Donatella Di Cesare: “El nuevo fascismo combina tecnología, finanzas y guerra”

Son tiempos difíciles y es urgente dar nombre a las cosas. Donatella Di Cesare, catedrática de filosofía teórica en la Universidad La Sapienza de Roma, cree que esta es la tarea de su oficio: “esto es lo que debe hacer hoy la filosofía, la claridad del lenguaje significa claridad de los conceptos”.

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 La filósofa italiana publica “Tecnofascismo”, un ensayo en el que cuestiona las categorías tradicionales para entender el presente  

Son tiempos difíciles y es urgente dar nombre a las cosas. Donatella Di Cesare, catedrática de filosofía teórica en la Universidad La Sapienza de Roma, cree que esta es la tarea de su oficio: “esto es lo que debe hacer hoy la filosofía, la claridad del lenguaje significa claridad de los conceptos”.

Para explicar el sentido de su último ensayo, Tecnofascismo (Ediciones Paidós), quizá no haya lugar más adecuado que una mesa de un bar en el corazón de Villa Torlonia, el parque a las afueras del centro de Roma que fue la residencia de Benito Mussolini y donde hoy, entre palacetes modernistas, se puede visitar el búnker que el dictador mandó construir antes de su caída.

Casi un siglo después, usted incluye el fascismo en el título de su libro. ¿Por qué?

Los historiadores circunscriben el fascismo al ventenio de Mussolini, ese es su oficio, y ese uso es el que vemos en el debate público. Los filósofos, en cambio, estamos obligados a enfrentarnos tanto al término como al concepto, no como un periodo cerrado, sino como una categoría política. Esto sucede de Levinas a Foucault.

¿Qué errores se cometen cuando se habla de fascismo?

En Italia se usa mucho el término ‘reflujo’, como si se tratara de algo que puede reaparecer como fenómeno reaccionario u oscurantista y que, en cualquier caso, será derrotado por el progreso. Es una manera peligrosa de verlo; en filosofía sabemos que no es así.

¿Está volviendo el fascismo bajo otras formas?

Hemos entrado en un nuevo periodo histórico, a partir de la guerra de Ucrania, en el que ya no basta hablar de erosión de la democracia. Está ocurriendo algo más profundo: la afirmación de una forma política —Donald Trump la encarna— que va más allá de la democracia. Un totalitarismo blando.

Usted añade el prefijo ‘tecno’ al fascismo.

La investidura de Trump en la Casa Blanca lo dejó claro, con los exponentes de lo que fue la Silicon Valley liberal aplaudiéndolo.

¿Qué papel juega esa élite?

Esta élite suspende la democracia de una manera sin precedentes, porque reúne poderes que antes estaban separados: finanzas, industria bélica y tecnología.

¿Es un fenómeno exclusivamente estadounidense?

No se trata solo de Trump o de Milei. Los pueblos europeos no quieren la guerra y están decepcionados con la UE, que toma decisiones muy graves sin tener en cuenta esa aspiración.

Usted habla también de etnocracia. ¿Qué significa?

Es una forma de nacionalismo, peor que el clásico, que en la modernidad dio lugar a los Estados nación. Aquí hay un proyecto político que, por decirlo con los griegos, pretende reducir el demos —el pueblo— al ethnos, es decir, a los límites étnicos.

¿Dónde se ve con más claridad?

En Italia es muy evidente. Teníamos una expresión muy bonita para referirnos al país: ‘nuestro país’. Ahora se quiere imponer la imagen de una hipernación, una especie de gran familia, de la que Giorgia Meloni sería en cierto modo la madre cristiana. Se ve en la política migratoria, claramente etnocrática, en el proyecto de los centros en Albania y, en general, en lo que ocurre en el Mediterráneo, donde la regla es ya dejar morir.

¿Es racismo?

El racismo es un término obsoleto. Una de las objeciones clásicas de la nueva derecha es decir: no creemos en las razas. El problema es que creen en diferencias culturales insuperables, y el islam se convierte en su encarnación.

“El racismo es un término obsoleto: la nueva derecha habla hoy de diferencias culturales insuperables”

Usted habla del papel de la víctima como instrumento de gobierno.

Meloni se ha presentado durante mucho tiempo con el tono de la víctima, y lo mismo ha hecho Trump. Quien se presenta como víctima es, de entrada, inocente: se coloca fuera y se sustrae a la responsabilidad democrática de quien gobierna.

Otro concepto clave: el complotismo.

La idea de que hay un complot ahí fuera contra mí, pero también contra vosotros. Es un elemento de continuidad con los totalitarismos, aunque hoy adopta una forma nueva.

¿Cuál?

Hoy no hay confianza en quien debería impartir justicia, es decir, el Estado, y por eso se produce una competición entre victimismos.

¿Qué ha sido de la política clásica?

Ha renunciado a un proyecto de futuro y se limita a administrar, desligada de la historia. Se preocupa por los medios y nunca por los fines. Antes el político decidía hacia dónde ir; el cómo lo dejaba en manos de los técnicos. Ahora sucede lo contrario, y no se presenta ninguna alternativa.

“La política se preocupa por los medios, pero ha renunciado a decidir los fines”

Si la derecha ha construido un discurso hegemónico, ¿cómo se opone la izquierda?

La izquierda ha renunciado a tener su propio relato, no dibuja una alternativa. El error estuvo en el origen: pensar que esta derecha era una reedición de la del pasado y subestimar el peligro.

¿Esto afecta también al mundo de la cultura?

Sin duda. La cultura a veces se mueve dentro de una ideología del progreso, cuando esa palabra tiene también aspectos muy oscuros.

¿Por qué este discurso gana consenso?

Estamos ante un capitalismo de la ‘finitud’, donde ya nadie se preocupa por el crecimiento —quizá solo en España— y avanzamos hacia una división entre quienes sobrevivirán y quienes sucumbirán. La fuerza de la derecha es decir: te protejo dentro de las fronteras para darte salvación. Aquí, en Italia, ha llegado Peter Thiel, el tecnócrata que teoriza la llegada del apocalipsis. Ese escenario de asedio de Occidente genera adhesión.

En el libro insiste en el papel de la guerra.

Este capitalismo apuesta por la destrucción para reconstruir sobre las ruinas. Gaza es el arquetipo. La guerra es la inversión de las ruinas.

El panorama es sombrío. ¿Ve alguna luz de esperanza?

Crece la preocupación por un escenario bélico incontrolable y, al mismo tiempo, una mayor voluntad de participación. Muchos quieren volver al espacio público: reaparece un cierto fervor democrático en varios países europeos.

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