En la música y en el arte, Víctor Coyote –nombre artístico de Víctor Aparicio Abundancia (Tui, 1958)– siempre prefirió los caminos secundarios: las carreteras comarcales, los cruces inesperados y las melodías que todavía no tenían un lugar asignado en las estanterías. De esa búsqueda apartada del mapa oficial nació la audacia con la que, al frente de Los Coyotes, llevó el rockabilly hasta el Caribe cuando la industria española apenas sabía qué hacer con semejante mestizaje. La última paradoja de su vida quiso que fuera encontrado, ya inconsciente, precisamente al borde de una de esas vías.
El polifacético artista fundó en 1979 la banda Los Coyotes, inicialmente cercanos al psychobilly pero que abrió a la salsa y a los ritmos latinoamericanos
En la música y en el arte, Víctor Coyote –nombre artístico de Víctor Aparicio Abundancia (Tui, 1958)– siempre prefirió los caminos secundarios: las carreteras comarcales, los cruces inesperados y las melodías que todavía no tenían un lugar asignado en las estanterías. De esa búsqueda apartada del mapa oficial nació la audacia con la que, al frente de Los Coyotes, llevó el rockabilly hasta el Caribe cuando la industria española apenas sabía qué hacer con semejante mestizaje. La última paradoja de su vida quiso que fuera encontrado, ya inconsciente, precisamente al borde de una de esas vías.
Las circunstancias de su muerte todavía no se han aclarado. Coyote se había desplazado a Segovia para contemplar el eclipse y salió en bicicleta a primera hora de la mañana. Fue encontrado semiinconsciente junto a ella en Marugán. Los servicios sanitarios movilizaron un helicóptero, pero no pudieron salvarlo. El cuerpo fue trasladado a Segovia para practicarle la autopsia. La bicicleta, la carretera y un desenlace todavía pendiente de explicación evocan, por una coincidencia tan trágica como inevitable, el título de Muerte de un ciclista .
Llevó el rockabilly hasta el Caribe cuando la industria española apenas sabía qué hacer con tal mestizaje
No deja de ser un amargo guiño del destino para un creador que, al analizar la cultura de esa época, huía del maniqueísmo y recordaba cómo en pleno régimen se firmaron obras maestras por encima del discurso oficial. En su visión lúcida y sin dogmas, citaba con frecuencia el clásico de Juan Antonio Bardem o El verdugo , de Luis García Berlanga, para defender que la alta creación siempre encuentra grietas por las que eludir la censura.
Su trayectoria musical comenzó entre la Movida viguesa y la madrileña, dos escenas a las que perteneció sin aceptar el papel de representante oficial. Hacia 1979 fundó Los Coyotes, inicialmente cercanos al psychobilly. Mujer y sentimiento (1985) abrió el sonido del grupo a la salsa y a los ritmos latinoamericanos. Llegaron después Las calientes noches del barrio (1987), De color de rosa (1988), Puro semental (1989) y Tocando sus éxitos (1991). Esta noche me voy a bailar y Cien guitarras quedaron como sus canciones más populares.
Tras la disolución del grupo, emprendió una obra solista desigual en repercusión, pero impecable en coherencia. Pasó por el funk, la electrónica, la cumbia, la bachata, los ritmos brasileños y el flamenco. “Musicalmente me siento entre Marc Anthony y Tom Waits”, dijo en una ocasión. También podía imaginar a Tom Waits acompañado por una banda de Semana Santa o a Willie Nelson cantando con Julio Iglesias. En su música, esas conexiones tenían la naturalidad de una conversación de bar. Llegó al flamenco por Peret, El Pescaílla, Bambino, María Jiménez, Smash, Veneno y La leyenda del tiempo : “Yo llego al flamenco por la música, no por el dogma”, explicaba. Esa amplitud de escucha lo acercó a la retórica musical de Ry Cooder. En Las comarcales (2020) unió blues, cumbia y salitre. A comienzos de 2026, en un ejercicio de modesta síntesis, publicó El propio , recopilatorio de solo diez magníficas canciones de su etapa en solitario.
Pero Víctor Coyote fue también un cronista visual e ilustrador imprescindible. Aparte de músico, compaginó los escenarios con la ilustración, la escritura y el atrezzo cinematográfico: colaboró habitualmente con Álex de la Iglesia, apareció en filmes de Almodóvar o La Cuadrilla y se curtió en la mítica revista Madriz . En Entresijos (2023) retrató a dos tintas el Madrid cotidiano de bares, mercados, comercios y bañistas de Aluche, lejos del relato oficial y de la nostalgia. “No tengo problema con la nostalgia, pero cuando ocupa más del 12% de mi vida, saltan las alarmas”, afirmaba.
Entre la heterodoxia y el humor que siempre guiaron su vida, alguna vez confesó la canción que querría que sonase en su funeral: Me olvidé de vivir , de Julio Iglesias.
Una última broma irónica para despedir a un hombre que hizo exactamente lo contrario.
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