En la mitología clásica, las auras eran ninfas que se identificaban con la brisa. El halo o resplandor que envuelve, en la pintura, la cabeza de ciertos personajes cristianos surge hacia el siglo IV: desde entonces, ha sido una forma de señalar la singularidad excepcional de algunos seres humanos y criaturas fantásticas. A mediados del XIX, Charles Baudelaire escribió sobre la pérdida de la aureola de los poetas y artistas; a principios del siglo siguiente, Walter Benjamin trasladó la crisis a las propias obras. Las estrellas de Hollywood, del rock, del fútbol, del pop monopolizaron el aura hasta que internet –cual Robin Hood descentralizado–, se la robó a los ricos para convertir en influencers a los pobres. Ahora, con la conciencia de que es fugaz, los niños y los adolescentes la farmean en las plazas y, sobre todo, cotidianamente, en los patios de los colegios.
En la mitología clásica, las auras eran ninfas que se identificaban con la brisa. El halo o resplandor que envuelve, en la pintura, la cabeza de ciertos personajes cristianos surge hacia el siglo IV: desde entonces, ha sido una forma de señalar la singularidad excepcional de algunos seres humanos y criaturas fantásticas. A mediados del XIX, Charles Baudelaire escribió sobre la pérdida de la aureola de los poetas y artistas; a principios del siglo siguiente, Walter Benjamin trasladó la crisis a las propias obras. Las estrellas de Hollywood, del rock, del fútbol, del pop monopolizaron el aura hasta que internet –cual Robin Hood descentralizado–, se la robó a los ricos para convertir en influencers a los pobres. Ahora, con la conciencia de que es fugaz, los niños y los adolescentes la farmean en las plazas y, sobre todo, cotidianamente, en los patios de los colegios.Seguir leyendo…
En la mitología clásica, las auras eran ninfas que se identificaban con la brisa. El halo o resplandor que envuelve, en la pintura, la cabeza de ciertos personajes cristianos surge hacia el siglo IV: desde entonces, ha sido una forma de señalar la singularidad excepcional de algunos seres humanos y criaturas fantásticas. A mediados del XIX, Charles Baudelaire escribió sobre la pérdida de la aureola de los poetas y artistas; a principios del siglo siguiente, Walter Benjamin trasladó la crisis a las propias obras. Las estrellas de Hollywood, del rock, del fútbol, del pop monopolizaron el aura hasta que internet –cual Robin Hood descentralizado–, se la robó a los ricos para convertir en influencers a los pobres. Ahora, con la conciencia de que es fugaz, los niños y los adolescentes la farmean en las plazas y, sobre todo, cotidianamente, en los patios de los colegios.
Agustín Fernández Mallo ha escogido como metáfora estructural de su nuevo e hiperestimulante ensayo a un ser resplandeciente. En El ángel de la inteligencia artificial (Galaxia Gutenberg) –pensamiento, ciencia, metafísica y antropología que por momentos se confunden con poesía en prosa– sostiene que la IA actual es la primitiva, una compañía performativa, que se puede pensar como nuestro ángel de la guardia; en el futuro, si se singularizara, si nos robara el aura como hizo Prometeo con el fuego, se podría convertir en ángel caído. Como especie, nos encontramos en ese momento de transferencia posible, que Fernández Mallo argumenta que es imposible.
El ‘farmeo’ de aura se puede leer como ritual de duelo por el internet que los más jóvenes no han conocido
En plena crisis de las redes sociales –con sus sanciones multimillonarias– y de explosión de la IA, el farmeo cotidiano de aura, con esa remezcla de gestualidad del manga y el anime (poses extravagantes, entradas épicas), códigos del rap o el basket (la celebración fría o la humillación con cara de chico malo) y todo el repertorio de la viralidad (desde el 6-7 hasta el mewing y otras formas de mandar a callar), se puede interpretar como una suerte de ritual de duelo por el internet que los más jóvenes no han llegado a conocer. Para ellos es una mitología confusa, una lengua muerta que hay que traducir, actualizar e incluso encarnar. Mis hijos, sin embargo, me traducen aura por “buen rollo”. Lo que yo leo como tempus fugit o ubi sunt , para ellos es un carpe diem irónico y disfrutón.
“La página siempre ha sido el perfecto rectángulo de luz, pero luz emitida no cuando su espacio se halla blanco y vacío –que nada dice–, sino cuando su materialidad se completa con las letras impresas”, escribe Fernández Mallo. Mientras las pantallas se derraman por todas partes, hasta por el interior de nuestros cerebros, algunos seguimos creyendo en el aura de los libros en papel. Cada cual la busca donde puede. Lo que importa es que farmear viene de farm , granja, y significa por tanto cultivar. Hay que seguir cultivándola, reinventándola, porque no sabemos vivir sin ella.
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