El último emperador y su familia, asesinados por los bolcheviques en 1917, fueron canonizados por la Iglesia ortodoxa Leer El último emperador y su familia, asesinados por los bolcheviques en 1917, fueron canonizados por la Iglesia ortodoxa Leer
Más de 44.000 personas han participado en las procesiones y homenajes al zar Nicolás II de todas las Rusias en Ekaterimburgo -en los Urales-, que culminaron con un masivo acto el viernes, día en el que cada año nostálgicos monárquicos y fieles ortodoxos conmemoran la fecha en la que fueron asesinados el último emperador y sus familiares por los bolcheviques. Es la cifra dada por las autoridades rusas. Entre los asistentes a las celebraciones, se encontraba el diputado Leonid Slutski, presidente del ultranacionalista Partido Liberal-Demócrata de Rusia (LDPR), y que declaró que la ejecución de la familia imperial en 1917 no fue sólo un acto de represalia política, sino también un intento de destrucción de la memoria histórica y la identidad nacional del país.
Aunque ha pasado más de un siglo desde la caída de la Monarquía de los Romanov, existe un cierto sentimiento de nostalgia entre sectores de la población rusa que acaso añoran el imaginario imperial o comparan la situación actual de su país con la de otras grandes naciones que preservaron la Corona, el Reino Unido sin ir más lejos. Un 28% de los rusos se declara partidario de la restauración de la Monarquía, según algunas encuestas que se han difundido en los últimos años. Un dato que debe cogerse con pinzas. Por un lado, porque en la cultura política de la ex república soviética está muy diluido lo que es un sistema monárquico y, por otro, porque no se ha dado jamás un debate intelectual serio en Rusia que haya generado corrientes de opinión al respecto. De hecho, en esos mismos sondeos se refleja que muchos partidarios de la Monarquía verían al mismísimo Vladimir Putin como el zar perfecto. A fin de cuentas, al autócrata hoy sólo le falta la corona.
La institución, en todo caso, está tan incrustada en la historia rusa que sigue teniendo fuerza simbólica. En 2017, sin ir más lejos, coincidiendo con el centenario de la abdicación de Nicolás II, seguida del asesinato de toda la familia imperial, el Kremlin rechazó que se pudiera abrir en Rusia un debate sobre la restitución de la Monarquía, aunque se destacó el importante papel de los monarcas rusos en la construcción de la gran nación. «En los últimos cinco años se le ha preguntado [a Putin] varias veces sobre el tema y se ha visto obligado a responder en uno u otro contexto. Putin afronta sin optimismo semejantes ideas», salió al paso el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, al ser preguntado por los periodistas sobre la cuestión, informó Efe. Poco antes, el jefe de la anexionada península ucraniana de Crimea, Serguéi Axiónov, había asegurado que «Rusia necesita la Monarquía». «No necesitamos una democracia como la que promueven los medios occidentales. Tenemos nuestros valores tradicionales, ortodoxos. En las condiciones actuales, en las que nos enfrentamos a un enemigo exterior, la democracia sobra. Me refiero a ese libertinaje al que muchos entienden como democracia», argumentó.
Lo cierto es que, a diferencia de lo ocurrido durante las largas décadas de régimen soviético, con Putin en el poder el Gobierno ha empezado a reivindicar a figuras históricas como el zar Pedro el Grande incluso para justificar la política exterior actual. Y el mismo Nicolás II es objeto de una revisión histórica que ha cambiado la valoración entre muchos rusos de quien fuera el último emperador de todas las Rusias -abdicó en su hermano menor Miguel Aleksandrovich, pero éste esperó para aceptar el trono a una ratificación de la Asamblea que, es bien sabido, nunca llegó-.
El 14 de agosto del año 2000, el Concilio Episcopal de la Iglesia ortodoxa rusa canonizó al último zar y su familia -la zarina Alexandra, el zarévich Alejandro, y las princesas Tatiana, Olga, María y Anastasia– por su «resignación» en la muerte. «El último monarca ortodoxo ruso y los miembros de su familia se nos presentan como personas que buscaron con sinceridad encarnar en su propia vida las profesiones del Evangelio. En los sufrimientos que soportó con paciencia y resignación, la familia del zar desde su detención y su muerte como mártir en Ekaterinburgo brilla la luz todopoderosa de la fe de Cristo», se explicó en un comunicado.
Nicolás II fue detenido en febrero de 1917, a su regreso de una visita a las tropas que combatían en la Primera guerra mundial. Había estallado la revolución rusa. Con los bolcheviques al mando, la familia imperial quedó inicialmente recluida en el Palacio de Alejandro, en Moscú, y posteriormente trasladada a la antigua casa del gobernador en Tobolsk, Siberia, donde gozaron de una controlada libertad. Sin embargo, ante el avance de los contrarrevolucionarios, en abril fueron conducidos en tren a Ekaterimburgo, en el centro oeste del país.
En la medianoche del 17 de julio de 1917, a Nicolás II y a sus familiares más directos les condujeron a un sótano en la llamada Casa Ipátiev, junto a unos sirvientes, su médico y el perro del zarevich. Se les dijo que se les iba a hacer una foto. El zar derrocado se lo creyó, e incluso colocó a su Heredero en sus rodillas. Al poco entró en el habitáculo Yákov Yurovski con un revólver en la mano y seguido de 17 soldados armados de fusiles. Yurovski informó al emperador de que el pueblo ruso le había condenado a muerte. A éste apenas le dio tiempo a decir «¿qué?» antes de recibir un tiro a bocajarro de Yurovski.
Desde la subida a los altares del zar, las marchas en su honor en Ekaterimburgo cada año son muy masivas. La más nutrida tuvo lugar en 1918, coincidiendo con el primer centenario del asesinato. El patriarca ortodoxo Cirilo encabezó una procesión que reunió a casi 100.000 personas. Los peregrinos llevaban cruces ortodoxas, íconos y retratos del zar y de los miembros de la familia imperial asesinados. «Rezamos por el zar y emperador Nicolás, un mártir, rezamos por quienes sufrieron con él», declaró Cirilo ante la muchedumbre, con cirios encendidos.
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