El ballenero vasco que nunca regresó a casa

Había que ser un tipo recio o, cuando menos, correoso como el cuero viejo para enrolarse en un barco ballenero en el siglo XVI. Los vascos de uno y otro lado de los Pirineos fueron los amos del negocio entre 1540 y 1600, los pioneros en lanzarse a la aventura trasatlántica hacia las ensenadas árticas de Groenlandia y más allá, hasta Terranova, en busca de la ballena franca y de la polar, una especie descubierta entonces de la que podía extraerse una cantidad aún mayor de grasa. La travesía desde el País Vasco hasta las costas de Canadá solía prolongarse unos dos meses y en condiciones poco placenteras.

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 La nao ‘San Juan’ se hundió en 1565 frente a Red Bay, en la península de Labrador, con mil barricas de aceite en la panza  

Había que ser un tipo recio o, cuando menos, correoso como el cuero viejo para enrolarse en un barco ballenero en el siglo XVI. Los vascos de uno y otro lado de los Pirineos fueron los amos del negocio entre 1540 y 1600, los pioneros en lanzarse a la aventura trasatlántica hacia las ensenadas árticas de Groenlandia y más allá, hasta Terranova, en busca de la ballena franca y de la polar, una especie descubierta entonces de la que podía extraerse una cantidad aún mayor de grasa. La travesía desde el País Vasco hasta las costas de Canadá solía prolongarse unos dos meses y en condiciones poco placenteras.

El galeón que nos ocupa, el San Juan , zarpó de Pasaia en mayo de 1565 y, en navegación de cabotaje, fue recogiendo marineros en los puertos de Orio, Getaria y Mutriku hasta completar una tripulación de unos 60 varones. Alcanzado el cabo de Peñas, en Asturias, tomó rumbo noroeste. La bodega del navío, de unos 21 metros de eslora, iba hasta los topes. En realidad, una docena de hombres habría bastado para pilotar la nao, pero también se embarcaba personal encargado de descuartizar los cetáceos, extraer de ellos la gordura —el preciado saín— y ensamblar las barricas. El barco cargaba asimismo con los aparejos de pesca —chalupas, remos, arpones y sangraderas—; materiales como tejas y clavos para levantar en tierra los hornos de cocción donde se derretía la grasa y se transformaba en aceite; y provisiones para la marinería, sometida a una dieta de frugalidad severa por razones de espacio. 

Según especifican Àlex y Max Aguilar en el ensayo La huella ballenera en el norte de la península ibérica ( Edicions de la Universitat de Barcelona), la comida consistía en habas, sardinas o bacalao secos y galletas de marinero, cocidas dos veces, sin levadura y duras como piedras, que no se enmohecían. Cada hombre disponía, además, de una ración diaria de tres litros de sidra. ¿El motivo? El alcohol no se corrompía como el agua en tonel y la vitamina C coadyuvaba a combatir el escorbuto.

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Hacían la vida en cubierta y allí desgranaban las horas muertas tejiendo o jugando a las damas. Quizá alguno rezaba por la buena fortuna, por esquivar la fatalidad. A pesar de las penurias, les compensaba la singladura. El profesor Àlex Aguilar calcula que, en promedio, un expedicionario a Terranova solía ganar unos 2.000 ducados, “el doble de lo que conseguiría en casa”. El aceite de ballena constituía en la época una mercancía muy cotizada: con él se alimentaban las lámparas.

Las investigaciones aventuran que la nao San Juan arribó a mediados de junio a la costa sur de Labrador, a un puerto que los vascos llamaban entonces Buttes y hoy se conoce como Red Bay (Bahía Roja). Un territorio inhóspito, “la tierra que Dios concedió a Caín”, según anotó en su diario el explorador francés Jacques Cartier cuando visitó la región en 1534. La tripulación emprendió entonces la febril rutina: las chalupas salían al amanecer a la caza del leviatán, mientras en tierra firme los hombres se afanaban en el descuartizamiento y el licuado de la grasa. Pero a finales de otoño de 1565, cuando la campaña ballenera estaba a punto de concluir, un temporal arrastró el galeón, que permanecía amarrado, hacia la costa, relata el historiador Daniel Zulaika en El último viaje de la nao San Juan a Terranova 

Joanes de Portu fletó una tripulación de 60 hombres. También viajaron dos niños. ¿Su misión? Recoger leña para la cocción de la grasa

La quilla chocó con violencia contra los farallones del fondo rocoso y el casco se rajó como una sandía. No consta que falleciera ningún marinero en el naufragio, pero en la barriga del barco quedó sepultado un precioso cargamento de casi un millar de barricas de aceite. La desdichada tripulación regresó a casa a bordo de la nao Concepción de Portugalete ; al año siguiente, el armador, Joanes de Portu, regresó a Red Bay y consiguió sacar unas 700 barricas del fondo del mar con las que recuperó, en parte, el capital invertido en la expedición.

No fue hasta 1978 cuando, gracias a las investigaciones de la profesora Selma Huxley en archivos españoles, un equipo de arqueólogos subacuáticos canadienses logró localizar el pecio del barco frente a Red Bay, en el fondo del estrecho de Belle Isle, que separa la península de Labrador de la isla de Terranova. Está previsto que el año próximo una réplica exacta del San Juan , construida en la factoría marítima Albaola, en Pasaia, realice la misma travesía. Por cierto, hasta hace poco andaban buscando cocinero para guisar a bordo como hace cinco siglos.

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