Cada dos años, los pabellones nacionales de los Giardini se llenan de arte para la Bienal de Venecia, un evento de naturaleza excéntrica y anacrónica que las malas lenguas comparan con unas Olimpiadas, pero con aún más droga. O un bastardo entre feria y Festival de Eurovisión. Durante los días inaugurales, el parque se llena de una multitud alegre que intercambia besos y chismes, pero antes de que finalice el mes de noviembre el revuelo se habrá disipado y el glamour fundirá en negro. En 2009, el artista y cineasta británico Steve McQueen rodó allí en pleno mes de febrero un cortometraje, Giardini, con el que ese mismo año representó al Reino Unido en la Bienal.
Cada dos años, los pabellones nacionales de los Giardini se llenan de arte para la Bienal de Venecia, un evento de naturaleza excéntrica y anacrónica que las malas lenguas comparan con unas Olimpiadas, pero con aún más droga. O un bastardo entre feria y Festival de Eurovisión. Durante los días inaugurales, el parque se llena de una multitud alegre que intercambia besos y chismes, pero antes de que finalice el mes de noviembre el revuelo se habrá disipado y el glamour fundirá en negro. En 2009, el artista y cineasta británico Steve McQueen rodó allí en pleno mes de febrero un cortometraje, Giardini, con el que ese mismo año representó al Reino Unido en la Bienal. Seguir leyendo…
Cada dos años, los pabellones nacionales de los Giardini se llenan de arte para la Bienal de Venecia, un evento de naturaleza excéntrica y anacrónica que las malas lenguas comparan con unas Olimpiadas, pero con aún más droga. O un bastardo entre feria y Festival de Eurovisión. Durante los días inaugurales, el parque se llena de una multitud alegre que intercambia besos y chismes, pero antes de que finalice el mes de noviembre el revuelo se habrá disipado y el glamour fundirá en negro. En 2009, el artista y cineasta británico Steve McQueen rodó allí en pleno mes de febrero un cortometraje, Giardini, con el que ese mismo año representó al Reino Unido en la Bienal.

Mitad documental, mitad ficción, el futuro director de 12 años de esclavitud mostraba una manada de galgos salvajes husmeando bajo la lluvia ante los pabellones tapiados, el misterioso encuentro entre dos hombres que no tenían aspecto de coleccionistas, montones de basura esparcidos por el césped o una nonagenaria que arrastraba su carrito de la compra por los senderos embarrados para dar de comer a los gatos. McQueen (un buscador incansable de emociones, que estos días expone en el Guggenheim de Bilbao 66 76 26, instalación en la que, completamente a oscuras, el público escucha a Nina Simone y David Bowie cantando a capella una misma canción)dirigía también nuestra atención hacia aquellas pequeñas cosas que no percibimos en medio del bullicio: un escarabajo rojo que se deslizaba por una rama, un gusano iluminado a la luz de una farola, el sonido de las campanas de una iglesia cercana o el rugido de la afición en un campo de fútbol vecino…
Hay vida después de la fiesta. Pero en los jardines desolados y espectrales no queda ni rastro del arte. Las obras regresan a sus países de origen y los edificios se cierran a cal y canto. Es lo esperable y así ha sido siempre, al menos hasta ahora. The New York Time s desvelaba hace unos días que las esculturas del pabellón de Estados Unidos de este año tienen muchos números para quedar varadas en Italia después de que el equipo elegido por la administración Trump para organizar la exposición (lo encabeza Jenni Parido, cuyo mérito previo era haber dirigido una empresa de comida de lujo para mascotas) haya enviado un desesperado SOS pidiendo un millón de dólares para repatriar las gigantescas esculturas de Alma Allen.
SOS para repatriar las obras del pabellón de EE.UU. en Venecia: se buscan donativos por un millón de dólares
No se me ocurre mejor metáfora del desastre de la ofensiva cultural de Donald Trump que los galgos de McQueen orinando sobre las esculturas convertidas en fantasmas de un artista desconocido que fue seleccionado después de que el presidente eliminara de la convocatoria las referencias a la diversidad, la inclusión o la equidad, y los reemplazara por la exigencia de que las propuestas reflejaran y promovieran los valores estadounidenses.
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