaceli. La directora del TNC, que apostó por Alexina B. antes de que se la quedara el Liceu, asegura que “las dimensiones de un teatro, por importante que sea, no alcanzan para hacer óperas, con la envergadura del coro y con apenas dos o tres días para ensayar en conjunto. Me juré que no lo haría más, pero en el Teatro Nacional francófono de Bruselas el público se levantaba a aplaudir cada día. Me quedé alucinada. A ver si conseguimos que los públicos no sean tan monolíticos, hay que abrir las puertas al mundo y no solo a los aficionados a la ópera, hay mucha gente que podría estar interesada en lo que le cuentan”.
La experiencia de los últimos años en el Real con la iniciativa de potenciar la nueva creación con otras instituciones de Madrid y estrenar en los Teatros del Canal, Matadero, Teatro Español, La Abadía, etcétera ha comportado la llegada de nuevo público a la ópera. “Y también una perspectiva más diversa, joven, fuera de lo establecido y del horizonte de experiencias habituales en un teatro de ópera”, apunta Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño. “El público se ha diversificado e incrementado, sea por la calidad de los espectáculos como por los precios de las entradas, que no son los del Real. Eso hace que proyectos más experimentales tengan –concluye– una demanda extraordinaria, parecida a la de cualquier ópera de repertorio”.
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