Alicia Díaz mira el retrovisor varias veces antes de cambiar de carril. Todavía hoy, después de meses de terapia, hay maniobras bruscas de otros coches que la devuelven, por un instante, a aquel día. Durante un tiempo dejó de coger la autopista. Después empezó a evitar determinados trayectos. Y hubo días en los que ni siquiera podía arrancar el coche sin sentir un nudo en el estómago. “Después del accidente sentía que, en cualquier momento, podía volver a pasar algo horrible”, recuerda ahora para La Vanguardia.
Especialistas y una paciente explican cómo la amaxofobia acaba condicionando la vida de quienes la sufren y de qué manera se puede recuperar la seguridad al volante
Alicia Díaz mira el retrovisor varias veces antes de cambiar de carril. Todavía hoy, después de meses de terapia, hay maniobras bruscas de otros coches que la devuelven, por un instante, a aquel día. Durante un tiempo dejó de coger la autopista. Después empezó a evitar determinados trayectos. Y hubo días en los que ni siquiera podía arrancar el coche sin sentir un nudo en el estómago. “Después del accidente sentía que, en cualquier momento, podía volver a pasar algo horrible”, recuerda ahora para La Vanguardia.
Hasta entonces, conducir había sido una rutina más. Iba al trabajo, hacía recados, viajaba. Nada fuera de lo normal. Pero un accidente en autopista transformó aquel gesto automático en una fuente constante de angustia. “Me temblaban las piernas y era incapaz de relajarme al volante”, explica.
Muchas personas no temen conducir, temen volver a sentirse indefensas al volante
Lo que le ocurre tiene nombre: amaxofobia, el miedo intenso a conducir. Una fobia mucho más frecuente de lo que parece y que, en muchos casos, permanece invisible durante años. Quien la sufre rara vez habla de ello abiertamente: a menudo por vergüenza, porque el entorno no siempre lo entiende o porque cuesta asumir que algo tan cotidiano pueda convertirse en un problema. “Muchas personas no temen conducir, temen volver a sentirse indefensas al volante”, señala Antonio Torres, psicólogo especializado en este tipo de fobias.

Cuando el cerebro deja de sentirse seguro
La imagen más extendida de esta fobia suele asociarse a conductores noveles o personas con poca experiencia. Sin embargo, los especialistas aseguran que muchos de los casos aparecen en personas que habían conducido con normalidad durante años. “Conducir no es solo una habilidad técnica”, explica también la psicóloga María García. “Para muchas personas representa autonomía, independencia y sensación de control. El problema aparece cuando el cerebro deja de interpretar esa situación como segura”.
En ocasiones aparece tras un accidente grave. Otras, después de un susto aparentemente menor. Puede surgir también tras un ataque de ansiedad al volante o en etapas de estrés prolongado. Hay quien empieza a sentirlo tras años sin conducir. Y, en algunos casos, el origen es más sutil: una experiencia de aprendizaje marcada por la tensión, la crítica constante o una pérdida progresiva de confianza. “El cerebro no reacciona a la conducción en sí, sino al significado emocional que ha aprendido a darle”, remarca García.
La amaxofobia implica vivir la conducción como una amenaza constante
A partir de ahí, el cuerpo empieza a activar mecanismos de alarma incluso en ausencia de un peligro real. El corazón se acelera, las manos sudan, aparece tensión muscular y la mente entra en un estado de alerta sostenido. “No es simplemente estar nervioso”, insiste la especialista. “La amaxofobia implica vivir la conducción como una amenaza constante”.

El miedo que organiza la vida
La transformación suele ser gradual y, precisamente por eso, muchas personas tardan en identificar el problema. Lo que empieza como una incomodidad puntual acaba condicionando decisiones cotidianas: cambiar hábitos, reorganizar horarios o depender cada vez más de otros para desplazarse. “Hay personas que terminan dependiendo de familiares, compañeros de trabajo o de su pareja para moverse”, subraya Torres. “Y cuanto más se evita conducir, más crece el miedo”. Ese mecanismo es, de hecho, uno de los pilares de la fobia, ya que evitar la conducción proporciona un alivio inmediato, pero al mismo tiempo “refuerza la sensación de amenaza”.
La clave no es aguantar el miedo, sino recuperar seguridad paso a paso
A Alicia le ocurrió algo similar. Con el tiempo aparecieron los flashbacks y una sensación constante de alerta al volante. “Todavía me pasa a veces, aunque cada vez menos”, cuenta. Antonio Torres describe a menudo este mismo círculo vicioso en consulta. “Muchas personas intentan retomar la conducción de golpe, enfrentándose directamente al tráfico o a situaciones que aún les superan. Y cuando aparece un ataque de ansiedad, el cerebro interpreta que, efectivamente, conducir era peligroso”. Por eso, el experto insiste en que “la clave no es aguantar el miedo, sino recuperar seguridad paso a paso”.
Tratamiento paso a paso
El tratamiento depende en gran medida del origen de la fobia. Cuando existe un componente traumático relevante, el trabajo psicológico se centra primero en procesar ese recuerdo para reducir la carga emocional asociada. “Si no trabajamos el trauma, la persona sigue teniendo el miedo metido en el cuerpo”, explica Torres.

El miedo a conducir no se supera ni huyendo ni obligándose, sino entendiendo qué lo sostiene
En paralelo se inicia la exposición progresiva: primero sentarse en el coche, después arrancarlo, más tarde circular por calles tranquilas, aparcamientos o realizar trayectos cortos. “El objetivo no es eliminar el miedo de golpe, sino volver a entrenar al cerebro para que recupere la sensación de seguridad. Lo importante no es forzarse ni evitar indefinidamente”, apunta María García. “El miedo a conducir no se supera ni huyendo ni obligándose, sino entendiendo qué lo sostiene”.
En ese proceso, las autoescuelas y los programas de reciclaje pueden jugar un papel importante. Los vehículos con doble mando —con pedales duplicados para que el instructor pueda frenar o intervenir si es necesario—, la presencia de un profesional y un entorno controlado ayudan a muchas personas a recuperar confianza. Pero en la práctica clínica, ambos especialistas coinciden en que las clases de conducción, por sí solas, rara vez bastan cuando la fobia está ya consolidada.
Ahora puedo mantenerme en mi carril sin pensar continuamente que otro coche va a chocarse conmigo
Alicia todavía no conduce con la tranquilidad de antes del accidente, pero empieza a notar pequeños cambios que hace unos meses parecían inalcanzables. “Ahora puedo mantenerme en mi carril sin pensar continuamente que otro coche va a chocarse conmigo”, explica. “Y he conseguido volver a cambiar de carril sin bloquearme”. Son avances discretos, casi invisibles desde fuera, pero enormes para quien ha vivido con miedo al volante.
“Conducir con esa ansiedad constante es un infierno”, dice. “Y además es muy limitante, porque el coche está en todo: el trabajo, la familia, la vida diaria”. Por eso tiene claro qué le diría a alguien que esté pasando por lo mismo y aún no se atreva a pedir ayuda: “Que no espere. Durante mucho tiempo piensas que el miedo se irá solo, pero no suele ocurrir”. Ahora su objetivo es volver a conducir con tranquilidad y, por fin, sentirse “segura al volante”.
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