“Mi primera casa no fue un país sino el cuerpo de una mujer”, dice el artista Carlos Bunga (Oporto, 1976), cuya biografía comienza antes de nacer como migrante en el vientre de su madre, que en 1975 viajó a Portugal huyendo de la guerra civil en Angola, embarazada de él y con su hermana de dos años. Buscaba un refugio para ellos. “Antes de cualquier arquitectura habitamos una piel. Quizás por eso nunca he entendido el hogar como un lugar fijo. Desde el principio aprendí, aunque fuera de una manera inconsciente, que la vida puede comenzar con una pérdida y con la necesidad de empezar de nuevo”.
Figura destacada del arte contemporáneo, con presencia en importantes museos de todo el mundo, el artista portugués llegó a Barcelona por amor
Carlos Bunga
Vino de Nueva York
Vive en Caldes d’Estrac
Desde hace 17 años
“Mi primera casa no fue un país sino el cuerpo de una mujer”, dice el artista Carlos Bunga (Oporto, 1976), cuya biografía comienza antes de nacer como migrante en el vientre de su madre, que en 1975 viajó a Portugal huyendo de la guerra civil en Angola, embarazada de él y con su hermana de dos años. Buscaba un refugio para ellos. “Antes de cualquier arquitectura habitamos una piel. Quizás por eso nunca he entendido el hogar como un lugar fijo. Desde el principio aprendí, aunque fuera de una manera inconsciente, que la vida puede comenzar con una pérdida y con la necesidad de empezar de nuevo”.
Sus primeros años transcurrieron en Oporto, entre distintas casas; una de ellas era una antigua prisión reconvertida para albergar a emigrantes y familias pobres. Creció escuchando relatos de un lugar que no había conocido, “rodeado de memorias de un país que también formaba parte de mí y, al mismo tiempo, sentía que pertenecía al lugar donde estaba viviendo”. Esa doble condición le acompañó toda la infancia, y con el tiempo se dio cuenta de que aquella experiencia inicial modeló su manera de mirar el mundo. El desplazamiento dejó de ser una circunstancia biográfica para convertirse en una forma de pensamiento.
Portugués de ascendencia angoleña y afincado en Caldes d’Estrac, Carlos Bunga se identifica con la figura del nómada, no como alguien que simplemente cambia de lugar, sino como alguien que permite al lugar que lo cambie a él. “Creo que todos somos, en cierto modo, migrantes”, opina. “Nacer ya es abandonar una casa para buscar otra y cuando nos emancipamos lo hacemos de nuevo, incluso cuando morimos abandonamos nuestro cuerpo. Habitar no significa permanecer inmóvil, sino aprender a atravesar el mundo sin dejar de transformarse”, reflexiona. Antes de llegar a Caldes d’Estrac desde Nueva York, había vivido en Ámsterdam, Helsinski o Ciudad de México, ciudades a las que había viajado gracias a las residencias artísticas. “Nunca viví esos cambios como rupturas, sino como capas que se iban sumando a mi identidad. Cada lugar transformaba mi forma de pensar sin borrar lo anterior”.
“Me siento más cerca de un pájaro que construye un nido que de un arquitecto que construye una casa”
A la pequeña localidad costera del Maresme, que es donde vive, llegó en 2009. Por amor. “Y sigo aquí por la misma razón, por Ainhoa, mi pareja, nuestra familia”. “Cuando dejé Nueva York y vine a Caldes d’Estrac recuerdo que era invierno. Sacaba la cabeza por la ventana y no había absolutamente nadie por la calle. Ainhoa insistía en que podíamos mudarnos a la ciudad, pero fui yo quien se resistió siempre”, recuerda.
El ritmo frenético de Nueva York le obligaba a aislarse para preservar su ritmo interior. Aquí el ritmo de la ciudad coincide con el suyo. “Barcelona llegó a mi vida como un territorio de tránsito, peo con el tiempo se convirtió en un espacio de pertenencia. Construí una familia elegida, una red afectiva que dio raíces a lo que al principio solo un destino”. Porque, opina, un lugar no se convierte en hogar porque tenga una determinada arquitectura, sino porque permita que la vida ocurra dentro. “La arquitectura puede proteger pero son las relaciones humanas las que realmente generan refugio”, constata.
Desde su estudio, ahora en Mataró, que para él es un laboratorio, un búnker donde aislarse para pensar, han salido proyectos creados ad hoc para el Museu Serralves en Oporto, el MUAC en México D.F., la Whitechapel Gallery de Londres, el Macba, la Secession de Viena, el Palacio de Cristal del Museo Reina Sofía, el Gulbenkian de Lisboa, donde meses atrás presentó una de las muestras más ambiciosas de su carrera ( Habitar la contradicción ) o la que ahora mismo tiene en la Fundació Miró Mallorca, donde por primera vez trabaja con el fuego.
Para el año que viene le aguardan sendos proyectos en el Hangar Bicocca de Milán y el museo Kindl de Berlín. La obra de Bunga se sitúa en un territorio fronterizo, azaroso y desafiante. Pintor de formación, expande su pintura fuera del cuadro y la materializa en instalaciones escultóricas y arquitectónicas destinadas casi siempreas ser destruidas ante los ojos del espectador. Lo único que queda de sus proyectos son los dibujos, con los que documenta el proceso a posteriori.
Las arquitecturas de Bunga son frágiles y efímeras, pensadas para “ofrecer un lugar donde la existencia, por breve que sea, pueda sentirse acogida”. Porque habitar “nunca consiste únicamente en ocupar un espacio, sino en establecer un vínculo con aquello que nos sostiene”. Tal vez por ello él confiesa sentirse “más cerca de un pájaro que construye un nido que de un arquitecto que construye una casa”. No tiene formación de arquitecto y como el pájaro construye sin proyectar. “El nido no impone una forma al mundo: encuentra su lugar dentro de él. No se enfrenta a la naturaleza; la escucha. Cada rama responde al viento, a la gravedad, a la lluvia y al árbol que la sostiene. Su forma no nace de una voluntad de dominio, sino de una atención profunda a aquello que la rodea. En la naturaleza, la supervivencia rara vez pertenece al más fuerte o al más inteligente. Pertenece a quien sabe transformarse con el mundo”. “Quizá -concluye– la adaptación sea la expresión más profunda de la inteligencia, porque exige comprender antes que conquistar”.
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